miércoles, 2 de noviembre de 2016

Atraso

En la manera en que Antonio reprendió a su hijo anidaba la ternura paciente y preocupada de la chova que enseña a volar a su cría. Le dolía más a él que al niño, pero le llevó al callejón del Corregidor a rastras, con tirones salpicados de palabras que los mitigaban: “no pasa nada, ya verás como no hay nadie”. Con una voz sedosa al compás de sus caricias, susurraba: “creo que fue justo aquí donde cacé la lagartija más grande que he visto en mi vida. La cogí de la cola, pero las lagartijas se separan de la cola y salen a escape ¿no sabías eso?”.
La vista de los dos se fue haciendo a la oscuridad y, por mucho que alcanzara todos los rincones, ahí no había ningún monstruo. El niño espació los pucheros. Dos minutos después estaba dándole patadas a las concomidas paredes, “no-hay-mo-onstruoos”, gritaba. Al rato, Antonio llegaba a casa de los suegros con la media sonrisa de héroe que se les queda a los padres que han conseguido transmitir a sus hijos alguna lección dolorosa que les hará más resistentes a lo que venga. Misión cumplida tras el mal rato de tirar a tu cría desde la rama.

Se levantó de la cama y encendió un nobel frente al reloj de la cocina. Habían estado con los amigos. Últimamente, las conversaciones con los amigos le aburrían. O no, no sabía, solo era que se le iba la mente a otros lados. Carmen le acariciaba la mano y le sonreía, pero no le decía nada. La manera en que ella trataba sus ausencias era con mimos o creciendo dos tonos el entusiasmo de su voz. Nunca hablaba de sus melancolías porque no quería invocarlas, no estaba dispuesta a darles permiso para existir.
A Antonio le parecía mal, le fastidiaba esa ficticia alegría defensiva, pero no podía quejarse de que su mujer lo intentara. Tampoco de que le arrastrara a la cama -“hay que aprovechar que el niño está con los abuelos”-. Él estaba cansado, pero más de su propia carne que de la de ella. Si Carmen insistía, las cosas funcionaban. Su cuerpo de 43 años era muy parecido al que conoció por primera vez, porque los cuerpos breves son constantes. No podía decirle que no, no podía estallar porque no había motivo, porque ella lo hacía todo bien.
El reloj de la cocina llegó a las dos y un minuto y toda la sangre empezó a bombear hacia su cabeza. Se levantó inquieto, le palpitaba todo, hasta la silla, el estómago tiraba de él hacia abajo, se sentía vivo y asustado de cojones. Entró en el garaje, sacó el hacha de la caja de herramientas, no recordó cómo había subido los escalones, pero ya estaba frente a ella, desnuda, con las piernas enredadas en la sábana y sueño de agotada. Aspiró un trago largo de aire, alzó el hacha, dudó, y la hundió en el cuello de su mujer. Luego, tiró su cadáver por la ventana.

La sensación térmica en la calle doblaba el frío del octubre desusadamente tibio de dos horas antes. Aun así, salió en camisa -“si me constipo, pues me constipo, no pasa nada”, pensó razonando-. Una camisa blanca con un mapa de sangre en el centro –“que se note bien la sangre, así será más divertido”, pensó sin querer-. Apretaba aún el mango del hacha entre sus dos manos –“que la vean todos antes que a mí”, pensó anticipando-.
Sabía a dónde se dirigía, al bar de la gasolinera. En la barra estaría Ruth. Ruth la que no quiso ser su novia en la escuela, la que le dejó con la palabra en la boca en las últimas fiestas porque estaba demasiado borracho. Fue la primera que sintió miedo de sus pintas, del hacha y de la camisa, de la sonrisa amplia que no pegaba con nada de eso. Fue la primera en recibir el golpe en la cabeza. Luego le siguieron los otros tres clientes, Rufino, Nacho, Mois. Todos compañeros de escuela de Antonio, todos semialcohólicos de bajo perfil que siempre le saludaban cordialmente y le recordaban que desde que se había casado no se le veía el pelo. Cuando estuvieron quietecitos, Antonio volvió a por la camarera. Descargó unos cuantos golpes sobre su cráneo y luego intentó separarla de sus extremidades. No era nada fácil y el brazo se cansaba mucho.

Volvió a casa dando un largo rodeo, pasando por los pocos bares que aún tenían dos o tres parroquianos decentemente atravesables. Se cruzó con dos parejas y dos grupos de adolescentes que comían pipas en los bancos del paseo. La camisa no tenía ni una mota de blanco ya. Sus manos, su cara, su pelo chorreaban sangre. Ahora, por fin, tenía un aspecto temible cuando se miró en el escaparate del Banco de Castilla. También tenía los brazos entumecidos, un signo evidente de que vendrían unas agujetas dolorosas mañana. “Pero eso qué más da”, pensó analizando.
Habían sido 40 minutos de puta madre, andaba a botes, sostenía el hacha por encima de la cabeza y gritaba, gruñía, se carcajeaba. Se dirigió hacia la torre del reloj. Al ver un gato a lo lejos calló, se acercó sigilosamente y, con toda la rapidez que le confería su exaltada percepción de superhombre, consiguió alcanzarlo con su hacha. Pero solo la cola, la cola que se quedó suspendida un momento en el aire y le arrancó una sonrisa tierna.

Ya estaba frente al reloj. Eran las tres menos dos minutos. Soltó el hacha, se pasó la mano por la cara para limpiarse un poco y solo consiguió salpicar de sangre toda la acera. “Son las tres”, se dijo. "El año que viene, repito", se dijo. Se cruzó de brazos y repitió para sí la frase a la que le había dado tantas vueltas durante toda la semana, la que no se le había podido quitar de la cabeza desde que la oyó en la radio: “a las tres, serán las dos”.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

¡¡¡¡Brutal!!!!

Anónimo dijo...

Aquí tienes una fan... Eres un pedazo de escritor, tiempo al tiempo.