viernes, 20 de enero de 2012

Un viernes 13 sumergido a medias

Un viernes 13 sumergido a medias
Encontré en internet una cubitera que, por 13 euros, congela dos cubitos distintos: uno, grande, con la forma del Titanic y otro pequeñajo que se puede parecer a un iceberg si se consigue que flote. Lo vi justo un día después de que la mitad del Costa Concordia pasara el viernes 13 debajo del agua. Las tumbonas estaban tan bien amarradas que aguantaron en vertical sobre la cubierta, lo que ha terminado demostrando que los mozos se tomaron más en serio su trabajo que el capitán, que primero se dio una vueltecita cercana de más por la costa de Giglia, y luego, cuando chocó, le dijo a todo el mundo que no pasaba nada, en lo que meditaba sobre el marrón que le había caído encima. La conclusión a la que llegó es que iba a estar mejor cuanto más lejos del barco. La ropa tendida en la isla que salía en las fotos de agosto pasado, con los barcos navegando a un ¡uy! de allí, parece al alcance de la mano. Debía de ser lo normal, pasar cerquita y saludar y quizás tratar de tocar las toallas amarillo pollo que se llevaban por allá esta temporada, en plan actividad a bordo.
Una vez estuve en la botadura de un crucero de Costa. La actividad a bordo que más recuerdo fue una carrera de coches con Paz Vega, la madrina, en la que su minifalda jugó todo el rato en mi contra. También comimos y bebimos mucho, me tiré por un tobogán acuático en espiral y bailé en una discoteca. No recuerdo todo lo que hice, pero sí recuerdo que no tuve nunca la sensación de estar flotando: las diversiones eran tan mundanas como en tierra, y para resultar divertidas o no, dependían de la compañía que llevaras, como en tierra. Sólo recordabas el mar si hacías el esfuerzo de asomarte a las barandillas. De lo que se trata en los cruceros es de introducirte en una burbuja de irrealidad en la que eres otra vez un bebé sin capacidad ni oportunidad ni ganas de decidir nada, como contaba Foster Wallace en "Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer". El efecto está tan logrado, que parece que se contagia a la tripulación. Los capitanes de ahora ya pueden no ser marinos, tengan o no el carnet. Incluso pueden dejarse el sentido común aparcado en casa. Ahora saben bien que lo que importa de verdad es salir con la gorra recta en las fotos de la cena y que si se retrasan, hay que pagar un extra a los autobuseros que esperan en el siguiente puerto para engullir al pasaje y acercarlo a los sitios más soporíferamente interesantes del centro de la ciudad. Ahora junta eso con un estúpido integral que se piensa que es el rey del mundo y nos da un viernes 13 que ni Freddy.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Me enamoré en un Trash entre amigos

Me enamoré en un Trash entre amigos
El beso asomó por primera vez en el último escalón de un cine lleno al que nos habíamos colado. Le agarré de la cintura, dijo "no te pases". Pero entonces apareció, brotó en el rinconcillo de mi cabeza que se ocupa de eso. Y ya no pensé en otra cosa durante los dos días siguientes. A unos pocos minutos del notepases, apoyé su cabeza en mi hombro. Vigalondo tiraba una lata de cerveza al escenario o lo intentaba quemar. El beso ya estaba poniéndose cómodo en el cubículo correspondiente, no pensaba salir de ahí. Levanté su cabeza del hombro, acerqué la boca. Me dijo nonono. Un nonono que sonó con toda claridad a “como sea sísísí, entonces qué hacemos”. Como soy un buen chico, lo tuve que dejar estar. Las siguientes peripecias de aquel día incluyeron todo el rato al beso asomando y asomando. Nonono, corrientes eléctricas que moverían un molino cada vez que nuestras rodillas se rozaban, narices juntas con beso en elipsis. Beso, beso, beso beso beso.
Para cuando terminaban las 48 horas, estábamos en mi sofá, haciendo el cíclope. Solos no habríamos podido llegar, nos había traído, claro, el fantasma del beso delincuente. Deslicé la mano por debajo de su camiseta verde. Su piel, qué sé yo porqué, tenía la suavidad delicada que se espera siempre de una chica tan pálida. Subí despacio hasta los hombros, mientras ella metía su rodilla entre las mías. Las caras estaban pegadas, no distinguía cuál de los dos era el que respiraba cada vez. Si sabía cuál era mi nariz es porque la suya seguía congelada. Cada región de su piel que pisaban mis dedos se convertía en terreno ganado para siempre, empezaba a estar seguro. Ya no hablábamos, sólo me miraba con los ojos abiertos a todo lo que daban. Me mordió el cuello. Siguió hacia los hombros. Esto no tiene ningún sentido, dije, te voy a besar, porque es como si ya te hubiera besado, qué más da. Acerqué mi boca a la suya, me sentí culpable nada más hacerlo, había prometido que esto no pasaría. Metí la lengua despacito, me choqué con la suya, quise esquivarla y recorrí su boca. Nunca había estado en un lugar como ése.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

