Hace unos años estuve encima de una mesa de operaciones. Los médicos, supongo que mientras se partían con chistes de Arévalo, me rajaron del ombligo para abajo, me sacaron las tripas y me cortaron 20 centímetros del ilion terminal, sea lo que sea eso. Tras un mes en el hospital, salí con un cosquilleo que sólo puedo calificar como “ganas de vivir”. Pero estaba flojito, apenas me atrevía a andar, temía que alguien me golpeara la tripa. Tenía que irme a casa y convalecer. En lugar de eso pedí que me llevaran al pueblo con la señora Patro. La llamé para decirle que estaba a punto de llegar. Durante la convalecencia ella me hizo pisto, algún guiso de patata y quizás me diera el chopped con chocolate que me solía preparar a diario la primera vez que me llevaron con ella, lo que me convirtió en el gourmet delirante que ahora soy (ser o no ser). Paseábamos del brazo hasta la fuente de La Pioja, quizás hasta la zona donde su marido llenaba carretillos de hierbas para sus conejos.
La casa de la señora Patro tenía conejos, pollos, un cerdo, un caballo, un perro, gatos. Una vez intentó tener patos. Cuando estaban casi incubados, a punto de nacer, fui agujereando los huevos, uno por uno, supongo que rápido para que no me pillaran, aunque me pillaron. Me escondí detrás de la falda de la señora Patro mientras todos en la casa intentaban lincharme. “Pobrecito, no lo habrá hecho adrede”, decía ella junto a los huevos concienzudamente agujereados y los patos, casi vivos. No era mi primer linchamiento. Unos meses antes había tratado de coger en brazos a mi hermano pequeño. Se me escurrió y así me encontraron, sujetándolo por una pierna, junto a la cuna, a punto de que se me resbalara de las manos e hiciera catacroc y rompiera una baldosa con la cabeza. Y ésa sí que me la iban a cobrar. Entonces no estaba acostumbrado a linchamientos domésticos, aún no sabía que iba a ser así siempre, el mundo contra mí, y me puse enfermo y me escondí. Hasta en el tambor de la lavadora me escondí. Para que me bajara la fiebre, me llevaron al exilio, a la casa del caballo y de las gallinas y del perro y de los conejos y de los patos que iban a terminar estirando la pata detrás de las faldas de la Señora Patro.
En esos mismos días, decidí que si tenía dientes debía de ser para algo. Así que me dediqué, con una eficiencia que nunca más ha vuelto a asomar, a morder a todos los niños del barrio. Cuando los probé a todos, me quedé con dos o tres niñas, que eran las que mejor sabían. Aquel barrio de casas molineras, pobre que entonces era lo mismo que decir bestiajo, era un sitio donde un niño tan chuloputas, tan de ciudad y con tan poco instinto de conservación no iba a durar tres pedradas, a no ser que tuviera guardaespaldas. Y mi guardaespaldas fue la señora Patro, dispuesta a pelearse con sus vecinas, en un pueblo y en un barrio y en una época en los que la institución vecinal se habría podido llamar eso, institución vecinal. Estaba claro que ella no pensaba exiliar a este puto delincuente infantil.
Un día vinieron a buscarme y recordé que sabía esconderme y me escondí. Y luego ya me he estado escondiendo siempre. Detrás de un libro sobre todo, aunque eso no sirva para nada, porque asoman todas las extremidades y ni siquiera lees el libro de verdad. Sólo funciona si nadie te está buscando. O precisamente funciona porque terminas consiguiendo que nadie te busque. Pero entonces no me sabía ese truco y sólo podía ocultarme en lugares vulgares: dentro de un armario, detrás de una puerta, debajo de una cama. Me encontraron y me sacaron de la isla de Elba contra nuestra voluntad. Yo no salí del todo de allí, ella me echaría de menos durante toda su vida.
Los siguientes veranos fueron muchos, ahora lo recuerdo. Y de un calor blanco a la hora de la siesta, que era cuando cruzábamos el pueblo entero para ir a la calle Arrabal, que fue arrabal antes que calle, a la casa molinera de los gatos, los pollos, el cerdo, etcétera. Como allí no quería esconderme, no recuerdo que hiciera nada más que descubrir cosas. Dar hierba a los conejos y ver cómo movían los bigotes. Mirar cómo se fregaba. Sacar la bicicleta sin alejarme mucho para parar en la cuneta y fijarme en los bichos y los cardos y las amapolas. Destripar margaritas. Oir las historias de violencia inaudita que contaban los chicos del barrio. Trotar muchísimo en un balancín con forma de caballo. Subir al sobrao, vacío y polvoriento. Preguntarme que hacían esos chorizos colgados por todas partes. Mirar la leña ardiendo en la cocina. Estudiar esas muñecas siniestras, sobre las colchas ásperas. Intentar asomarme a la cuadra, pero no llegaba, y cuando llegué, el caballo se había ido sin explicación.
La clave de todo aquello, mi rosebud, son los bocadillos de chopped con chocolate . Un bocadillo de chopped con chocolate no tiene el mínimo sentido. Para llegar al bocadillo de chopped con chocolate hay que creer que el mundo es nuevo o que lo estás inventando tú, que has entrado en una alfombra molinera donde la fantasía ha sustituido a las reglas cotidianas y los niños grises de los colegios del Opus con sus abrigos largos se han transmutado en seres fantásticos, pollos, cerdos, conejos, etcétera. Y luego, sobre todo, tiene que haber alguien que esconda ese planeta fantástico detrás de su falda para que nadie lo rompa, porque todos quieren romperlo, porque todos saben que en realidad no está ahí y te lo quieren explicar cuanto antes. La señora Patro, tercamente, me hacía un bocadillo de chopped con chocolate cada tarde. Porque ella y yo, gourmet delincuente infantil y cómplice incondicional, sin atenuantes, habíamos creado el mejor bocadillo del mundo para el mejor mundo de fantasía del mundo. Y porque ella quería que yo viviera en ese planeta precisamente, en el que yo había elegido, y le ponía tan contenta preparármelo como a mí comérmelo. Los dos sabíamos.
A la señora Patro le gustaban los toros. “El Cordobés –decía- le prometió a su madre que con el primer dinero que ganara le compraría un cortijo. Y se lo compró”. Yo le prometí una lavadora, para que no tuviera que restregar más ropa. Pasaron los años y yo seguía yendo por allí. Mi pueblo era esa casa. Y mi pueblo era el lugar que más me gustaba del mundo. Traía mi sonrisa de oreja a oreja, por perdido que estuviera, exactamente igual que ahora. Traía alguna novia. Pero tardé en traer dinero, porque, al contrario de lo que se está diciendo, la explotación del periodista pardillo no se ha inventado ahora y mi padre, cada vez que encontraba un trabajo nuevo me preguntaba “¿éste cuánto me va a costar?”. Para cuando reuní algo de pasta, sus hijas le habían comprado la lavadora y yo le puse una tele. A veces me pasaba alguna tarde sentado a su lado, viendo concursos de Constantino Romero, y me sentía orgulloso de la tele, que era un cacharro. Habían puesto una estufa en el cuarto de estar, la cuadra hacía tiempo que se había convertido en cocina, ya no se cocinaba con leña bajo una cocina de metal, había un baño. Hasta llegó el teléfono. Pero la leña de la estufa seguía oliendo igual. Y la señora Patro era la señora Patro. Sabíamos en qué mundos nos conocimos. En un mundo incondicional.
El otro día volví a mi pueblo. Me bajé del coche de línea y empecé a caminar junto a la muralla, por el mismo camino de todas aquellos días de verano, pero bajo un raro sol de octubre que no daba ningún calor. Tomé la dirección de la casa de la señora Patro, pero me tuve que quedar a mitad de camino, en el tanatorio.
/////"Sigo virgen y furioso". Arthur Cravan, recién llegado a la ciudad, en una carta a un amigo/////
martes, 8 de noviembre de 2011
jueves, 3 de noviembre de 2011
Me pasa de vez en cuando (bueno, no: todo el rato) que te oigo y me empapo por dentro. Es exactamente esa sensación, me pongo tiernecito como el pan Bimbo. Es como una inundación que se me sale por los ojos, que se me ponen brillantes y húmedos, como estoy seguro de que los tengo ahora. Es confirmar que en quien llevas todo el día pensando también piensa en ti, porque yo (igual que tú, que lo sé), quiero hablarte sobre todo para estar seguro de que no te has olvidado de mí en el último rato. Y cada vez que lo confirmo otra vez es como si lloviera por dentro y todo se reblandeciera y entonces suspiro. Uno de esos suspiros profundos, ya sabes.
Siempre te oigo seria el primer minuto. Dices "hola" con prevención, como si esperaras a oirme unos segundos antes de relajarte y sentir que no he cambiado de idea. Deben de ser cosas mías. Pero me dan ganas de contarte cualquier tontería para hacerte reir un poco. Para cuando cambias de voz y sacas esa tuya tan dulce, lo he conseguido y estás ahí otra vez.
Contigo casi es mejor hacer escritura automática, porque sé que lo que va a salir va a ser bonito.
Siempre te oigo seria el primer minuto. Dices "hola" con prevención, como si esperaras a oirme unos segundos antes de relajarte y sentir que no he cambiado de idea. Deben de ser cosas mías. Pero me dan ganas de contarte cualquier tontería para hacerte reir un poco. Para cuando cambias de voz y sacas esa tuya tan dulce, lo he conseguido y estás ahí otra vez.
Contigo casi es mejor hacer escritura automática, porque sé que lo que va a salir va a ser bonito.
miércoles, 2 de noviembre de 2011
Kurt & Courtney & Frances
Martes, 5 de abril de 1994
Kurt se pegó un tiro.
Yo no sé lo que hacía.
Era abril y pasábamos los días
tumbados en la campa.
La hierba de ahí afuera
era justo del verde
que sólo crece en los recuerdos.
Courtney era buena chica,
una chica muy dulce,
con esa boca sucia.
Estaba preocupada.
Me fui a la biblioteca,
andaba yo muy lejos,
con el poeta aquél de las barbas en punta.
O quizás allí mismo,
en los montes
del erizo que cruza la carretera.
Frances no lo sabía,
pero ya para siempre
No fue lo suficiente
para que alguien sólo,
simplemente,
prefiriera vivir a no dejarla.
Por la noche escribí
algo que no recuerdo,
que no recuerda nadie.
Pero a quién le importaba.
Yo tenía una novia
a la que no quería.
