En Bombay dicen que hay
terrible peste bubónica.
Aquí, Urrecha hace la crónica
de un drama de Echegaray.
¡Mejor están en Bombay!
Ramón María del Valle Peña
"Poeta, narrador, ensayista, traductor ejemplar (ahí está, como espléndida muestra, su versión del Viaje de invierno de Wilhelm Müller), Andrés Neuman es el hombre de letras por excelencia de la nueva generación". A José Luis García Martín sólo le ha faltado terminar su entradilla en El Cultural de El Mundo con "mejor persona y gran amigo de sus amigos". La verdad es que me estoy pensando si emplear en el libro de Neuman los 10 euros que tengo guardados desde el verano para darle ajenjo a fire. O si no, los quemo directamente. Yo que he malgastado tantos, todavía no he quemado ninguno y ya tengo edad. Creo que será lo mejor. Mejor están en Bombay.
/////"Sigo virgen y furioso". Arthur Cravan, recién llegado a la ciudad, en una carta a un amigo/////
miércoles, 3 de diciembre de 2003
lunes, 1 de diciembre de 2003
Arantxa me telefoneó para contarme que su padre había muerto el domingo. No sabía que decir. Creo que le expliqué que un tiempo después de que muriera mi madre empecé a creer que su vida había sido un ciclo cerrado y pleno, que tuvo seis hijos, se casó con quien quiso, llevó una vida tranquila, sólo supo querer y la quisieron. Eso me ayudó a vivir. Su funeral, el de una madre y ama de casa, con los pasillos de la iglesia del Salvador abarrotados me dio, con el tiempo, una pista más. Luego Arantxa dejó caer que me había llamado porque la Innombrable había ido a darle el pésame. "Ha venido para que conociera a su hijo, me dijo, ¿no sabes que ha tenido un niño? Siempre que la veo pienso en vosotros dos como pareja y me da mucha pena". Le conté que al final cada uno hizo lo mejor para él, aunque de la peor manera. Que ella conmigo no habría podido tener una casa, un coche, un niño, una foto en la que apareciera vestida de blanco en algún parquecillo del extrarradio. Que yo no habría sido feliz o no habría sido libre. Que no trabajaría aquí ni habría visto nada ni habría aprendido nada. Que todo encuentra su lugar, que esto es como un puzzle en el que las piezas van cayendo y luego se colocan solas. No sabía qué decir.
miércoles, 19 de noviembre de 2003
QUERIDA MISS STUART:
Sólo un apunte. Recuerdo una tarde de verano en la que revolviendo entre los trastos del Brideshead de mi amigo Jorge sacamos una cesta de picnic y un gramófono. De los discos, seleccionamos uno de Carusso (¿o era una foto amarillenta?) y Reloj, no marques las horas. Quemé un corcho y me pinté unos bigotes en espiral. Cantamos a gritos, esquivando la luz oblicua del atardecer castellano en el último piso de lo que fuera el ala de la servidumbre, sobre las caballerizas. Luego hubo que aguantar preguntas sobre ese bigote toda la noche. En realidad estábamos haciendo la mudanza de aquella casa para siempre. Después de cuatro siglos. Supongo que se merecía una despedida como esa y no llantos de cerillera.
"Los días malos terminan, casi tan deprisa como los días buenos, pero de ellos, de los malos, nunca me queda recuerdo", dices. De los días malos nunca me queda recuerdo en este blog.
Para una vez que lo intento hacer sin perder la dignidad... Dejé cuidadosamente las cosas de Madame de Merteuil en el pasillo, su camisa, su jersey, su aparatosa caja de pinturas de los cincuenta, su sujetador, su cajita de música que toca As time goes by. Sobre ellas la nota: "Deja las llaves en la mesa, por favor". Supongo que cuando uno hace eso es para fastidiar, para que escueza como poco un poquito. Pero ella andaba algo ocupada esos días y mandó a su compañera de piso a por una mesita que se había dejado y no apareció a por sus cosas. Así que el que veía la nota todas las noches era yo y me sentía un poco tonto. Pero sucedió que, a la mitad de la semana, Pilar, la encantadora señora que se pelea todas las semanas contra mi ex caótica habitación, se encontró la nota y no supo si dejar las llaves, si llamarnos, si irse, si estaba despedida...
Hoy he visto una cola que daba la vuelta a la manzana para comprar lotería en Doña Manolita. Pensaba que me iba a tocar a mí, pero veo que la gente está loca y que hay demasiada competencia. De esto se puede sacar una moraleja, que siempre es bonito: si tienes que apartar tentáculos y alas para llegar hasta la chica del bar, no insistas.
Sólo un apunte. Recuerdo una tarde de verano en la que revolviendo entre los trastos del Brideshead de mi amigo Jorge sacamos una cesta de picnic y un gramófono. De los discos, seleccionamos uno de Carusso (¿o era una foto amarillenta?) y Reloj, no marques las horas. Quemé un corcho y me pinté unos bigotes en espiral. Cantamos a gritos, esquivando la luz oblicua del atardecer castellano en el último piso de lo que fuera el ala de la servidumbre, sobre las caballerizas. Luego hubo que aguantar preguntas sobre ese bigote toda la noche. En realidad estábamos haciendo la mudanza de aquella casa para siempre. Después de cuatro siglos. Supongo que se merecía una despedida como esa y no llantos de cerillera.
"Los días malos terminan, casi tan deprisa como los días buenos, pero de ellos, de los malos, nunca me queda recuerdo", dices. De los días malos nunca me queda recuerdo en este blog.
Para una vez que lo intento hacer sin perder la dignidad... Dejé cuidadosamente las cosas de Madame de Merteuil en el pasillo, su camisa, su jersey, su aparatosa caja de pinturas de los cincuenta, su sujetador, su cajita de música que toca As time goes by. Sobre ellas la nota: "Deja las llaves en la mesa, por favor". Supongo que cuando uno hace eso es para fastidiar, para que escueza como poco un poquito. Pero ella andaba algo ocupada esos días y mandó a su compañera de piso a por una mesita que se había dejado y no apareció a por sus cosas. Así que el que veía la nota todas las noches era yo y me sentía un poco tonto. Pero sucedió que, a la mitad de la semana, Pilar, la encantadora señora que se pelea todas las semanas contra mi ex caótica habitación, se encontró la nota y no supo si dejar las llaves, si llamarnos, si irse, si estaba despedida...
Hoy he visto una cola que daba la vuelta a la manzana para comprar lotería en Doña Manolita. Pensaba que me iba a tocar a mí, pero veo que la gente está loca y que hay demasiada competencia. De esto se puede sacar una moraleja, que siempre es bonito: si tienes que apartar tentáculos y alas para llegar hasta la chica del bar, no insistas.
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