COSAS QUE NO PONDRÉ EN MI CURRICULUM

COSAS QUE NO PONDRÉ EN MI CURRICULUM
Melonero. Acomodador, portero y taquillero de cine. Camarero en una plaza de toros. Camarero extra de comuniones. Profesor a domicilio. Profesor de literatura para adultos a cambio de la merienda. Repartidor de propaganda. Encuestador. Vendedor de ambientadores a domicilio. Bibliotecario en una Escuela de Ingeniería. Bibliotecario en una hemeroteca. Relaciones públicas de un club swinger. Gerente, camarero y el de la mopa en mi propio bar. Abre vinos en un restaurante de Londres. Mozo de almacén. Descargador de camiones de muebles. Buzoneador. Profesor de Periodismo y cuentacuentos en el barrio más chungo de Santo Domingo. Poeta.

martes, 22 de noviembre de 2011

No seas tonto

Yo digo:
ay
qué mal
pobre
¿sabes que yo no era así? nunca pensaba en el futuro

Ella dice:
pobre quién?

Yo digo:
pobre tú, que te he tocado yo

Ella dice:
jajaja

Yo digo:
en el momento en que estoy como una carraca, además

Ella dice:
yo también estoy como una carraca ahora mismo
pero te voy a decir una cosa

Yo digo:
dila

Ella dice:
soy una tía increíble
no vas a volver a conocer nunca en tu vida a nadie como yo

Yo digo:
allí en el fondo de mi estulticia, lo sé

Ella dice:
nadie que te quiera tanto como te voy a querer yo, que te trate ni la mitad de bien ni que te vaya a hacer la mitad de feliz
ni nadie que te vaya a entender tanto
ni nadie que vaya a coger tus sueños y que quiera ayudarte sinceramente a que los cumplas
no seas tonto, házte un favor
deja de comerte la cabeza
deja de decirme chorradas

miércoles, 16 de noviembre de 2011

La fiesta iba bien

La fiesta iba bien. Había conocido a Delia y a Carmen y a Mireia y a Nacho y creo que a Álvaro. Y habían venido Guillermo y Emilio y el otro Nacho y más. Estaban allí, delante de mí, hablando en la barra. Tenía enfrente a toda esa gente y estaba sujetándome las hipérboles para no decirles del todo lo que pensaba de ellos.
Y entonces se me cruzó una pelirroja. Le conté lo que a todas las pelirrojas: que mi ex lo era, que son diabólicas. Enseguida empezamos a hablar de sexo. Ella forzaba el papel de ingenua guarra. Tanto que pensé que estaba loca. Una loca ingenua guarra vitalista con la que me apetecía cada vez más dar unos saltos en la cama. En la suya, porque quería ver su habitación. Todo iba bien, María y Javi y la bici de Javi sentados en el suelo; la pelirroja concentrada en lo que yo decía. Todo iba bien, y por si acaso todo pensaba seguir yendo bien, recordé que tenía algo de coca de ayer (que no caduca) en algún bolsillo. Qué coño, sólo una, sin pasarse. Fui, volví. A la pelirroja le habían crecido las tetas y se había convertido en un incauto súcubo al que ya no entendía del todo. Javi y María estaban intentando mediar en una bronca de pareja de dos desconocidos. Las cosas no habían empeorado demasiado, todavía se podía salvar la noche si me portaba con corrección. Pórtate bien. Tetas. Concéntrate en eso. Sabes hacerlo.
Y después pensé, mejor que no, y fui a meterme un poco más, después de todo, esto no está mal. No está mal. Volví, me senté en el bordillo con Javi y María que ya habían conseguido elevar la bronca de la pareja a nivel cataclismo. Me levanté y me acerqué a la pelirroja, que para entonces era Scarlett Johanson con una toallita en la Casa de los Espejos y me dijo: se te ha debido de caer esto. Mi turulo.
- Bueno, esto no… que va, que va, si yo esto no… vamos, que no lo he visto en la vida, que a mí estas cosas no… no me van, ni me van ni me vienen, en fin, que es que no sé ni lo que es ni para qué sirve. Además, ¿que por qué va a ser eso mío? ¿eh?
La pelirroja desenrolló con dulzura o paciencia mi tarjeta de visita:
- Porque pone tú nombre.