sábado, 27 de octubre de 2012

Nueve atardeceres de Ibiza. DOS.


Nueve atardeceres de Ibiza. DOS.

El ocaso me encuentra leyendo este poema:
“Es verdad tu hermosura. Es verdad. ¡Cómo entra
la luz al corazón!”.
Y como leo lento y es un poema largo,
el sol ya no se ve para cuando he llegado.
Las nubes que lo tapan se mueven muy deprisa,
pero enseguida vienen otras a relevarlas.
Hay viento, que ahí arriba debe de soplar fuerte,
con hambre de kilómetros.
En la tierra es distinto, el viento ya no es libre
y sólo encuentra obstáculos (montañas, islas, coches),
un universo de hechos contra los que tropieza.
Y luego las personas,
que pasean deprisa por el puerto,
que no juegan con él, como las nubes,
ni tampoco resultan más que un pequeño estorbo.
La china con dos niños en un carrito doble,
los de la camiseta, que vienen del gimnasio,
el anciano que huye, ha visto tantas cosas.
O puede ser que no y sólo vea la tele.

Mientras el mar protesta y levanta sus lenguas
para decirnos algo que puede que entendamos
cada uno a su modo si es que estamos mirando,
los humanos se meten en las casas.
Y el sol, al fin, termina cayendo casi solo,
ignorado a las faldas de una nube,
releyendo en voz baja
su antigua cantinela de verdugo que hojea
una condena a muerte.


Es verdad lo que dice,
mejor no lo escuchemos.
26 de octubre de 2012

viernes, 26 de octubre de 2012


Nueve atardeceres de Ibiza. UNO.
El sol tenía sólo una línea de cielo por la que asomarse. Entre tanta nube negra, nubes camorristas y con un ego monstruoso, lo que me llegaba era una luz doméstica, hogareña, como un fogón de pueblo que se colara por la rendija de la puerta de una casa apagada. Las nubes seguían con su matonismo, engullendo la luz con su panza de burro. Había dejado de creerlas, no iban a descargar, no iban a encerrarme en casa ni a dejar las calles impracticables durante tres días, ni siquiera iban a estar ahí mañana para darme un despertar tristón. Pero yo quería que el sol venciera, aunque fuera justo al final, justo en el punto en que se despediría desde la cima del monte. Hizo un último esfuerzo, quiso decir adiós con una boquita de fuego de leña, pero se lo zamparon, desafiantes, y nos dejaron sin despedida para que todo desapareciera en la oscuridad demasiado rápido.
25 de octubre de 2012