La cagué tantas veces
bajo el cielo infinito…
Pero a quién le importaba,
yo tenía una novia
con las tetas en punta.
Kurt se pegó un tiro.
Yo no sé lo que hacía.
Era abril y pasábamos los días
tumbados en la campa.
La hierba de ahí afuera
era justo del verde
que sólo crece en los recuerdos.
Courtney era buena chica,
una chica muy dulce,
con esa boca sucia.
Estaba preocupada.
Me fui a la biblioteca,
andaba yo muy lejos,
con el poeta aquél de las barbas en punta.
O quizás allí mismo,
en los montes
del erizo que cruza la carretera.
Frances no lo sabía,
pero ya para siempre
No fue lo suficiente
para que alguien sólo,
simplemente,
prefiriera vivir a no dejarla.
Por la noche escribí
algo que no recuerdo,
que no recuerda nadie.
Pero a quién le importaba.
Yo tenía una novia
a la que no quería.
La cagué tantas veces
bajo el cielo infinito…
Pero a quién le importaba,
yo tenía una novia
con las tetas en punta.
viernes, 14 de octubre de 2011
Vincero
Con medio autobús vacío, la mulata elige sentarse a mi lado. Esos son los pequeños triunfos que hacen que me crezca.
-Qué bueno hace todavía ¿no? Seguro que en tu país está brillando un sol como éste.
-Ejque soy de Madriz.
-…
-…
-Pues que tengas un buen viaje.
-Ejque me bajo en la siguiente.
-Qué bueno hace todavía ¿no? Seguro que en tu país está brillando un sol como éste.
-Ejque soy de Madriz.
-…
-…
-Pues que tengas un buen viaje.
-Ejque me bajo en la siguiente.
jueves, 22 de abril de 2010
BONILLA ME PONE TONTO DEL CULO
Vengo de una cena estúpida de estúpidos estúpidos estúpidos italianos. Bueno, no, no eran estúpidos. Eran listos de más. Pero todavía no he conocido uno dedicado a la cosa pública que no lo sea. Esto consistía en una celebración de un institución deportiva que apoyaba la difusión del turismo y la gastronomía italiana aprovechando una maratón que se celebraba en Madrid. Lo que pasa es que la maratón se corrió hace dos semanas, había unos tres periodistas (incluyéndome) (bueno, quizás dos) para doce italianos con cargo venidos de Italia y no había ningún deportista. De hecho yo era el que tenía mejor tipín en esa mesa y eso ha sido lo más positivo de la cena. Unos folletos plastificados calidad jabugo sólo válidos para el evento, un programa de festejos in crescendo que no termina hoy ni mucho menos y, en fin, un viajecito fantastiquo. Años viéndolo y nunca dejan de soprenderme los imaginativos usos del dinero público italiano.
Total que me he vuelto paseando, que si el moscato, que si el friuli, que si el passito y he llamado a Merteuil. He sido sincero, que es una cosa que hago más de lo que debería, y le he dicho que la llamaba porque no tengo a nadie a quien llamar a esas horas y contarle mis tonterías. He dicho las palabras funghi porcini y nos hemos espiolao de la risa. No es únicamente que con una ex te puedas reir de cosas que os pasaron y que sólo sabéis vosotros. Es que no creo que a nadie más le vaya a hacer gracia mi absolutamante insoportable obsesión por cualquier cosa que llevara funghi porcini (para comer, para cenar, ¿no lo tienen para desayunar?) durante unos cuantos días en un pueblo perdido del norte de Italia sólo porque me hacía gracia el nombre: seta cerdo. Es por eso que me da una pereza infinita pensar en otra relación ¿cuánto tiempo tardará la nueva en entender mis chistes? ¿hay alguna garantía de que no me estrangule antes? Y bueno, como de costumbre, de follar ni hablamos.
Pero todo esto no tiene ninguna importancia. Yo lo que os quería contar es que cuando he llegado a casa tenía mi pedido de Casa del Libro encima de la mesa y venía con el último libro de poemas de Juan Bonilla. Y lo he olido (regular) y me he leído el primer poema, que en 18 versos detalla sus números de cuenta, sus direcciones de correo, sus nicks de todas partes y las claves de cada uno para terminar con esto:
Creo que nunca antes un poeta
había puesto tanta intimidad
al alcance de sus lectores.
Y será que tienen razón los que escriben que Bonilla la cagó cuando cambió la lírica por el ingenio. E igual esto se parece más a un chiste que a un poema. Pero me da un escalofrío completo y lento, de abajo arriba y me entran ganas de llorar como una groupie y de reir como un sicópata. A la vez. Porque soy fan, superfan, y Bonilla me pone tonto del culo.
Vengo de una cena estúpida de estúpidos estúpidos estúpidos italianos. Bueno, no, no eran estúpidos. Eran listos de más. Pero todavía no he conocido uno dedicado a la cosa pública que no lo sea. Esto consistía en una celebración de un institución deportiva que apoyaba la difusión del turismo y la gastronomía italiana aprovechando una maratón que se celebraba en Madrid. Lo que pasa es que la maratón se corrió hace dos semanas, había unos tres periodistas (incluyéndome) (bueno, quizás dos) para doce italianos con cargo venidos de Italia y no había ningún deportista. De hecho yo era el que tenía mejor tipín en esa mesa y eso ha sido lo más positivo de la cena. Unos folletos plastificados calidad jabugo sólo válidos para el evento, un programa de festejos in crescendo que no termina hoy ni mucho menos y, en fin, un viajecito fantastiquo. Años viéndolo y nunca dejan de soprenderme los imaginativos usos del dinero público italiano.
Total que me he vuelto paseando, que si el moscato, que si el friuli, que si el passito y he llamado a Merteuil. He sido sincero, que es una cosa que hago más de lo que debería, y le he dicho que la llamaba porque no tengo a nadie a quien llamar a esas horas y contarle mis tonterías. He dicho las palabras funghi porcini y nos hemos espiolao de la risa. No es únicamente que con una ex te puedas reir de cosas que os pasaron y que sólo sabéis vosotros. Es que no creo que a nadie más le vaya a hacer gracia mi absolutamante insoportable obsesión por cualquier cosa que llevara funghi porcini (para comer, para cenar, ¿no lo tienen para desayunar?) durante unos cuantos días en un pueblo perdido del norte de Italia sólo porque me hacía gracia el nombre: seta cerdo. Es por eso que me da una pereza infinita pensar en otra relación ¿cuánto tiempo tardará la nueva en entender mis chistes? ¿hay alguna garantía de que no me estrangule antes? Y bueno, como de costumbre, de follar ni hablamos.
Pero todo esto no tiene ninguna importancia. Yo lo que os quería contar es que cuando he llegado a casa tenía mi pedido de Casa del Libro encima de la mesa y venía con el último libro de poemas de Juan Bonilla. Y lo he olido (regular) y me he leído el primer poema, que en 18 versos detalla sus números de cuenta, sus direcciones de correo, sus nicks de todas partes y las claves de cada uno para terminar con esto:
Creo que nunca antes un poeta
había puesto tanta intimidad
al alcance de sus lectores.
Y será que tienen razón los que escriben que Bonilla la cagó cuando cambió la lírica por el ingenio. E igual esto se parece más a un chiste que a un poema. Pero me da un escalofrío completo y lento, de abajo arriba y me entran ganas de llorar como una groupie y de reir como un sicópata. A la vez. Porque soy fan, superfan, y Bonilla me pone tonto del culo.
viernes, 9 de abril de 2010
Twitter Tururiti
Como no hay manera humana de volver a instalar unos comentarios aquí, si alguien quiere insultarme o llamarme fantasma (venga, por los viejos tiempos) estoy por aquí: twitter.com/virgenyfurioso
martes, 30 de marzo de 2010
Gente que viaja en pareja
La vuelta al mundo (o lo que sea) en pareja:
dondeandanestos.blogspot.com
sam-castellano.blogspot.com
y etcétera.
dondeandanestos.blogspot.com
sam-castellano.blogspot.com
y etcétera.
VACACIONES DE NO ESTAR JUNTOS
VACACIONES DE NO ESTAR JUNTOS
Dos meses de no estar juntos a tiempo completo.
Dos meses de cualquier cosa agotan al menos disperso de los dispersos. Aprovechando que ella piensa que nada es para siempre y que lo de no estar juntos, lo que menos, y que por eso no le ha contado nada a nadie, nos vamos a su pueblo a tomarnos esas vacaciones.
Otra vez todo. Pasaremos muchas horas en la mesa camilla de su abuela -que se escandalizará porque duerma con ella y con su prima "un macho y dos hembras oioioioioi"-, me llevarán a un pueblo de la Sierra a comprar un queso de cabra raro, pasearemos de la mano el puente arriba y el puente abajo, acabaré las reservas de licor café de su tío y nos iremos a la casa de campo de su tía a oir cintas de flamenco del güeno. Saludaré uno por uno a sus treintaitantos tíos, besaré a sus veintitantas primas, le preguntaré al oído los nombres en cuanto se den la vuelta. Me harán un tratamiento de belleza casero en la cocina.
Y luego su padre nos dejará en Madrid, a la puerta de casa. Terminarán las vacaciones, se irá a donde vive de verdad y volveremos, cada uno, a su no estar juntos.
Dos meses de no estar juntos a tiempo completo.
Dos meses de cualquier cosa agotan al menos disperso de los dispersos. Aprovechando que ella piensa que nada es para siempre y que lo de no estar juntos, lo que menos, y que por eso no le ha contado nada a nadie, nos vamos a su pueblo a tomarnos esas vacaciones.
Otra vez todo. Pasaremos muchas horas en la mesa camilla de su abuela -que se escandalizará porque duerma con ella y con su prima "un macho y dos hembras oioioioioi"-, me llevarán a un pueblo de la Sierra a comprar un queso de cabra raro, pasearemos de la mano el puente arriba y el puente abajo, acabaré las reservas de licor café de su tío y nos iremos a la casa de campo de su tía a oir cintas de flamenco del güeno. Saludaré uno por uno a sus treintaitantos tíos, besaré a sus veintitantas primas, le preguntaré al oído los nombres en cuanto se den la vuelta. Me harán un tratamiento de belleza casero en la cocina.
