lunes, 29 de septiembre de 2003

En el metro me siento al lado de chica con libro. Nos miramos de reojo. Ella lee Jane Eyre y yo las memorias de Casanova. Me ha parecido supercomplementario.

jueves, 18 de septiembre de 2003

MUERTO AL LLEGAR

MUERTO AL LLEGAR

"que al que nace martillo,
del cielo le caen los clavos"
"Otra victoria como esta y estamos perdidos". Pirro.

Vuelta al cole con la sensación de que todos miran a través de mí. Dos horas sintiendo que no me reflejo en el espejo, que todos saben algo que yo no sé. "Paranoia es tan sólo saber la verdad", escribió Burroughs. Casi todos me reciben con cariño, abrazos y eso. Casi. La cabeza me huele a pólvora, tengo cara de fiambre.
Comienzo mi vida miserable, de ahorros y abstinencias, yendo a casa a comer. Compro medio pollo asado. "¿No quieres tortilla?", "no", "¿y pimientos?", "otro día". "Como dijo aquél -se mofa la cubana dependienta de la pollería- hoy sí que tengo hambre, lo que no tengo es mucho dinero..." Pa mí que se me ve en la cara. Es una pasada lo de cocinar en casa, lo que ahorras y lo bien que se está. Aunque de momento la receta haya consistido en pasar el pollo del recipiente plateado a un plato. Es un comienzo.
Luego en el trabajo se me pasa el mal rollo, casi me desparece esa sensación. Casi. Huelo a cadaver.
Hablo con Merteuil sobre el futuro. Siempre hay que tener un plan B. Nunca había pensado en cobrar el paro. Cobrar el paro y escribir. Suena bien. O trabajar de colaborador, con todas esas ventajas y todos esos aeropuertos internacionales. Suena a música. A la banda sonora de Desayuno con diamantes.
Acaba el día, he sufrido mucho, pero he logrado cumplir horarios, he currado y he ahorrado, creo. Hago cuentas. Veamos, me llevo cinco, pongo seis, que no se me olvide eso... A ver, he escrito un folio y me he gastado 40 euros. Cojonudo. Para final de mes estoy en la cárcel.

lunes, 15 de septiembre de 2003

Me dice _ que estoy demasiado evidente en el msn. La verdad es que nisiquiera suelo estar, pero esta última semana de vacaciones he tenido una intensa messenvida, algo bastante absurdo. Eso sí, tengo mis atenuantes. En los últimos siete días he tenido dos ataques localizados de ansiedad/pánico y varios pequeñitos, he descubierto que estoy arruinado, he estado un par de veces en el hospital, me han salido granos por todo el cuerpo por una alergia indeterminada que se une a la de siempre que me tiene atascado, me ha sentado mal casi todo lo que he comido en las fiestas de mi ciudad, que encima, por una vez, estaba animadísima, he tenido fiebre día sí y día también, ejem, y diarrea, una medicina que creo que se llama Corticoles me ha jodido el estómago y me ha dejado flojo y sin mucho espíritu, se me han inflamado las encías, me duele una muela desde hace dos días, y, en fin, el comienzo de una relación a (puñetera) distancia me tiene tan ansioso como salido, supongo. Como para estar ingenioso y hablar de otra cosa que no sea La Cosa.
Pero no pasa nada, el miércoles empiezo a trabajar. Lo peor es que no consigo despegarme de la intuición de que lo peor está por venir.

miércoles, 10 de septiembre de 2003

HOUSTON, WE HAVE A PROBLEM

Houston, we have a problem,
We don´t want to get back.

