martes, 14 de enero de 2003

No sé quién te dijo, Bob, que Al sur de Granada era insoportable. A lo mejor fue alguien demasiado urbano, o que nunca se quedó desnudo y temblando después de un amor arrasador, el primero. O que no se acuerda. Esa mirada final, la de la mujer que sonríe a su antiguo amante con los ojos de los quince años y ese amor puro e incesante, tan físico, a mí me hablan, son viejos conocidos. Tengo una carta que escribí a los 19 ó 20 para mi yo de ahora. Relato como subo una cuesta de mi pueblo, como me abro la camisa para sentir frío, aire, noche. Para sentir. Maldigo al que seré, al que soy, si prefiere la comodidad de estar abrigado, si no es capaz de encontrar toda la felicidad en un gesto como ése, en la consciencia de estar vivo.
A veces, cuando no funciona la memoria selectiva y tengo que pensar en ella, me doy cuenta de que cuando se fue sin una sonrisa, sin una caricia, sin un “hasta siempre”, cuando decidió que no existieran aquellos ocho años, no importaba tanto que me estuviera traicionando a mí. Eso qué más daba. Para entonces ya habíamos perdido todas las batallas. La auténtica traición se la hizo a la chica de 22 años que temblaba por primera vez, desnuda entre mis brazos. Y al soñador de 19 que le cantaba nanas, le recitaba al oído y recorría su piel lentamente, como si no hubiera ninguna otra cosa en el mundo, sonriendo con los ojos muy abiertos en la oscuridad. A ambos, que valían la pena.
Al menos yo sé que existieron, sé quiénes fueron.

2 comentarios:

Gemma Moya dijo...

Es refrescante ese recuerdo de la adolescencia en la que nos dejábamos llevar por esa espontaneidad y actos tan sencillos hacían que un día fuera especial, recordándolo, así como tu el tuyo, para siempre.
Sería una realidad diferente para ti que para ella? Hay veces que queda esa duda cuando con el tiempo todo parece que se enfríe. Ella se fue y tu te quedaste con esa herida que te persigue siempre seguramente dando vueltas constantemente a si alguna vez se sintió igual que tu.

Gemma Moya dijo...
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