Y luego su padre nos dejará en Madrid, a la puerta de casa. Terminarán las vacaciones, se irá a donde vive de verdad y volveremos, cada uno, a su no estar juntos.
miércoles, 3 de febrero de 2010
Cuando la conocí
Cuando la conocí tenía 23 años. Pasaba la mayor parte del tiempo en su caparazón. Cuando emergía estaba espléndida. Toda su energía contenida se materializaba en su forzudo corazón. Y no es una metáfora. Su corazón, la víscera, bombeaba siempre a cañonazos. Su corazón, sus cañonazos me daban la medida de aquello de lo que era capaz. De todo todito, me parecía. Pero ella no lo quería todo, me quería a mí. Su compañero de juegos. Llevábamos unos días conociéndonos y le escribí este poema.
EN LA ESQUINA DEL DÍA
En la esquina del día y de la playa
la silenciosa Merte se despliega.
Ignora a lo que sabe, a lo que huele,
no conoce las gracias que derrama
ni el sendero de pétalos que pisa.
Hoy tiene pensamientos de una frase:
"El agua está muy fría.
También quiero volar.
Estoy contigo".
Fue cambiando. No dejó nunca de ser una niña, pero fue haciéndose una niña más sabia y menos repipi.
AL FONDO DE LA MESA
Al fondo de la mesa y en penumbras
la vermeeriana Merte me regaña.
Ya sabe sus efectos,
sus despliegues
son trampas o algoritmos.
Hoy le deslumbran cosas más tangibles,
el hotel y la cena, mi camisa.
Yo la miro, y a veces
aún no hemos salido de esa playa.
Anteayer cumplió 30 años. Le traje unos regalos, cenamos comida japonesa. Para los postres me dijo que se iba de casa al día siguiente.
Hay gente que lleva fatal lo de cumplir años.
A MI LADO EN LA CAMA
A mi lado en la cama y agotada
la ya borrosa Merte está dormida.
Ya sabe que se va,
que las cosas a veces
se acaban porque sí a mitad de todo.
Hoy es su cumpleaños
y hoy está justamente
más bella que en ningún otro poema,
si quitamos los mocos.
La recuerdo en la playa y en el piso
y en aquél restaurante.
El sendero de pétalos
recuerdo.
Y sé que en unas horas
no habrá nuevos recuerdos.
Dulces sueños, Merteuil,
bonito viaje.
EN LA ESQUINA DEL DÍA
En la esquina del día y de la playa
la silenciosa Merte se despliega.
Ignora a lo que sabe, a lo que huele,
no conoce las gracias que derrama
ni el sendero de pétalos que pisa.
Hoy tiene pensamientos de una frase:
"El agua está muy fría.
También quiero volar.
Estoy contigo".
Fue cambiando. No dejó nunca de ser una niña, pero fue haciéndose una niña más sabia y menos repipi.
AL FONDO DE LA MESA
Al fondo de la mesa y en penumbras
la vermeeriana Merte me regaña.
Ya sabe sus efectos,
sus despliegues
son trampas o algoritmos.
Hoy le deslumbran cosas más tangibles,
el hotel y la cena, mi camisa.
Yo la miro, y a veces
aún no hemos salido de esa playa.
Anteayer cumplió 30 años. Le traje unos regalos, cenamos comida japonesa. Para los postres me dijo que se iba de casa al día siguiente.
Hay gente que lleva fatal lo de cumplir años.
A MI LADO EN LA CAMA
A mi lado en la cama y agotada
la ya borrosa Merte está dormida.
Ya sabe que se va,
que las cosas a veces
se acaban porque sí a mitad de todo.
Hoy es su cumpleaños
y hoy está justamente
más bella que en ningún otro poema,
si quitamos los mocos.
La recuerdo en la playa y en el piso
y en aquél restaurante.
El sendero de pétalos
recuerdo.
Y sé que en unas horas
no habrá nuevos recuerdos.
Dulces sueños, Merteuil,
bonito viaje.
martes, 27 de octubre de 2009
Cuando las barbas de Santi Santamaría veas pelar...
Traigo aquí esto que publiqué en Soitu en el día en que cierra Soitu. Era el medio de comunicación de los que ya no atendemos a ningún medio de comunicación. Somos pocos y poco rentables. Era una web dispersa para dispersos, que es el lector del futuro que ha traído internet. Si esto no funciona, no tengo ni idea de qué es lo que va a funcionar. El punk, quizás, háztelo tu mismo.
Ahí va.
Cuando las barbas de Santi Santamaría veas pelar...
Una crónica sobre el Santceloni de Santi Santamaría en la que Santi Santamaría no asoma ni un pelo de la barba. El que sale mucho es Sergi Arola.
Habían llegado tres comidas a la redacción y me ha tocado la de los empollones. Tengo comprobado que cuando un periodista es de un medio importante, en algún momento de la comida se siente en la obligación de demostrarte cuánto sabe. Si además es de un medio importante de Moda y Belleza (Tendencias lo llaman, será por la Tendencia a la Nada que contiene toda la materia), yo suelo estar pidiendo el bicarbonato a la mitad del primer plato. Y porque la cicuta no me la ponen nunca.
Mejor los de las revistas modestas. Verbigracia, si se habla de la crisis, éstos te cuentan que su director ha sustituido el presupuesto en taxis por una cajita de bonobuses colocada junto a la impresora. Aquéllos, lo que dice el New York Times. Mucho más entretenida la vida real, dónde va a parar.
A priori el restaurante era muy motivante, el Santceloni de Madrid. Pero a Santi Santamaría no le hemos visto el pelo. Yo no hacía más que estirar el cuello. Por si le veía aparecer por la puerta de la cocina y porque la guapaza (que siempre hay una) se ha sentado en una esquina y la que a la tercera copa era monísima, en la otra. Entre ese tenis sexual, contener las lágrimas ante los platos que iban llegando y que he intervenido en la conversación un par de veces para no parecer bobo, pues casi no me ha importado tener que enterarme de que esto de la crisis remontará enseguida o de que lo del ebook fracasó hace diez años y ya no volverá. Profetas. Y líderes de opinión.
Últimamente estoy definitivamente gazmoño en los restaurantes. Gazmoño como un artículo de Juan Manuel de Preda o como Bebe dando el discurso del día del Orgullo Gay (o en prácticamente cualquier otra actividad de su vida). Pero en este caso no he tenido más remedio que abrirme de piernas. Me refiero a abrirme de piernas culinariamente. Bueno, ya me entendéis. La foto de aquí al lado refleja claramente mi entusiasta opinión, pero por destacar algo, primero ha venido una crema de ñámaras con butifarra y avellanas. Las ñámaras son un tubérculo que está entre el apio y la alcachofa y que, en crema, sólo saben a alcachofa. La alcachofa está asquerosa mezclada con vino. No lo intentéis en casa, por favor. Ah, y los petit fours. Toda la vida comiendo petit fours sin hambre y nunca se me había ocurrido que me iba a pasar cuarto de hora planeando como llevarme unos cuantos en el bolsillo sin que nadie se entere. Y de lo malo malo, pues el vino tinto, Sanstravé del 2004. Era de esas bombas de fruta que tanto gustan a los gafapastas urbanos (¿hay gafapastas en los pueblos? Igual sí, aunque sea contra natura). A ver, amigos, a vosotros lo que os gusta son los zumos. Haced el favor de no andar pidiendo este tipo de vinos, que luego también nos los ponen a nosotros y pagan justos por pecadores. Pero vamos, ni ese vino gominoloso ha conseguido estropear el jarrete de ternera blanca, el plato con el que más se hace la ola en este restaurante.
Y Santi Santamaría sin aparecer.
Puede que la cosa de la presencia del cocinero en la sala sea inversamente proporcional a cómo se come. Por ejemplo, Sergi Arola. Sergi Arola está en todas partes en la Hacienda Abascal de Valladolor. Vas a entrar y hay un Sergi Arola gigante y fantasmal, semitransparente, que no sabes si te espera detrás de la puerta para comerte o está simplemente flotando en el éter. Es premonitorio. Subes las escaleras y allí está, otro Sergi Arola grandote ante una puesta de sol. Pasas al recibidor y tienes a Sergi Arola sentado en una banqueta con los pantalones rotos. En un lateral del comedor, Sergi Arola sonríe ante un día nublado. Y como ya te sientas sin fijarte, levantas la cabeza del plato y, coño, Sergi Arola rodeado de ovejas que parece que se te van a comer la ensalada. Acabas tan empachado de Sergi Arola que al final agradeces que en el plato no haya ni rastro de Sergi Arola. Como mucho del becario de Sergi Arola. Supongo que se lo gastaron todo en fotos desproporcionadas. Las camareras decían que no les alteraba tener a Sergi Arola tantas veces en la nuca, pero se reían de ello con una gruñidito nervioso que daba, en sí, muy mal rollo.
Años sin escribir y no tengo más que tics. Por ejemplo, no puedo dejar de repetir “Sergi Arola”.
Ahí va.
Cuando las barbas de Santi Santamaría veas pelar...
Una crónica sobre el Santceloni de Santi Santamaría en la que Santi Santamaría no asoma ni un pelo de la barba. El que sale mucho es Sergi Arola.
Habían llegado tres comidas a la redacción y me ha tocado la de los empollones. Tengo comprobado que cuando un periodista es de un medio importante, en algún momento de la comida se siente en la obligación de demostrarte cuánto sabe. Si además es de un medio importante de Moda y Belleza (Tendencias lo llaman, será por la Tendencia a la Nada que contiene toda la materia), yo suelo estar pidiendo el bicarbonato a la mitad del primer plato. Y porque la cicuta no me la ponen nunca.
Mejor los de las revistas modestas. Verbigracia, si se habla de la crisis, éstos te cuentan que su director ha sustituido el presupuesto en taxis por una cajita de bonobuses colocada junto a la impresora. Aquéllos, lo que dice el New York Times. Mucho más entretenida la vida real, dónde va a parar.
A priori el restaurante era muy motivante, el Santceloni de Madrid. Pero a Santi Santamaría no le hemos visto el pelo. Yo no hacía más que estirar el cuello. Por si le veía aparecer por la puerta de la cocina y porque la guapaza (que siempre hay una) se ha sentado en una esquina y la que a la tercera copa era monísima, en la otra. Entre ese tenis sexual, contener las lágrimas ante los platos que iban llegando y que he intervenido en la conversación un par de veces para no parecer bobo, pues casi no me ha importado tener que enterarme de que esto de la crisis remontará enseguida o de que lo del ebook fracasó hace diez años y ya no volverá. Profetas. Y líderes de opinión.