Back to the earh – Carlos Jean

“Hagas lo que hagas, ámalo como amabas la cabina del Paraíso”, aconseja Alfredo a Totó en Cinema Paraísoº. De niño solía esperar en la sala a que mi padre apagara todas las luces del cine –programa doble, sesión continua hasta las doce y pico- y me hipnotizaba la sala vacía, con un silencio antinatural justo después de que hubieran pasado tantas cosas -las persecuciones de Mad Max 2, la violación de La naranja mecánica, los mamporros de Bud Spencer, King Kong en gris oscuro subiendo a un rascacielos, unas tetas saliendo de un camisón en Al este del oeste, de Pajares y Esteso, el Maestro Borracho dándole la alegría de su vida al Mono Parlanchín cuando le explica que no ha muerto porque se colocó una placa en el pecho, justo igual que Clint Eastwood en ¿Infierno de cobardes?, La guerra de papá, gracias a la que papá se compró el 131 Supermirafiori-. Mientras él estaba arriba yo me sentaba en el respaldo de una de las butacas rojas de la última fila para ver como el telón se cerraba lentamente y las luces se apagan una por una, de delante a atrás. Supongo que desde entonces siempre he amado las cosas que hago como amaba aquella sala, como un espectador único y solitario que cuando mira mira los engranajes, que acostumbra a ponerse en la última fila para asistir a todo casi desde fuera, que elige un tono melancólico pelín grimoso.
Tiene más mérito ser feliz así, porque lo que suelen producir estos ingredientes son filósofos depresivos y plastas meditabundos. A mí, sin embargo, el que casi cada momento del día se me haga de piedra al instante me viene sirviendo para saber lo que vale, para mejorarlo, no desperdiciarlo ni detenerme en él. Están los días de bajón, claro, pero en general pasé de saber que todas las jornadas tienen un atardecer que lo redime todo a descubrir que cada gradación lumínica del día es tan hermosa como los latigazos anaranjados del ocaso.
He sabido en cada momento lo que valía este regalo veraniego, lo he visto todo, no he pensado nunca en lo que pasaría cuando se apagasen las luces.
Y la pequeña Madame de Merteuil me regala un poema de Montero, ese poema que te viene como polla al culo (como dice mi amigo Luis) y te explica eso que tú sentías.

AUNQUE TU NO LO SEPAS


Como la luz de un sueño,
que no raya en el mundo pero existe,
así he vivido yo
iluminando
esa parte de ti que no conoces,
la vida que has llevado junto a mis pensamientos...



Y aunque tú no lo sepas, yo te he visto
cruzar la puerta sin decir que no,
pedirme un cenicero, curiosear los libros,
responder al deseo de mis labios
con tus labios de whisky,
seguir mis pasos hasta el dormitorio.


También hemos hablado
en la cama, sin prisa, muchas tardes
esta cama de amor que no conoces,
la misma que se queda
fría cuanto te marchas.


Aunque tú no lo sepas te inventaba conmigo,
hicimos mil proyectos, paseamos
por todas las ciudades que te gustan,
recordamos canciones, elegimos renuncias,
aprendiendo los dos a convivir
entre la realidad y el pensamiento.


Espiada a la sombra de tu horario
o en la noche de un bar por mi sorpresa.
Así he vivido yo,
como la luz del sueño
que no recuerdas cuando te despiertas.


Así he vivido yo el paseo nocturno por la playa, con la camisa abierta, las conversaciones de horas en la terraza frente a la crema catalana y al Marqués de Riscal, mi llegada a la estación, cuando nos mirábamos con desconfianza y deseo, los paseos buscando bar, las botellas de vino, el baño en la piscina, los masajes pedidos y los ofrecidos, la ducha que me dio como a un bebé, las comidas en el chino o las cenas en el bar de los pinchos. El viaje en autobús, el primer encuentro en el hotel, los ratos trabajando mientras ella dormía en tanga a cinco metros -a veces la veía dormir, a veces me miraba trabajar-, sus asombrosas formas de hacerlo todo.
También he hecho magia. El primer beso en el ascensor, esos sorprendentes orgasmos, el desayuno en la cama, mis famosos espaguetis con gambas, su restaurante que le encontré inesperadamente abierto por un día, el poema que le escribí en la esquina de la playa, el baile en la verbena que apareció de pronto, los vistos buenos a sus perversiones, las preguntas acertadas en el Trivial, la medida exacta hasta su punto G, los versos rezados en la terraza, la mejor edición del libro que ella quería, la violación de mentirijillas junto al frigorífico, los cuadros que hacía aparecer en El Prado.
Y no lo disfrutaba menos porque supiera que era tiempo pasado, si no más, sabía lo que valía. Y no quería volverºº.



