Un día entraré en tu bar, me
sentaré pacíficamente en un ladito de la barra y encargaré las bebidas con
centilitros de moderación, responsabilidad y cordura. Consumiré estrictamente
lo que está en la carta y no me llevaré ningún móvil que no sea mío. En mi
cuerpo solo entrarán cosas, pero no saldrá nada, y me iré a la hora del cierre,
incluso antes. No habrá accidentes de patinete ni chichones ni dedos cortados.
Ni tejemanejes ni citas desastrosas de Tinder. Respetaré las leyes, dejaré el
baño mejor de lo que lo encontré y se me entenderá todo todo el rato. Seré, en
fin, el cliente más previsible que tengas, un ejemplo para todos los demás, y
dejaré, a mi paso, una justa fama de paz y concordia.
En lo que va llegando ese día,
consolémonos pensando que son estas desgracias las que le ponen cimientos de
roca a las amistades incipientes. Y, cuando no, propician instructivas
consultas a la normativa para ver de qué iba eso del derecho de admisión. Cosas
enriquecedoras, en todo caso.
Envueltos en mis desoladas
disculpas acepta estos tres presentes: un Protos que sólo se embotella en las
añadas especiales, con mis mejores deseos de que este sea un año normal, el
mejor libro que se ha escrito o se va a escribir en España sobre cocina y
comida y el chiste del viajero en el tiempo:
Aquí no se sirve a viajeros en el tiempo. Un viajero en el tiempo entra en un bar.
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