Últimamente estoy definitivamente gazmoño en los restaurantes. Gazmoño como un artículo de Juan Manuel de Preda o como Bebe dando el discurso del día del Orgullo Gay (o en prácticamente cualquier otra actividad de su vida). Pero en este caso no he tenido más remedio que abrirme de piernas. Me refiero a abrirme de piernas culinariamente. Bueno, ya me entendéis. La foto de aquí al lado refleja claramente mi entusiasta opinión, pero por destacar algo, primero ha venido una crema de ñámaras con butifarra y avellanas. Las ñámaras son un tubérculo que está entre el apio y la alcachofa y que, en crema, sólo saben a alcachofa. La alcachofa está asquerosa mezclada con vino. No lo intentéis en casa, por favor. Ah, y los petit fours. Toda la vida comiendo petit fours sin hambre y nunca se me había ocurrido que me iba a pasar cuarto de hora planeando como llevarme unos cuantos en el bolsillo sin que nadie se entere. Y de lo malo malo, pues el vino tinto, Sanstravé del 2004. Era de esas bombas de fruta que tanto gustan a los gafapastas urbanos (¿hay gafapastas en los pueblos? Igual sí, aunque sea contra natura). A ver, amigos, a vosotros lo que os gusta son los zumos. Haced el favor de no andar pidiendo este tipo de vinos, que luego también nos los ponen a nosotros y pagan justos por pecadores. Pero vamos, ni ese vino gominoloso ha conseguido estropear el jarrete de ternera blanca, el plato con el que más se hace la ola en este restaurante.
Y Santi Santamaría sin aparecer.
Puede que la cosa de la presencia del cocinero en la sala sea inversamente proporcional a cómo se come. Por ejemplo, Sergi Arola. Sergi Arola está en todas partes en la Hacienda Abascal de Valladolor. Vas a entrar y hay un Sergi Arola gigante y fantasmal, semitransparente, que no sabes si te espera detrás de la puerta para comerte o está simplemente flotando en el éter. Es premonitorio. Subes las escaleras y allí está, otro Sergi Arola grandote ante una puesta de sol. Pasas al recibidor y tienes a Sergi Arola sentado en una banqueta con los pantalones rotos. En un lateral del comedor, Sergi Arola sonríe ante un día nublado. Y como ya te sientas sin fijarte, levantas la cabeza del plato y, coño, Sergi Arola rodeado de ovejas que parece que se te van a comer la ensalada. Acabas tan empachado de Sergi Arola que al final agradeces que en el plato no haya ni rastro de Sergi Arola. Como mucho del becario de Sergi Arola. Supongo que se lo gastaron todo en fotos desproporcionadas. Las camareras decían que no les alteraba tener a Sergi Arola tantas veces en la nuca, pero se reían de ello con una gruñidito nervioso que daba, en sí, muy mal rollo.
Años sin escribir y no tengo más que tics. Por ejemplo, no puedo dejar de repetir “Sergi Arola”.
viernes, 13 de marzo de 2009
viernes, 8 de agosto de 2008
El paraiso es un sueño
pa que te voy a engañar
aquí todo tiene dueño
como en la vida real.
Yo sueno convincente y ella suena convencida. Somos expertos en eso. Lo va a dejar todo, esta vida que le gusta tanto, con su trabajo en el que siempre es un hacha, ascendida sin parar desde un puesto del que nunca sale nadie. Sus amigas y amigos, que ven su estatura de persona libre. Libre. Y su aura de ser alegre, de bichito de luz. Nuestra casa de colorines que tanto nos costó pintar y su terraza, convertida en verano en un serrallo, al menos en lo estético, que por algo se empieza. La vida en la que por primera vez es feliz y plena y segura todos los días. Teme añusgarse cuando salga de Madrid, quedarse todo el día en la cama de Barbate y dejar que se vaya diluyendo todo ese potencial y que a su pozo sin fondo le crezcan cancelas.
Y aún así dice que se viene. Lo dijo a la segunda.
Hablo y sueno convincente y me lo creo hasta yo. Le explico que casi no hay ya más opciones para mí. Que necesito tirarme desde arriba de esta mugre al paraiso para forzar que salga algo de dentro de mí, no sé, que me surjan unas alas o me clave una espada flamígera en el culo.
Me cree y me acuerdo de Fidel. El comandante nunca obliga a nadie a nada –lo repite continuamente–, prefiere convencerlos. Claro que si no estás de acuerdo con él quizás tengas que hacerte 30 kilómetros diarios de bicicleta o botella para llegar a tu nuevo trabajo. O tal vez pases las próximas décadas durmiendo con los pies de alguien de tu familia en la cara en tu nuevo minipiso. Por supuesto, tienes la opción de no dejarte convencer, nadie te obliga a nada. Y yo me pregunto si por debajo de mis argumentos serpentea la amenaza, si a su asentimiento sólo lo sostiene el miedo.
Si va a dejarlo todo, se merece que yo haya hecho un par de pruebas con gaseosa antes de la mudanza. Pero no puedo no pedirla que venga. El paraiso sin ella sería un jardincillo de chalet.
el paraiso no tiene
ni pecado ni serpiente
que me muerda ni me tiente,
ni principio ni final
ni gracia si no es contigo
dormir la siesta al abrigo
del árbol del bien y el mal.
Javier Ruibal, Atunes en el Paraiso.
pa que te voy a engañar
aquí todo tiene dueño
como en la vida real.
Yo sueno convincente y ella suena convencida. Somos expertos en eso. Lo va a dejar todo, esta vida que le gusta tanto, con su trabajo en el que siempre es un hacha, ascendida sin parar desde un puesto del que nunca sale nadie. Sus amigas y amigos, que ven su estatura de persona libre. Libre. Y su aura de ser alegre, de bichito de luz. Nuestra casa de colorines que tanto nos costó pintar y su terraza, convertida en verano en un serrallo, al menos en lo estético, que por algo se empieza. La vida en la que por primera vez es feliz y plena y segura todos los días. Teme añusgarse cuando salga de Madrid, quedarse todo el día en la cama de Barbate y dejar que se vaya diluyendo todo ese potencial y que a su pozo sin fondo le crezcan cancelas.
Y aún así dice que se viene. Lo dijo a la segunda.
Hablo y sueno convincente y me lo creo hasta yo. Le explico que casi no hay ya más opciones para mí. Que necesito tirarme desde arriba de esta mugre al paraiso para forzar que salga algo de dentro de mí, no sé, que me surjan unas alas o me clave una espada flamígera en el culo.
Me cree y me acuerdo de Fidel. El comandante nunca obliga a nadie a nada –lo repite continuamente–, prefiere convencerlos. Claro que si no estás de acuerdo con él quizás tengas que hacerte 30 kilómetros diarios de bicicleta o botella para llegar a tu nuevo trabajo. O tal vez pases las próximas décadas durmiendo con los pies de alguien de tu familia en la cara en tu nuevo minipiso. Por supuesto, tienes la opción de no dejarte convencer, nadie te obliga a nada. Y yo me pregunto si por debajo de mis argumentos serpentea la amenaza, si a su asentimiento sólo lo sostiene el miedo.
Si va a dejarlo todo, se merece que yo haya hecho un par de pruebas con gaseosa antes de la mudanza. Pero no puedo no pedirla que venga. El paraiso sin ella sería un jardincillo de chalet.
el paraiso no tiene
ni pecado ni serpiente
que me muerda ni me tiente,
ni principio ni final
ni gracia si no es contigo
dormir la siesta al abrigo
del árbol del bien y el mal.
Javier Ruibal, Atunes en el Paraiso.
lunes, 2 de junio de 2008
direis ahora a aquel yacente
que su hijo aún se encuentra con los vivos
sí, le direis al mundo las palabras de un poeta muerto hace demasiados siglos
le direis que los hijos de la tierra siguen perdidos por su superficie
creyendo que sus corazones son cometas
llegan hasta aquí las palabras de aquel verano
como olas cansadas
mi locura es un niño enfermo y yo la amamanto con cuidado
ha llegado el tiempo de los asesinos
y la gloria de quien mueve todo el mundo escribías
acordándote del único libro que leiste
(de El camino de los ingleses)
Fue en Trinidad donde lo descubrí. Que por mucho que lo intentase no iba a regresar al verano verdadero, a ese verano de mi infancia, todos los veranos el mismo verano. Largo, inacabable. Porque ese verano no es el sitio ni la libertad ni el tiempo ni nada más que mi forma de ver el mundo convirtiéndose en mi forma de ver el mundo, cambiando a cada paso. Pero aquí estaba una parte de mi verano, el único, ya sabes. En la plaza principal había gente diferente de la que hasta entonces había visto en Cuba. No querían nada de mí, por primera vez, es la triste verdad, pero me hicieron sentir bienvenido. Cantando cosas de Manu Chao, ignorando a la autoridad porque decían: ¿qué me van a hacer por tocar? Quitarte la guitarra, contesto uno. Y se acabó la música.
La chica del short con los colores de la bandera de Estados Unidos no parecía de allí, tan rubia y pálida. Se rió, se lo habrán dicho mil veces, estúpido.
Y allí estaba mi verano porque tenía los ingredientes de mi infancia. Descubrimiento, porque cada cosa era nueva. Tiempo, porque era un mes largo y parecía que no iba a terminar y que podrías disponer de él hasta para perderlo impunemente. Libertad porque yo decidía a dónde ir cada día, hacia donde dirigía mis pasos en cada calle, sin nada ni nadie que me obligara. Aprendizaje porque todos los días descubría algo más de un punto de vista sobre el mundo que no sabía ni que existía ("no es honesto, no son honestos" me dijo el hombre de Cienfuegos más preocupado por la perdida de valores de sus vecinos que por quedarse sin almorzar por culpa de la arbitraria subida de precios del comedor). También hacía amigos y enemigos, también me daba el sol hasta pelarme, también me jugaba un poco el pellejo escalando por donde no debía y también estaba en contacto con las cosas más mínimas, con los bichitos o la dirección en que cae el sol.
que su hijo aún se encuentra con los vivos
sí, le direis al mundo las palabras de un poeta muerto hace demasiados siglos
le direis que los hijos de la tierra siguen perdidos por su superficie
creyendo que sus corazones son cometas
llegan hasta aquí las palabras de aquel verano
como olas cansadas
mi locura es un niño enfermo y yo la amamanto con cuidado
ha llegado el tiempo de los asesinos
y la gloria de quien mueve todo el mundo escribías
acordándote del único libro que leiste
(de El camino de los ingleses)
Fue en Trinidad donde lo descubrí. Que por mucho que lo intentase no iba a regresar al verano verdadero, a ese verano de mi infancia, todos los veranos el mismo verano. Largo, inacabable. Porque ese verano no es el sitio ni la libertad ni el tiempo ni nada más que mi forma de ver el mundo convirtiéndose en mi forma de ver el mundo, cambiando a cada paso. Pero aquí estaba una parte de mi verano, el único, ya sabes. En la plaza principal había gente diferente de la que hasta entonces había visto en Cuba. No querían nada de mí, por primera vez, es la triste verdad, pero me hicieron sentir bienvenido. Cantando cosas de Manu Chao, ignorando a la autoridad porque decían: ¿qué me van a hacer por tocar? Quitarte la guitarra, contesto uno. Y se acabó la música.