ººLa otra versión de las vacaciones la está escribiendo la deliciosa madame de Merteuil aquí.

ºEl DVD Nuovo Cinema Paradiso contiene una entrevista con un comercial de la distribuidora titulada El emblema de Lauren Films. No he querido ni verla, pero me imagino que habla de lo orgullosos que se sienten de una película que les rinde homenaje a ellos o a la gente con la que trabajan. La película habla de un mundo intensísimo que se fue, el de los cines de los pueblos. Hace cinco o seis años escribí un artículo de esos que salían con la foto de mi cara pensativa al lado en el que hablaba de "la ración invaluable de cultura que tuvo que suponer ver Historias de Philadelphia desde los bancos de madera, escuchar La marsellesa de Casablanca en la España de Franco, asistir siendo analfabeto a una peli de Billy Wilder", o algo así. También hablaba de lo poco que le interesaba a nadie salvar todo ese patrimonio cultural vivo que llevaba décadas haciendo libres a las zonas rurales y que ahora seguía siendo necesario. A los cines de los pueblos los mataron los espectadores, claro, que preferían irse al centro comercial de la capital más cercana. Pero el golpe de gracia se lo dieron las distribuidoras, supongo que con Lauren a la cabeza, que un buen día decidieron que no les resultaba rentable la estructura con la que mantenían sus ventas en los pueblos, dejaron de cobrar precios proporcionales al público que se podía lograr en ellos y comenzaron a cobrar los precios de las capitales, imposibles de cubrir. El resultado evidente iba a ser el asesinato de las salas rurales, la muerte de todos los cines paradiso de España. Por eso me jode tanto esa entrevista que no he tenido estómago para ver, porque no hay criminal más repugnante que el que se le roba las botas al muerto cuando ya no puede defenderse, el que se lo apropia y se atribuye sus méritos. Y a nadie le duele más que a sus herederos, a mí, que he crecido en todos esos cines que abría y cerraba mi padre, con esos edificios que imitaban toscamente el lujo de los teatros decimonónicos o pretendían los aires de grandeza imperial de los cincuenta o aprovechaban un convento mudejar y colocaban, con continuidad simbólica, la pantalla donde estuvo el altar. A, mí que he pasado horas en sus cabinas llenas de fotogramas desechados, la empalmadora, las bobinas, las viejas máquinas de carbones esquinadas, los clavos en la pared sujetando las hojas de censura y los comprobantes, los tacos de entradas y los carteles de las pelis de Bruce Lee y de las primeras tetas del destape forrando las paredes. Su historia es la biografía de mi padre. Mi padre, que podría haber ganado más dinero con otros negocios, pero sabe de sobra que con esto ha estado décadas, cinco décadas, desde 1945, ofreciendo diversión y cultura. "Esto es mucho más bonito, no es sólo un negocio. Hay veces que una película no funcionaba bien, pero la gente salía diciendo que le había gustado y te quedabas contento. Otras veces se llenaba el cine, pero todo el mundo se quejaba y te ibas fastidiado a casa".

sábado, 6 de septiembre de 2003

MANERAS DE PEDIRLO JUNTO AL MAR (oh, la constancia)
(reivindico el espejismo
de intentar ser uno mismo)


-Me pierdo en tus ojos...
-¡Gracias! ¿me haces una mamada?

-Vamos a hacer como que somos dos viajeros que tienen que compartir habitación.
-Vaaaale...
-¡Oiga salga de mi habitación!
-Pero, pero...
-blablabla
-blablabla
-blablablita
-Pues yo me llamo Magdalena y soy lesbiana.
-¡Uy, qué bonito!
-Jua jua
-Perdona es que tengo que coger una cosa de la mesilla.
-Oye juajua esas manos ¡jua!
-Uy perdone
-Tú eras de un pueblo ¿no?
-Sí, de una aldea perdida en la montaña en Zaragoza, grabaron dos episodios de Heidi allí.
-Jua jua, me encanta como te metes en el papel.
-¿A que sí? ¿me haces una mamada?

