jueves, 25 de octubre de 2012

Turnedo

“Quién no tiene el valor para marcharse, quién prefiere quedarse y aguantar, marcharse y aguantar.” Amaro Ferreiro.

 Anoche pasaba frente a un bar y oí gritos.
 -¡Todos! ¡Deberíamos hacerlo todos! –decía un anciano bronceado.
 -¿Para qué? ¿Para ser indestructibles? ¿Para ser inmortales?- le contestaba otro mucho más calmado.

 Aquí los viejos tienen esa pinta saludable que ya me gustaría a mí. Estoy en Ibiza, escribiendo en la terraza con vistas al mar que me ha dejado una amiga para encerrarme y teclear, para pasar una pájara que me viene durando demasiado. Aquí todo el mundo parece relajado, yo todavía no, y hago lo que puedo por perder la esperanza. Sí hay algo que sé hacer es relajarme, cómo se me da. Así que estoy dispuesto a pasar diez días en tensión, a ver si me sale algo que me valga la pena. Pero sólo se me ocurren ideas como describir el atardecer cada día desde esta terraza que da al oeste y quedarme con el mejor. O concentrarme fuerte en una de estas nubes que me van a encerrar más y pensar cómo será sobrepasarlas sin motor, cómo será llegar hasta allí y estar dentro y seguir subiendo, si eso te convierte en ángel o en un globo sin rumbo. O recoger todas las frases que me cruce en conversaciones al paso. O escribir una historia submarina mientras miro al mar. O un largo poema al que quitarle los puntos aparte para que se convierta en prosa, como antes. Tanto criticar y resulta que puedo ser tan cansino como cualquier novelista español con página en el Babelia.

Estoy aquí encerrado siendo libre y sufro un poco, como un tonto. Para qué, para ser inmortales.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Un tipo atildado en el Camino de Santiago

Tenía que llegar a la boda de mi primo al final de Camino de Santiago y no sabía cómo gestionar lo del traje. Lo metí en la mochila. Cuando el viento del sur me soplaba adecuadamente, me metía en el traje y pateaba los caminos, más bonito que un sanluis. Tuvo que ser raro ver a un tipo con americana, corbata y esa enorme mochila. Era un traje elegante, además, oscuro y con una finísima raya granate. Y la corbata era de las que no acaban en pico, le daba el toque moderno, decía, “eh, soy un tipo atildado”. Subí un puerto con ese traje. Visité las ruinas de un monasterio altísimo levantado en mitad de la nada. Recorrí una carretera arbolada como un oasis y sólo me crucé con coches glamurosos, un descapotable, un BMW macizorro, un escarabajo amarillo huevo y un coche de época, una haiga de los 50. Comí en un restaurante fino, en muchas tascas y en alguna cuneta. Sacaba la navaja, el chorizo, el queso, el pan, me atusaba la corbata y a comer. Me presenté en un albergue que llevaban unas chicas más o menos punkis, más o menos okupas y nos pasamos media noche hablando del pueblo en el que vivían y en el que plantaban los tomates y lo demás, yo con mi corbata de ganchillo, ellas con la cabeza semiafeitada.