La chica del short con los colores de la bandera de Estados Unidos no parecía de allí, tan rubia y pálida. Se rió, se lo habrán dicho mil veces, estúpido.
Y allí estaba mi verano porque tenía los ingredientes de mi infancia. Descubrimiento, porque cada cosa era nueva. Tiempo, porque era un mes largo y parecía que no iba a terminar y que podrías disponer de él hasta para perderlo impunemente. Libertad porque yo decidía a dónde ir cada día, hacia donde dirigía mis pasos en cada calle, sin nada ni nadie que me obligara. Aprendizaje porque todos los días descubría algo más de un punto de vista sobre el mundo que no sabía ni que existía ("no es honesto, no son honestos" me dijo el hombre de Cienfuegos más preocupado por la perdida de valores de sus vecinos que por quedarse sin almorzar por culpa de la arbitraria subida de precios del comedor). También hacía amigos y enemigos, también me daba el sol hasta pelarme, también me jugaba un poco el pellejo escalando por donde no debía y también estaba en contacto con las cosas más mínimas, con los bichitos o la dirección en que cae el sol.
lunes, 26 de mayo de 2008
Se titulaba LOS TERTULIANOS. Era para un concurso que dejé para el último día. Luego, una vez mandado, me di cuenta de que no era un cuento sino un post. Claro, lo había escrito en un ratito, después de mucho tiempo escribiendo muchos posts y cero cuentos. Tuvo el éxito que se merecía como cuento. Como post también espero que tenga lo suyo: una larga vida en éste camposanto al que no le falta de ná, ni la llama eterna de arriba del todo. Y que, de momento, blogger me deja mantener.
Ah, y como post se titula:
Valladolore
Había signos por todas partes, chispazos ininteligibles para nosotros. La poesía se nos acercaba con timidez, un par de cervezas hacían que nuestras neuronas bailaran claqué, las chicas pálidas atravesaban la Plaza Santa Cruz acarreando instrumentos de cuerda, nunca íbamos a la primera hora y nadie nos pillaba. Todo parecía anunciar el comienzo de una época fabulosa. Pero nosotros no veíamos nada. O peor, sólo veíamos las tardes grises y todos esos pequeños contratiempos. Los madrugones, eso sí que lo recuerdo bien. Soy un buho y nunca pude despertarme del todo antes de las 12 o la 1. Así que vagaba entre clases. A veces me llevaba una radio, otras el periódico y casi siempre dormitaba. Las chicas estaban ahí, al alcance de nuestra mano. Alguna bofetada con sonido de piedra que rompe un charco confirmaba lo cerquita de nuestra mano que estaban, lo lejos que se ponían. No había nada que hacer, tan pocas escapatorias. Corrupción en Miami en la tele, un bocadillo de Nocilla y unos pocos libros de mis hermanos mayores. Una temporada en el infierno. Me gustaba el título y no entendía nada. Poesía con nombres de Blas de Otero. Un poema a Sancho Panza debió de ser el culpable de nuestra locura caballeresca. Exiliados de todas las ofertas primaverales, Miguel y yo escalamos rápidamente el monotema de la literatura. Tres lecturas en diagonal nos confirieron una fascinación por lo que no entendíamos en contraposición con la insoportablemente tangible vida a nuestro alrededor. La poesía, eso sí que era vida. Eso sí que era un buen rábano al que agarrarse por las hojas ardiendo, no sé si se me entiende. Baudelaire, el Romancero gitano, verde, verde, verde, las mulas tordas de Alberti, estaban bien. Pero si nos hubieran dado a elegir y en el imposible caso de que hubiesemos decidido sincerarnos, nos habríamos quedado con la postura. Sí, la postura de poeta, con el puño sujetando el mentón, como para que la boca del poeta no se desboque y ponga la acera perdida de versos fundamentales. La de César Vallejo en la foto aquélla.
Ahora sí que nos íbamos a poner morados.
Nuestras primeras tentativas eran cartas de amor anónimas. Cuando llegaban a la destinataria ella y toda su clase ya sabían que estaba de camino. Y por si acaso, los versos que contenían describían al detalle situaciones y conversaciones que delataban al autor de aquí a Tordesayas. "Quedé contigo, llovía/ me dije, bonito día..". No funcionaba. En el colegio estaba mucho mejor visto dárselas de falangista o de deportista que de poeta. Aunque quizá los deportistas fueran mejores de ver. Lo de los falangistas, en cambio, aún no lo he conseguido entender. Sólo se sabían una canción.
Era cuestión de echarle paciencia. La poesía nos haría ricos y famosos. Sólo había que leer el arrobo en los prólogos, esa admiración académica por la vida de privaciones de Valle-Inclán o la muerte temprana de Miguel Hernández. En esas instrucciones biográficas se hallaba la cifra de nuestra entrada por la puerta grande de la sociedad. Fama. Mujeres. Dinero. Porque había premios literarios en los que se repartían fajos de 25.000 y hasta de un millón. Nos veíamos recogiendo el premio, del brazo de la reina de las fiestas, haciendo un paseillo triunfal del Ayuntamiento a la plaza de toros de Lagunilla de Douro, la charanga pisándonos los talones. Lo que no veíamos era aumentar nuestra famélica obra. Tres poemas mal alimentados con menos duelos que quebrantos. Había que ser trágico y quejarse. En consonante a ser posible.
A medida que nuestros objetivos inmediatos se estiraron hasta el medio plazo, nos fue invadiendo un gusanillo de soledad que tenía aún menos sentido que todo lo que habíamos hecho desde que se nos trago la pitón de la Poesía no presencial. La sociedad no entendía nada. Nosotros intentábamos entendernos una y otra vez, pero es que ellos ni eso. Tenía que haber más como nosotros. Claro que los había. Los tertulianos. Ahí estaban, en el libro de Francisco Umbral. Se trataba de una reunión de sabios en la que todos se lanzaban versos, caían como hienas sobre los compañeros ausentes o agrandaban su obra a manera de pozo. Ese era nuestro hogar. Sólo había que buscar su plano de situación en el periódico.
Sorprendentemente en el periódico sí que estaban las tertulias. Bueno, la tertulia, la única que en Valladolore trascendía, a la espera de que trascendieran sus integrantes. Era en la Casa Cervantes y allí nos presentamos, apestando a colonia, costumbre de buen tono los domingos. La concurrencia se encontraba en esa jovial edad entre los 60 y la muerte. Y precisamente de esta última iba el tema de la tertulia. Nuestro entusiasmo ni se inmuto ante la materia escogida. Teníamos tanto que decir, tantas frases épicas y alegres sobre ese o cualquier otro tema que nos pusieran por delante... Pero para que tuviera mérito el vuelo hacia esa fuente de preocupación que existe desde que el hombre no es mono, los doctos tertulianos comenzaron la disertación desde abajo del todo, desde el tema más terreno que encontraron.
-Bueno, antes de nada quiero señalar que algunos se fueron la semana pasada sin pagar los cafés. Los tuvimos que abonar Puri y yo de nuestros bolsillos. A ver que hacemos hoy, que aquí me parece que hay mucho choricete.
Lo que siguió, oh, que fabuloso espectáculo retórico para Miguel y para mí. Las mejores mentes de su generación -que fue hace dos generaciones- despertaron por fin para arrojarse mutuamente epítetos que hacía décadas que nadie alzaba desde el diccionario. Pasmosas construcciones verbales con la contundencia de un silletazo, silletazos con la ligereza de un enrevesado insulto que nadie más que el ofensor comprende del todo. Maravillados, nos sentimos parte de algo más grande que nosotros, un calambrazo de palabras que venía desde Homero, una llama de la que genios locales o tontos en varios idiomas nos habían hecho depositarios. Queríamos estar a la altura. Cogimos una silla y empezamos a repartir estopa.
Nuestra primera tertulia no podía haber sido más didáctica. Qué precisa escenificación de la muerte había hecho aquella señora sobre la tarima. Pero no podíamos mirar atrás. Había que dejar algo de nosotros para la posteridad. Nuestra propia reunión. Ilusionados, decidimos juntar a nuestros amigos menos zoquetes con un atractivo programa que no pudieran rechazar. Les llevamos a La patata brava. La tertulia, les contamos, iba sobre la guerra. "La guerra es mala", decía éste. "La guerra mata", respondía aquél. Y entonces fue cuando aparecieron las patatas y la discusión finalizó abruptamente. Mientras uno de los contertulios lamía el plato y otro se guardaba servilleteros, palilleros y platos espejeantes en la cazadora, nos dimos cuenta de que habíamos fracasado. Alguien debía desasnar a nuestra generación antes de empezar a hablar. Mientras hacían tiro al plato con el botín robado, llegamos a la conclusión de que ni el hada de Pinocho.
Teníamos que adquirir conocimientos previos. Las conferencias. Ése era nuestro próximo campo de acción. Leímos la frase de Eugenio d'Ors, que a las ocho de la tarde o das una conferencia o te la dan. En espera de alcanzar la elevada posición de conferenciante, nos las daban. Y todas en el mismo lado. Oímos charlas sobre el travelling en Orson Welles, la caza menor en los Campos de Castilla o los distintos colores de la diarrea. Conocimos los diferentes tipos de oyente. El que aprovecha para dar una opinión personal sobre algo que no tiene relación más que con las cosas en las que venía pensando el hombre y lo camufla en una pregunta que nunca llega a enunciar. A la que todas las conferencias le recuerdan a una historia que le pasó a su sobrina. El que se indigna mucho con el gobierno. El que le contesta desde la oposición. El que, por fin, pregunta algo sobre la conferencia, pero nadie lo entiende. Oficio duro el de conferenciante. Pero más el de conferenciado. Estábamos a punto de retirarnos, y ojalá lo hubiéramos hecho antes.