Las doce en la cama.
-A ver, he traído donuts, zumo, coca cola, jamón, queso, galletas de chocolate, pan, un pastel, empanada, tomates...
-¡!
-Gracias. ¿Cuando termines de desayunar me haces una mamada?

Noche en la terraza. Pierde al strip poker.
-Ahora tengo que mandarte algo... mmm... no sé, no sé qué pedirte que me hagas...

-Es que a mí los viajes siempre me ponen muy nerviosa
-Oye, pues si ves que te relaja me puedes hacer...

-Jo, de verdad que me da mucha pena que te vayas, que ha sido muy bonito y me estoy poniendo triste.
-¿Quieres que te haga una mamada?

lunes, 1 de septiembre de 2003

En la esquina del día

EN LA ESQUINA DEL DÍA

En la esquina del día y de la playa
la silenciosa Merte se despliega.
Ignora a lo que sabe, a lo que huele,
no conoce las gracias que derrama
ni el sendero de pétalos que pisa.
Hoy tiene pensamientos de una frase:
"El agua está muy fría.
También quiero volar.
Estoy contigo".

miércoles, 27 de agosto de 2003

Un amor de verano

UN AMOR DE VERANO

El sábado por la tarde nos conocimos. Nos emborrachamos por toda la feria de Málaga. Fuimos a mi habitación a que me metiera unas rayas. Charlamos. Salimos. “¿Has visto lo bien que me he portado?”. “Demasiado bien”. Así que la besé en el ascensor. Salió del hotel flotando. Yo ya flotaba desde hacía un rato.

El domingo dormimos juntos. ¿Qué tal fue?, me preguntó fire. Pues hubo mucho cariño. Qué iba a haber con el pedo impresentable que llevaba. También mucho sexo oral. Hablar, hablar, hablar hasta que el blanco sol malagueño terminaba con la noche. No, no terminaba nada, sólo empezaba. Empezaba el día y a ella se le quedaba en la garganta un te quiero tímido que quiso salir muchas veces en aquellas horas de camas con ruedas que amagaban con rompernos la cocorota en cada cambio de postura, lo nunca visto. Me invitó a su casita de la playa, en la costa de Cádiz. Allí ella me cuidaría, me observaría mientras escribo, inventaría una fantasía para cada noche. A cambio me pidió que la afinara. Me pareció un buen trato. Nos regalamos algunos adelantos.

Lo que pasó la noche del lunes ya lo he contado, aunque sigo sin entenderlo, sus motivos, su comportamiento, mi reacción. Esto lo que menos. Cuando aquél tipo, el menos colocado y sin embargo el más cortito de los tres, lo convirtió en una competencia, tuve que competir, y ella se fue conmigo, como pensaba hacer desde el principio -“a él le beso, pero contigo me voy a acostar”, me había dicho la primera vez-. Y con mis condiciones. Pero eso sólo hace que entienda aún menos el resto.

El martes, fuera de mis cabales y después de vagar y beber y masticar bajo el sol la duda dolorosa de lo que podría pasar si me quedaba, decidí que valía la pena arriesgarse. Durante todo el trayecto hasta su pueblo traté de adivinar con cuál de las dos protagonistas de Las amistades peligrosas se había quedado al final –ya me había hablado de elegir entre ellas en un mensaje muy anterior a todo esto-: Madame de Mertieul o Felicite. Pensé en volver a explicarle que en ambos casos yo tenía que ser el vizconde de Valmont. Nada más que eso. Pero tampoco menos. Llegó la hora de las explicaciones, hizo un breve amago de fingir que no se acordaba de nada y luego aceptamos pulpo, me prometió para luego una carta con explicaciones más sensatas, y yo no quise revolcarme más en ese sentimiento tan ajeno a mí, los celos, que se habían colado en un resquicio de mi (cada vez más) rara cordura tal vez viajando en un grumo de cocaína mal cortada. Quería dar carpetazo, pero no podía. Los gestos sospechosos se sucedían en torno al móvil, ese chivato. Los celos se convirtieron en obsesivos, no dejaron sitio en mi mente para nada más. Era una sensación fea y nueva. Se me quitó el hambre, me encerraba en largos silencios, maquinaba. Mentiras, puede que piadosas, abrazos, intentos de recuperar la confianza... Agotados, nos dormimos.

