lunes, 2 de diciembre de 2019

Me lo dije


Los antidepresivos te ponen a no sentir. Que empeño en no mirarme la letra pequeña de las cosas para que sean más sorpresa. Lo hago con los viajes, con la gente, con las pelis, con las drogas. Que sea sorpresa no lo hace mejor, a ver cuándo se me mete en la cocorota. 
Hoy me hace el salto del tigre una oleada de melancolía con salsita de nostalgia y me sorprendo, porque sospecho que suelo sentir poco. Pero la sorpresa es que eso me sorprenda cuando me he pasado otro día entero solo, intentando trabajar un poquito, viendo como llueve sobre el mar mientras hago mi búsqueda más o menos anual de grupos indie nuevos que, oh, sorpresa sobre sorpresa, tienen letras llenitas de sentimientos, a poder ser sentimientos adolescentes. Y luego está que el sábado fui a un concierto de Los gandules en Can Jordi y me reí mucho mientras pedía otra ronda y conocí a una gente que me presentó a otra gente y acabé volviendo de Ibiza con la cabeza desmayada sobre el cristal del autobús mientras amanecía sobre mi inconsciencia.
Total, que tenemos: bajona resacosa + canciones de Amaia y así + lluvia sobre el mar tras la ventana + que esta vez tampoco llego a tiempo con las entregas.
La fórmula acaba en sentir lo que siento, son matemáticas, pero no, yo lo que pienso es en si serán los antidepresivos de entonces y si el efecto me durará hasta hoy. Me preocupa si cuando me enseñaron a no sentir lo aprendí para siempre. Porque hace cinco años o así que no me enamoro, y, aunque también haga ya años de que no tomo una pastillita, no me privo de extrañarme de sentir cosas ni de tratar a esa sensación a manotazos, como suelo.
Pero hoy no. Hoy no aparto nada. Dejo que se pongan cómodas las añoranzas de las cosas que pasaron hace tiempo o que nunca pasaron, qué sé yo. No escapo, pruebo algo nuevo. Abro el documento del relato con el que estoy estos días y le incluyo la melancolía a una frase y la nostalgia a una metáfora. Ahora, mi thriller rural cómico sobrenatural tiene también dos imperceptibles gotas de tristeza insular. ¿Por qué no? Al mole poblano le echan más cosas. Y si la sensación no mejora, al menos ahora tiene un sentido.
Por qué no habré descubierto un poco antes que esto de escribir lo arregla todo. Lo que me gusta decirme te lo dije.