Pero apareció ella.
Era un súcubo que caminaba entre nosotros. Miguel empezó a pensar con el pito. Siempre lo había hecho, pero ahora su pito apuntaba en una dirección. Mira que se lo dije.
Ah, y como post se titula:
Valladolore
Había signos por todas partes, chispazos ininteligibles para nosotros. La poesía se nos acercaba con timidez, un par de cervezas hacían que nuestras neuronas bailaran claqué, las chicas pálidas atravesaban la Plaza Santa Cruz acarreando instrumentos de cuerda, nunca íbamos a la primera hora y nadie nos pillaba. Todo parecía anunciar el comienzo de una época fabulosa. Pero nosotros no veíamos nada. O peor, sólo veíamos las tardes grises y todos esos pequeños contratiempos. Los madrugones, eso sí que lo recuerdo bien. Soy un buho y nunca pude despertarme del todo antes de las 12 o la 1. Así que vagaba entre clases. A veces me llevaba una radio, otras el periódico y casi siempre dormitaba. Las chicas estaban ahí, al alcance de nuestra mano. Alguna bofetada con sonido de piedra que rompe un charco confirmaba lo cerquita de nuestra mano que estaban, lo lejos que se ponían. No había nada que hacer, tan pocas escapatorias. Corrupción en Miami en la tele, un bocadillo de Nocilla y unos pocos libros de mis hermanos mayores. Una temporada en el infierno. Me gustaba el título y no entendía nada. Poesía con nombres de Blas de Otero. Un poema a Sancho Panza debió de ser el culpable de nuestra locura caballeresca. Exiliados de todas las ofertas primaverales, Miguel y yo escalamos rápidamente el monotema de la literatura. Tres lecturas en diagonal nos confirieron una fascinación por lo que no entendíamos en contraposición con la insoportablemente tangible vida a nuestro alrededor. La poesía, eso sí que era vida. Eso sí que era un buen rábano al que agarrarse por las hojas ardiendo, no sé si se me entiende. Baudelaire, el Romancero gitano, verde, verde, verde, las mulas tordas de Alberti, estaban bien. Pero si nos hubieran dado a elegir y en el imposible caso de que hubiesemos decidido sincerarnos, nos habríamos quedado con la postura. Sí, la postura de poeta, con el puño sujetando el mentón, como para que la boca del poeta no se desboque y ponga la acera perdida de versos fundamentales. La de César Vallejo en la foto aquélla.
Ahora sí que nos íbamos a poner morados.
Nuestras primeras tentativas eran cartas de amor anónimas. Cuando llegaban a la destinataria ella y toda su clase ya sabían que estaba de camino. Y por si acaso, los versos que contenían describían al detalle situaciones y conversaciones que delataban al autor de aquí a Tordesayas. "Quedé contigo, llovía/ me dije, bonito día..". No funcionaba. En el colegio estaba mucho mejor visto dárselas de falangista o de deportista que de poeta. Aunque quizá los deportistas fueran mejores de ver. Lo de los falangistas, en cambio, aún no lo he conseguido entender. Sólo se sabían una canción.
Era cuestión de echarle paciencia. La poesía nos haría ricos y famosos. Sólo había que leer el arrobo en los prólogos, esa admiración académica por la vida de privaciones de Valle-Inclán o la muerte temprana de Miguel Hernández. En esas instrucciones biográficas se hallaba la cifra de nuestra entrada por la puerta grande de la sociedad. Fama. Mujeres. Dinero. Porque había premios literarios en los que se repartían fajos de 25.000 y hasta de un millón. Nos veíamos recogiendo el premio, del brazo de la reina de las fiestas, haciendo un paseillo triunfal del Ayuntamiento a la plaza de toros de Lagunilla de Douro, la charanga pisándonos los talones. Lo que no veíamos era aumentar nuestra famélica obra. Tres poemas mal alimentados con menos duelos que quebrantos. Había que ser trágico y quejarse. En consonante a ser posible.
A medida que nuestros objetivos inmediatos se estiraron hasta el medio plazo, nos fue invadiendo un gusanillo de soledad que tenía aún menos sentido que todo lo que habíamos hecho desde que se nos trago la pitón de la Poesía no presencial. La sociedad no entendía nada. Nosotros intentábamos entendernos una y otra vez, pero es que ellos ni eso. Tenía que haber más como nosotros. Claro que los había. Los tertulianos. Ahí estaban, en el libro de Francisco Umbral. Se trataba de una reunión de sabios en la que todos se lanzaban versos, caían como hienas sobre los compañeros ausentes o agrandaban su obra a manera de pozo. Ese era nuestro hogar. Sólo había que buscar su plano de situación en el periódico.
Sorprendentemente en el periódico sí que estaban las tertulias. Bueno, la tertulia, la única que en Valladolore trascendía, a la espera de que trascendieran sus integrantes. Era en la Casa Cervantes y allí nos presentamos, apestando a colonia, costumbre de buen tono los domingos. La concurrencia se encontraba en esa jovial edad entre los 60 y la muerte. Y precisamente de esta última iba el tema de la tertulia. Nuestro entusiasmo ni se inmuto ante la materia escogida. Teníamos tanto que decir, tantas frases épicas y alegres sobre ese o cualquier otro tema que nos pusieran por delante... Pero para que tuviera mérito el vuelo hacia esa fuente de preocupación que existe desde que el hombre no es mono, los doctos tertulianos comenzaron la disertación desde abajo del todo, desde el tema más terreno que encontraron.
-Bueno, antes de nada quiero señalar que algunos se fueron la semana pasada sin pagar los cafés. Los tuvimos que abonar Puri y yo de nuestros bolsillos. A ver que hacemos hoy, que aquí me parece que hay mucho choricete.
Lo que siguió, oh, que fabuloso espectáculo retórico para Miguel y para mí. Las mejores mentes de su generación -que fue hace dos generaciones- despertaron por fin para arrojarse mutuamente epítetos que hacía décadas que nadie alzaba desde el diccionario. Pasmosas construcciones verbales con la contundencia de un silletazo, silletazos con la ligereza de un enrevesado insulto que nadie más que el ofensor comprende del todo. Maravillados, nos sentimos parte de algo más grande que nosotros, un calambrazo de palabras que venía desde Homero, una llama de la que genios locales o tontos en varios idiomas nos habían hecho depositarios. Queríamos estar a la altura. Cogimos una silla y empezamos a repartir estopa.
Nuestra primera tertulia no podía haber sido más didáctica. Qué precisa escenificación de la muerte había hecho aquella señora sobre la tarima. Pero no podíamos mirar atrás. Había que dejar algo de nosotros para la posteridad. Nuestra propia reunión. Ilusionados, decidimos juntar a nuestros amigos menos zoquetes con un atractivo programa que no pudieran rechazar. Les llevamos a La patata brava. La tertulia, les contamos, iba sobre la guerra. "La guerra es mala", decía éste. "La guerra mata", respondía aquél. Y entonces fue cuando aparecieron las patatas y la discusión finalizó abruptamente. Mientras uno de los contertulios lamía el plato y otro se guardaba servilleteros, palilleros y platos espejeantes en la cazadora, nos dimos cuenta de que habíamos fracasado. Alguien debía desasnar a nuestra generación antes de empezar a hablar. Mientras hacían tiro al plato con el botín robado, llegamos a la conclusión de que ni el hada de Pinocho.
Teníamos que adquirir conocimientos previos. Las conferencias. Ése era nuestro próximo campo de acción. Leímos la frase de Eugenio d'Ors, que a las ocho de la tarde o das una conferencia o te la dan. En espera de alcanzar la elevada posición de conferenciante, nos las daban. Y todas en el mismo lado. Oímos charlas sobre el travelling en Orson Welles, la caza menor en los Campos de Castilla o los distintos colores de la diarrea. Conocimos los diferentes tipos de oyente. El que aprovecha para dar una opinión personal sobre algo que no tiene relación más que con las cosas en las que venía pensando el hombre y lo camufla en una pregunta que nunca llega a enunciar. A la que todas las conferencias le recuerdan a una historia que le pasó a su sobrina. El que se indigna mucho con el gobierno. El que le contesta desde la oposición. El que, por fin, pregunta algo sobre la conferencia, pero nadie lo entiende. Oficio duro el de conferenciante. Pero más el de conferenciado. Estábamos a punto de retirarnos, y ojalá lo hubiéramos hecho antes.
Pero apareció ella.
Era un súcubo que caminaba entre nosotros. Miguel empezó a pensar con el pito. Siempre lo había hecho, pero ahora su pito apuntaba en una dirección. Mira que se lo dije.
miércoles, 21 de mayo de 2008
El folio en blanco
El folio en blanco
Redacción
Cada una de las palabras que escribía era como el verso de una oración. Cuando hacía un poema, cuando escribía una redacción, paladeaba las palabras recién escritas, a la manera de los panaderos, las recitaba y las leía despacito. No era exactamente orgullo. Era asombro. Yo había parido esa frase, ese verso. Y rimaba con el de dos más arriba. Más o menos rimaba. Y lo que decía tenía sentido. Lo tenía para mí.
Quizá es por eso que me acostumbré a escribir poco. Erigía un altarcito para cada cuento, me postraba ante los poemas, aunque me parecieran malos, ya entonces. Aquél relato en el que cruzaba el Atlántico con mi novia imaginaria en un bote neumático. Ese otro en el que viajaba al Oeste y mi novia imaginaria esquivaba las mesas llenas de borrachos dejando tras de sí la cola de su vestido como el mar deja espuma. Y la tercera parte, el cuento en el que se encontraban autor y personaje (yo y yo) y se mataban de alguna manera desproporcionada.
Pero no había visto el mar más que una o dos veces por aquél entonces, no tenía novia (ni siquiera imaginaria) y no sabía nada de metaloquefueraaquello.
Supongo que un poema de vez en cuando, un cuentecito que me reafirmara en la convicción de que yo valía (guau, todo esto lo he hecho yo) eran suficientes. Podía volver a ellos tantas veces como quisiera y me ahorraba tener que hacerlo, me ahorraba tener que valer.
Y así hasta hoy, que me he decidido a escribirme estas líneas. Merteil me pregunta "¿qué haces?". "Escribo". "A quién". "A mí". Sí, ella que se enamoró de alguna afortunada combinación de mis palabras, antes de conocerme, se extraña hoy por hoy tanto como yo de verme teclear.