El miércoles le robé el móvil, lo llevaba yo, le espié todo, me porté como nunca hubiera imaginado (y recordemos que nos conocimos el sábado). Por la noche, por fin me cambié de tema. Sentados en una terraza, marie brizard y batido de almendras y dátiles, sentí una sensación casi física en mi cabeza, como si se deshiciera un nudo. Mi estómago se relajó, sonreí. Aquella noche volvimos a estar tan cerca como el domingo, sólo que, ejem, como el día anterior, en una casa llena de gente que pasaba continuamente por el salón en el que pasábamos la noche como pasan las noches los cuerpos imantados.

El jueves todo volvía a estar en su sitio. Hicimos la compra. Me dio una palmada en el culo y me dijo “anda, compra unas natillas de caramelo”. Sabe hacer una cosa con las natillas de caramelo. Me puso una dieta, me restringió las cocacolas, ante el cachondeo del resto de los compañeros de casa. Me dijo que me quedara en la piscina mientras me traía el periódico. “¿Te acompaño?”, “no, quiero tratarte como a un rey”. Por la noche nos dimos un paseo larguísimo junto al mar, nos sentamos en unas hamacas, descubrí que está llena de vida, descubrí gestos historias, suspiros, breves gemidos cuando la rozo. Decidí que quería seguir descubriéndola. No he encontrado nada que no me guste.

El viernes me dijo que me sentara en la terraza mientras me traía el desayuno y luego me fui a Madrid. Por la noche me preguntó enfadada que por qué le había borrado el teléfono de aquél tipo. Le conté que lo hice el miércoles cuando decidimos que todo estaba bien y que la había avisado. Le pareció bien, pero yo me empecé a preguntar por qué había buscado su número cinco minutos después de que yo saliera de allí. Dice que fue por casualidad, buscando otro número. Me pregunto que habría sido de Sherlock Holmes si hubiese creído en el azar y no en la causalidad, si no hubiese profesado el deductismo y la elección de la opción más probable. Habría acabado en Scotland Yard, supongo. Pero no importa, ya no tengo la cabeza taladrada, ya me divierte también que exista la posibilidad de que ella sea la Madame de Merteuil más perversa con la que me he topado.

El sábado vuelvo a Málaga, ella me espera allí, dice que se ha encontrado con fire. Hablo con fire y me dice que ella le ha contado que yo quería que la cuidase durante mi ausencia. Vuelvo a hablar con ella tres horas después y me dice que muuy bien con fire y que nada de irnos al pueblo, que nos quedamos en la feria. Joer con las nuevas generaciones. Con este carrerón, con está relación de años comprimida en una semana, yo había pensado, qué ingenuo, que a lo mejor ya podíamos hacer algo normal, no sé, ir al cine. Valmont tendrá que ponerse las pilas.