Teclear.
Ultimamente, cuando me preguntan a qué me dedico siempre contesto: "a teclear".
Redacción
Cada una de las palabras que escribía era como el verso de una oración. Cuando hacía un poema, cuando escribía una redacción, paladeaba las palabras recién escritas, a la manera de los panaderos, las recitaba y las leía despacito. No era exactamente orgullo. Era asombro. Yo había parido esa frase, ese verso. Y rimaba con el de dos más arriba. Más o menos rimaba. Y lo que decía tenía sentido. Lo tenía para mí.
Quizá es por eso que me acostumbré a escribir poco. Erigía un altarcito para cada cuento, me postraba ante los poemas, aunque me parecieran malos, ya entonces. Aquél relato en el que cruzaba el Atlántico con mi novia imaginaria en un bote neumático. Ese otro en el que viajaba al Oeste y mi novia imaginaria esquivaba las mesas llenas de borrachos dejando tras de sí la cola de su vestido como el mar deja espuma. Y la tercera parte, el cuento en el que se encontraban autor y personaje (yo y yo) y se mataban de alguna manera desproporcionada.
Pero no había visto el mar más que una o dos veces por aquél entonces, no tenía novia (ni siquiera imaginaria) y no sabía nada de metaloquefueraaquello.
Supongo que un poema de vez en cuando, un cuentecito que me reafirmara en la convicción de que yo valía (guau, todo esto lo he hecho yo) eran suficientes. Podía volver a ellos tantas veces como quisiera y me ahorraba tener que hacerlo, me ahorraba tener que valer.
Y así hasta hoy, que me he decidido a escribirme estas líneas. Merteil me pregunta "¿qué haces?". "Escribo". "A quién". "A mí". Sí, ella que se enamoró de alguna afortunada combinación de mis palabras, antes de conocerme, se extraña hoy por hoy tanto como yo de verme teclear.
Teclear.
Ultimamente, cuando me preguntan a qué me dedico siempre contesto: "a teclear".
martes, 27 de noviembre de 2007
Al hilo de un post que he leído por ahí se me ha salido para fuera por fin una teoría que tenía atragantada en forma de ideilla por aquí por allá. Que desde luego, no hay una gran conspiración para que todos los telediarios nos cuenten lo mismo. Que se trata más bien de un edificio construido a base de renuncias diarias, como ladrillos de Tetris. En tiempos poco heroicos como estos, las grandes opresiones no nos llegan en forma de latigazos verticales, sino que somos nosotros los que las afianzamos con cada rendición cotidiana. Y las grandes revoluciones llegarán, si es que llegan, en forma de negativas individuales. Por eso es tan bueno tener alrededor ejemplos de libertad porque sí, gente que nos demuestre que las cosas pueden ser de otras maneras, que casi nada es obligatorio. Cumplen una función social. Inevitablemente, sale alguien afeándole el post o la vida, perros bien adiestrados (y no sonará tan fuerte si me califico a mi mismo de perro mal adiestrado, que nacimos esclavos como Espartaco, oiga).
Todos lo hacemos, claro, todos nos tenemos que rendir varias veces al día. ¿Los periodistas más? Yo no voy a inventarme una vocación de periodista combativo que nunca tuve. Pero si incluso yo que nunca he querido ganar nada y por eso nunca he tenido nada que perder me fui rindiendo solito, sin nadie que me estoqueara… qué no habrán hecho aquellos con ambiciones. La de pagar la hipoteca o la de seguir trepando.
Por fijar dónde me rendí, me pongo a recordar algunas cosas de los comienzos. Recuerdo mi primer texto creativo. Leído en directo en la radio, escrito, de hecho, en directo, en lo que se presentaba el programa. Era la crónica del entierro de una ilustre. En lugar de contar lo típico, quién había venido al pueblo, el parte meteorológico, las declaraciones de afecto, los pésames…, relaté los codazos (literales) para salir en la foto junto a la ministra, las impúdicas carreras sobre las tumbas, el limitadísimo interés de los que allí vinieron por la muerta o su obra. Cuando terminé de leerlo, levanté la cabeza por primera vez, no sabía si lo había leído bien ni si lo había redactado para que se entendiera. Era la primera vez de muchas cosas. Hubo un silencio en el estudio de aquella cadena episcopal. Todo el mundo me miraba esperando a ver lo que pasaba ahora. Recuerdo que la crónica terminaba con la palabra “mierda”, la frase debía de ser: "y todos hemos puesto nuestro granito de mierda". Y que la presentadora se repuso para decir que el programa no compartía necesariamente la opinión de sus colaboradores. Luego a micrófono cerrado aulló que a partir de ese momento leería ella todas las crónicas de los de prácticas. Creo que empezó entonces. O con el estupor horrorizado del jefe al que le llevé la crónica de una exposición, contada desde el punto de vista de una estatua, y no tenía más opción que publicarla o dejar una página de periódico en blanco. O del que me cambió la respuesta con la que empezaba la entrevista a una azafata de la vuelta ciclista.
“-¿Te gusta el ciclismo?
-No, pero eso no lo pongas.”
O quizá todo empezó verdaderamente cuando me censuré yo por primera vez y corté una pregunta sin respuesta de un reportaje.
“-El secreto de la menestra está en rebozar las verduras una por una.
-¿Los guisantes también?
-…”
Como se ve no eran ocasiones épicas. Pero eran mis cositas, una forma marciana de hacer periodismo con la que a lo mejor sólo me reía yo. Creo que lo he ido dejando. Y eso que en ningún caso me echaron a puntapiés, ni siquiera me dieron una mísera patadita. Pero entendí que eso no se hacía, como una foca amaestrada. Qué ganas de soltar la pelotita de una puta vez. Y cuando lo haga, sin duda, algún otro galeote vendrá a hablarme del morro que tengo. Pues salte tú también de la noria, burro.
Eh… como ya tengo poca práctica en lo de los posts, creo que me he desviado del tema central. Lo que quería contar es que los males del periodismo moderno vienen de la base, que se ha quedado anticuada porque todo lo demás va a toda velocidad, de culo, cuesta abajo y sin frenos, que se decía en mi pueblo. Primero, en las facultades deberían enseñar que la autocensura está prohibida, que luego ya vendrán las empresas con la extracensura. Y que la manera de seleccionar y exponer los temas de interés está mal planteada o ya no vale. Que quizás la actualidad y la inmediatez no tengan que ser los criterios ante los que se cieguen los editores y redactores jefes. A lo mejor, la noticia no es siempre que un hombre muerda a un perro que se va a poner bien mañana sino que que hay un perro mordiendo a un hombre en China desde 1981 y, aunque parezca mentira, al que le duele la pierna es a ti..
Todos lo hacemos, claro, todos nos tenemos que rendir varias veces al día. ¿Los periodistas más? Yo no voy a inventarme una vocación de periodista combativo que nunca tuve. Pero si incluso yo que nunca he querido ganar nada y por eso nunca he tenido nada que perder me fui rindiendo solito, sin nadie que me estoqueara… qué no habrán hecho aquellos con ambiciones. La de pagar la hipoteca o la de seguir trepando.
Por fijar dónde me rendí, me pongo a recordar algunas cosas de los comienzos. Recuerdo mi primer texto creativo. Leído en directo en la radio, escrito, de hecho, en directo, en lo que se presentaba el programa. Era la crónica del entierro de una ilustre. En lugar de contar lo típico, quién había venido al pueblo, el parte meteorológico, las declaraciones de afecto, los pésames…, relaté los codazos (literales) para salir en la foto junto a la ministra, las impúdicas carreras sobre las tumbas, el limitadísimo interés de los que allí vinieron por la muerta o su obra. Cuando terminé de leerlo, levanté la cabeza por primera vez, no sabía si lo había leído bien ni si lo había redactado para que se entendiera. Era la primera vez de muchas cosas. Hubo un silencio en el estudio de aquella cadena episcopal. Todo el mundo me miraba esperando a ver lo que pasaba ahora. Recuerdo que la crónica terminaba con la palabra “mierda”, la frase debía de ser: "y todos hemos puesto nuestro granito de mierda". Y que la presentadora se repuso para decir que el programa no compartía necesariamente la opinión de sus colaboradores. Luego a micrófono cerrado aulló que a partir de ese momento leería ella todas las crónicas de los de prácticas. Creo que empezó entonces. O con el estupor horrorizado del jefe al que le llevé la crónica de una exposición, contada desde el punto de vista de una estatua, y no tenía más opción que publicarla o dejar una página de periódico en blanco. O del que me cambió la respuesta con la que empezaba la entrevista a una azafata de la vuelta ciclista.
“-¿Te gusta el ciclismo?
-No, pero eso no lo pongas.”
O quizá todo empezó verdaderamente cuando me censuré yo por primera vez y corté una pregunta sin respuesta de un reportaje.
“-El secreto de la menestra está en rebozar las verduras una por una.
-¿Los guisantes también?
-…”
Como se ve no eran ocasiones épicas. Pero eran mis cositas, una forma marciana de hacer periodismo con la que a lo mejor sólo me reía yo. Creo que lo he ido dejando. Y eso que en ningún caso me echaron a puntapiés, ni siquiera me dieron una mísera patadita. Pero entendí que eso no se hacía, como una foca amaestrada. Qué ganas de soltar la pelotita de una puta vez. Y cuando lo haga, sin duda, algún otro galeote vendrá a hablarme del morro que tengo. Pues salte tú también de la noria, burro.
Eh… como ya tengo poca práctica en lo de los posts, creo que me he desviado del tema central. Lo que quería contar es que los males del periodismo moderno vienen de la base, que se ha quedado anticuada porque todo lo demás va a toda velocidad, de culo, cuesta abajo y sin frenos, que se decía en mi pueblo. Primero, en las facultades deberían enseñar que la autocensura está prohibida, que luego ya vendrán las empresas con la extracensura. Y que la manera de seleccionar y exponer los temas de interés está mal planteada o ya no vale. Que quizás la actualidad y la inmediatez no tengan que ser los criterios ante los que se cieguen los editores y redactores jefes. A lo mejor, la noticia no es siempre que un hombre muerda a un perro que se va a poner bien mañana sino que que hay un perro mordiendo a un hombre en China desde 1981 y, aunque parezca mentira, al que le duele la pierna es a ti..
viernes, 27 de julio de 2007
RECOMENTARIOS
COMENTARIOS Y RECOMENTARIOS. (a vueltas con el amor)
Mi post:
El amor es un tópico. No hay nada nuevo que decir sobre el amor y su sombra, el desamor. Puedes descender a los pozos de tu inteligencia y rebuscar las palabras precisas sobre él, que luego, al reducirlas cartesianamente, se quedan en un refrán o, con suerte, en un verso. Collige virgo rosas, el tiempo lo cura todo. Puedes intentar razonar con él, cogerlo del cuello, desmontarlo a la manera de los relojeros, pero el resultado de tus trabajos va a quedar inevitablemente a tiro de piedra de Corín Tellado. Es tan tópico que incluso el que sientas que nadie alcanza la altura de tu vuelo o la bajura de tu dolor, que pienses que estás solo porque no puedes explicarte ni ellos entenderte, ya nos ha pasado a todos.
Y eso no es ni bueno ni malo, sólo da una pista definitiva sobre su esencia, sobre lo que el amor es.
Comentario de un gamberro en los comentarios:
Que nos pase a todos (o que sea, como tú dices, tópico) no quiere decir que no sea importante: la muerte también nos ha de ocurrir a todos y nadie se atreve a decir que es intrascendente. Y alguien debe decirte que traer a colación a Corín Tellado es un recurso retórico bastante barato, tan inocuo como si te hubieras referido a Petrarca. Disfrutar el amor o padecer el desamor nada tiene que ver con esa especie de arrogancia del sentimiento frente a los demás que tú, más furioso que virgen, denuncias. Me limito a recordar que de poco le sirven al doliente (por desamor, por enfermedad o porque se le ha muerto el gato) las frases hechas, aunque sean en latín.
¿Qué es el amor? Supongo que un complejo de emociones, pensamientos de cierta clase e impulsos primitivos. Imposible reducirlo a una fórmula, demasiado absurdo intentarlo; sólo podemos dar rodeos en torno a él y conocerlo a través de sus efectos. Y sí: no es bueno ni malo, pero es real y en ocasiones vivísimo.
Me perdonarás estas palabras porque ya me conoces: a menudo defiendo que la lucidez no siempre es cínica.
Me alegra tu regreso por estos pagos.
Mi respuesta:
Comentario de MI texto: habla de mi imposibilidad para comunicarme contigo aquella noche, para decirte lo que pienso sobre lo que sentías sin que sonara a frases hechas, a citas de Corín Tellado, a versos gastados en el mejor de los casos. Cito directamente o indirectamente lo que me decías “ahora me dirás que el tiempo lo cura todo [como ejemplo de frase hecha]”, “eso que me dices es de libro de autoayuda”. Y doy mi versión de por qué todo (te) suena así. Porque es que es así. Es un tópico, no hay nada nuevo que decir sobre él ni nada nuevo que sentir. Incluido tu malestar porque no te entendía. Claro que no te entendía, no estaba sintiendo tu confusión, tu dolor y tus mareos. Pero recordaba como me sentía yo entonces, cuando lo sentí. Y, sobre todo, no podía dejar de darle vueltas a lo tonto e inútil y escaso de sentido que es todo lo que yo pasé por tan poca cosa visto desde aquí, desde ahora. Así que eso es prácticamente lo único que podía decirte aquella noche. Que todo pasa. Y pasa tanto y tan drásticamente que hasta te da vergüenza recordar que lo pasaste tan mal por esa tontería.
Y la última frase queda a la interpretación de cada cual, que cada uno es cada uno. Yo tenía una clara entonces, pero ya no me acuerdo. Supongo que tenía que ver con que el amor es un comportamiento aprendido o un instinto genético y no tiene el valor único y la entidad propia que nosotros le queremos otorgar.
Comentario de TU texto: tampoco hay nada nuevo que decir sobre la muerte, al menos hasta que alguien vuelva de allí y nos cuente algo que no sabemos. No le quito importancia, hablo de uno de sus aspectos o de una de sus consecuencias más significativas.
Veo que me das la razón, efectivamente, todo lo que se diga sobre el amor termina convirtiéndose en un recurso retórico barato, a eso suena, a Corín Tellado a un refrán o, en el mejor de los casos, a verso de Petrarca. Inocuo, retórico y barato.
Me temo que cuando padecemos el amor y el desamor no podemos evitar la arrogancia del sentimiento, ese creer que nadie puede ponerse en nuestra piel. Es uno de sus síntomas, a eso iba, yo lo sentí, tú lo sientes, es universal, me temo. Y si no me crees, como textos de consulta te remito a Corín Tellado (“nadie podía entender nunca el alcance de nuestra pasión”), la poesía (“tiznado por la pena, casi bruno/ donde yo no me hallo no se halla/ hombre más apenado que ninguno” Miguel Hernández) o el refranero ( “Juzgan los enamorados que todos tienen los ojos vendados”).
Y efectivamente, de poco le sirven al oyente las frases hechas, en versos esculpidos en un pétalo de amapola o en prosa zafia que te rechina en los oídos. De poco, de nada. ¿Y por qué no sirve de nada? A lo mejor eso es una pista.
Y sí, el amor es real, como es real un verso que está en tu cabeza. Olvídate del verso y deja de existir.
Me temo que estaba siendo menos cínico que cartesiano. O al menos lo intentaba, pero con literatura, claro, lo que pasa es que igual con literatura no se entiende nada, pero en fin...
Mi post:
El amor es un tópico. No hay nada nuevo que decir sobre el amor y su sombra, el desamor. Puedes descender a los pozos de tu inteligencia y rebuscar las palabras precisas sobre él, que luego, al reducirlas cartesianamente, se quedan en un refrán o, con suerte, en un verso. Collige virgo rosas, el tiempo lo cura todo. Puedes intentar razonar con él, cogerlo del cuello, desmontarlo a la manera de los relojeros, pero el resultado de tus trabajos va a quedar inevitablemente a tiro de piedra de Corín Tellado. Es tan tópico que incluso el que sientas que nadie alcanza la altura de tu vuelo o la bajura de tu dolor, que pienses que estás solo porque no puedes explicarte ni ellos entenderte, ya nos ha pasado a todos.
Y eso no es ni bueno ni malo, sólo da una pista definitiva sobre su esencia, sobre lo que el amor es.
Comentario de un gamberro en los comentarios:
Que nos pase a todos (o que sea, como tú dices, tópico) no quiere decir que no sea importante: la muerte también nos ha de ocurrir a todos y nadie se atreve a decir que es intrascendente. Y alguien debe decirte que traer a colación a Corín Tellado es un recurso retórico bastante barato, tan inocuo como si te hubieras referido a Petrarca. Disfrutar el amor o padecer el desamor nada tiene que ver con esa especie de arrogancia del sentimiento frente a los demás que tú, más furioso que virgen, denuncias. Me limito a recordar que de poco le sirven al doliente (por desamor, por enfermedad o porque se le ha muerto el gato) las frases hechas, aunque sean en latín.
¿Qué es el amor? Supongo que un complejo de emociones, pensamientos de cierta clase e impulsos primitivos. Imposible reducirlo a una fórmula, demasiado absurdo intentarlo; sólo podemos dar rodeos en torno a él y conocerlo a través de sus efectos. Y sí: no es bueno ni malo, pero es real y en ocasiones vivísimo.
Me perdonarás estas palabras porque ya me conoces: a menudo defiendo que la lucidez no siempre es cínica.
Me alegra tu regreso por estos pagos.
Mi respuesta:
Comentario de MI texto: habla de mi imposibilidad para comunicarme contigo aquella noche, para decirte lo que pienso sobre lo que sentías sin que sonara a frases hechas, a citas de Corín Tellado, a versos gastados en el mejor de los casos. Cito directamente o indirectamente lo que me decías “ahora me dirás que el tiempo lo cura todo [como ejemplo de frase hecha]”, “eso que me dices es de libro de autoayuda”. Y doy mi versión de por qué todo (te) suena así. Porque es que es así. Es un tópico, no hay nada nuevo que decir sobre él ni nada nuevo que sentir. Incluido tu malestar porque no te entendía. Claro que no te entendía, no estaba sintiendo tu confusión, tu dolor y tus mareos. Pero recordaba como me sentía yo entonces, cuando lo sentí. Y, sobre todo, no podía dejar de darle vueltas a lo tonto e inútil y escaso de sentido que es todo lo que yo pasé por tan poca cosa visto desde aquí, desde ahora. Así que eso es prácticamente lo único que podía decirte aquella noche. Que todo pasa. Y pasa tanto y tan drásticamente que hasta te da vergüenza recordar que lo pasaste tan mal por esa tontería.
Y la última frase queda a la interpretación de cada cual, que cada uno es cada uno. Yo tenía una clara entonces, pero ya no me acuerdo. Supongo que tenía que ver con que el amor es un comportamiento aprendido o un instinto genético y no tiene el valor único y la entidad propia que nosotros le queremos otorgar.
Comentario de TU texto: tampoco hay nada nuevo que decir sobre la muerte, al menos hasta que alguien vuelva de allí y nos cuente algo que no sabemos. No le quito importancia, hablo de uno de sus aspectos o de una de sus consecuencias más significativas.
Veo que me das la razón, efectivamente, todo lo que se diga sobre el amor termina convirtiéndose en un recurso retórico barato, a eso suena, a Corín Tellado a un refrán o, en el mejor de los casos, a verso de Petrarca. Inocuo, retórico y barato.
Me temo que cuando padecemos el amor y el desamor no podemos evitar la arrogancia del sentimiento, ese creer que nadie puede ponerse en nuestra piel. Es uno de sus síntomas, a eso iba, yo lo sentí, tú lo sientes, es universal, me temo. Y si no me crees, como textos de consulta te remito a Corín Tellado (“nadie podía entender nunca el alcance de nuestra pasión”), la poesía (“tiznado por la pena, casi bruno/ donde yo no me hallo no se halla/ hombre más apenado que ninguno” Miguel Hernández) o el refranero ( “Juzgan los enamorados que todos tienen los ojos vendados”).
Y efectivamente, de poco le sirven al oyente las frases hechas, en versos esculpidos en un pétalo de amapola o en prosa zafia que te rechina en los oídos. De poco, de nada. ¿Y por qué no sirve de nada? A lo mejor eso es una pista.
Y sí, el amor es real, como es real un verso que está en tu cabeza. Olvídate del verso y deja de existir.
Me temo que estaba siendo menos cínico que cartesiano. O al menos lo intentaba, pero con literatura, claro, lo que pasa es que igual con literatura no se entiende nada, pero en fin...
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