martes, 19 de agosto de 2003

En la encrucijada

EN LA ENCRUCIJADA
Podría contar cómo nos conocimos, lo sorprendente de que supiera más de mí que yo mismo, el primer beso en el ascensor, cómo se nos han ido enredando unos gramos de más de dulzura en lo que iba a ser un historia veraniega de besos y literatura. Cómo me ofreció su casa junto al mar, hacer de musa y amante. Pero este no es ese post, por desgracia. Este empieza anoche en un estúpido after de Torremolinos en el que yo me desabroché la camisa para bailar y me acerqué a ella y al otro tipo. Incómoda, dijo que fuéramos a la pista los tres, pero se quedaron a mitad de camino. Y me fue presentado, entonces por primera vez, el monstruo de los ojos verdes, del que sabía por Otelo que se inventa historias, conversaciones, gestos, roces. Pero yo no soy de esa cofradía, sólo soy un paranoico. En una conversación de hace mucho con bob me dijo algo tan lúcido como que nuestra paranoia no era tal, porque siempre acertábamos, así que sólo puede ser una intuición inteligente que anticipa situaciones, intenciones, palabras. Un sexto sentido basado en lo que sabemos.
-Si lo haces me picaría, pero no me jodería- le dije en teoría sin venir.
Cuando volví del baño, allí estaban, besándose, atentos a la puerta por la que no salí.
-Si me besas a mí también, no pasa nada. Podríamos hacer un trío...
Todavía no sé lo que pasó, pero me quedé fuera. Dijo que me lo iba a explicar hoy. Descubrí que me importaba más de lo que creía. Y no, no era orgullo. Esa no era la mejor manera de descubrir sentimientos, pero bueno, los hallazgos son lo que hacen que se mueva el mundo, aunque se te caiga una manzana en la cabeza y te haga un chichón.
Cada vez que me daba la vuelta lo mismo, y no cuadraba, no cuadraba lo que hacía con lo que me dijo después, con lo que yo ya suponía. Y mis opciones no valían: o conmigo o si quieres hacer esto, cuando no esté yo o me voy. Pero no.
Todavía no sé porque tuve que quedarme y verlo tantas veces. Pero lo que me dolía era que a mí me dedicaba caras serias, "ahora no puedo pensar en eso", gestos tensos. Y a él sonrisas. Sólo eso me dolía. Y la obligué elegir, y no quería obligarla, porque esperaba que lo hiciera ella sola. Y que me eligiera a mí, claro.
Cuando volví al hotel di vueltas alrededor de las camas hasta que hice un surco, hasta que todas las situaciones se desgastaron en mi cabeza volada, hasta que agotado caí en la cama.
En algo menos de una hora me despertaron para que abandonara la habitación. Y aquí estoy, vagando por Málaga, llamando a fire, a betty, a ella, y todo son contestadores y calles atestadas de bailarines y vasos abandonados, y calles desiertas bajo el sol. Consigo perderme, llevo encima una resaca depresiva de tres días de coca, con lo que eso supone, es como respirar boqueando, como dar saltitos con los pies forrados de plomo para asomar la cabeza por un pozo que te ahoga de una manera muy oscura y muy desgarradora y muy sucia. Quien lo haya probado lo sabe.
Y no sé si ir o no ir, no sé si ya nada será como pensamos. Y llevo horas dándole vueltas como un imbécil, resolviendo encrucijadas al azar. Y no sé si llamarla o volverme a Madrid. Y no sé en que quedó con aquél tipo.
Y cuando ya por fin no tengo ni idea de donde estoy ni quién soy ni qué hacer, saco un poco la cabecita para buscar una cabina, un cordón teléfonico umbilical que me traiga a betty (su tono de cuando la comprensión y el cariño, por favor, lo necesito), a mi padre, a miguel, a bob, a fire, a una voz amiga para contarle que todo va bien o que todo va mal, ya veremos. Y encuentro el teléfono y busco la tarjeta que no está porque me la he dejado en la otra cabina, en el otro extremo de la ciudad, a saber dónde. Y cuando estoy maldiciendo mi mala suerte empiezo a sangrar por la nariz y no puedo arreglarlo, no puedo arreglar ya nada (no habrá pañuelos de seda/ para limpiarme la cara).
Y mientras camino pálido bajo los cuarenta y cinco grados malagueños que vacían las calles por donde paso tratando de detener la hemorragia, me sobreviene por fin esa confortable sensación familiar. He tocado fondo. Y suspiro aliviado y se me deshace el nudo del estómago y sonrío por primera vez pensando que, ahora ya, haga lo que haga, nada de todo esto es importante.