jueves, 22 de octubre de 2020

He vendido mi diablo al alma

Sobre el mar no sé escribir, me sale que canta como una pianola, con teclas de ola que siguen un rollo sin fin. Sé escribir sobre la tierra, la que se riega de lágrimas rojas de consistencia y consecuencias de terrón sobre las espigas en gancho de todas las gargantas. No se puede ser poeta de todas las cosas: el alma del niño pelea, pero cada puño es un rebuzno y se le va poniendo la cara de máscara y desde la máscara no se ve el camino de vuelta a lo que fue. Y eso es lo que aprendí hoy.

lunes, 19 de octubre de 2020

No me he despertado aquí

No sé qué estaba mirando en Instagram cuando me ha aparecido una foto de María comiendo pipas en la plaza del Dos de mayo en 2013. Le he hecho una captura para mandársela mañana y he bajado un poco y he visto una foto de la fuente de mi pueblo con un pie que contaba que “sale mucho en mi novela”. Sí, la misma novela que todavía no he terminado, aunque por aquel entonces iba de otra cosa. He seguido bajando y subiendo para encontrarme más cosas que me dieran vergüenza, pero, en lugar de eso, hay decenas de fotos que me explican una época entera, los alrededores de 2013, que estaba entendiendo mal.

A veces pienso en el post Dandolotodismo, pero ni siquiera me atrevo a releerlo. Sé lo que dice, sé cómo era de cierto, y sólo me pregunto cómo se pudo ir todo a la mierda tan rápido, tan poquísimo después. Analizo lo que iba bien antes y lo que fue mal después y lo analizo todo mal, porque le pongo dos o tres causas fáciles y zafias para no darle más vueltas. Pero esas fotos me cuentan otras cosas.

Empezando por la de María. Justo después había quedado con María Elena. Si María siempre me cargaba las baterías, me hacía sentir que era un buen escritor mientras me bebía sus palabras, esperando ese momento en que, clack, hace eso tan de María de mirar a las cosas con unos ojos alienígenas y decir algo tan sensato o tan raro (o tan sensato y tan raro) que me siento como un gorrino en un parque de bolas. Y si con María eso, con María Elena era un paseo constante por un paisaje marciano, ahora lo recuerdo leyendo sus comentarios. Sus preciosos e infantiles -en el mejor de los sentidos- comentarios, tan hogareños y fractales como su preciosa cabeza, como cualquier ratito con ella. Con María comí la semana pasada, pero a María Elena no la he vuelto a ver desde que me la encontré con su marido y su hijo en la calle Fuencarral, y han pasado años ya.

Cuando terminó aquella tarde, seguro que empezó una noche larga y llena de emociones y amores y ruido y colorines y música, al estilo bazar. Un día normal de entonces. Luego viene una colección de imágenes de gente resplandeciente y talentosa, de playas y montañas y festivales que ni siquiera me molestaba en identificar en los pies; de chicas de las que me enamoraba un ratito, aunque luego el ratito se me hiciera largo. Está también la serie “Me he despertado aquí”. Y "aquí" era una cabaña a la orilla del Pacífico, una cama en Laponia desde la que se veían las auroras boreales, un velero en el Mediterráneo, un bosque en los Andes. ¿Cómo no iba a ser feliz con todo eso? Luego pasó lo que pasó, no había cómo torearlo sin cornada, pero, aun así, no tienen sentido, tantos años después, la colección de posts derrotistas y llorones que he escrito este mismo verano y que esos sí que ahora ya no quiero releer nunca. Porque sé que todo aquello lo sigo teniendo al alcance de la mano. Que sé que sé qué hacer y cómo hacerlo. Porque el caso es que siempre digo que esta vida que llevo ahora se parece mucho a la que siempre había querido llevar y es hora de que me sacuda este larguísimo invierno que ya me tiene harto para que eso sea verdad.

Hoy he estado viendo un vídeo de mi youtuber favorito que hablaba de Prometeo y Pandora, de la esperanza, el último tesoro que guardaba Pandora en su caja (que resulta que era un frasco), sin que se sepa si era un tesoro o la plaga definitiva. Fabián lo interpreta como lo segundo, como la plaga definitiva que, si la abres para ti, acaba con todo lo demás, porque no hay nada más paralizante que esa esperanza que te hace vivir en el futuro o en el pasado, nada que te impida mejor exprimir el presente, con sus grandezas y sus miserias, que también tienen zumo. Los alrededores del 2013 no incluyeron ni una gota de esperanza. Porque lo tenía todo ya. Y eso fue porque lo quería todo ya.

Pensaba en todo esto mientras paseaba el puerto sin peatones de San Antonio, entre barcos de excursión y botes pesqueros y yates faraónicos atracados hasta el año que viene, porque todo se ha parado y esta temporada se acabó mucho antes. Sólo que nada se ha acabado, que el sol y el mar y los fondos con manifestaciones de peces de colores no se han ido a ninguna parte. Y lo que le ha sobrado a este día que he empezado bañándome despeinado en la cala de enfrente de casa ha sido la esperanza de después, ese tipo de esperanza. La que me ha mantenido en casa porque luego me iba a poner a escribir o a hacer el reportaje mucho antes de la fecha de entrega o a rellenar eso de los impuestos por anticipado o a yo qué sé qué cosas que no van conmigo. El de las fotos de 2013 se parece bastante más a mí y sigue aquí, sólo que no le hago el caso que debería. Es el que el día que llegué a Ibiza se compró una bici de segunda mano para pasar los días de playa en playa mientras brille el sol. El que sabía que no hubiera pasado nada (malo) si hoy la hubiera cogido por los cuernos para ir hasta la siguiente cala. Con las cervezas y algo de picar, con el papel y el boli para, quizás, seguir escribiendo los diálogos entre dos ángeles en la fuente aquella que le tocan ahora a mi libro o para, quizás, tumbarse en la arena para despertarme ahí. Aquí. 

domingo, 18 de octubre de 2020

Un cartabón y una escuadra al borde del camino

Es una maravilla llevar toda  la tarde aprendiendo sin culpa ni complejos de El tiempo es un canalla, de Jennifer Egan y de Todos quieren a Daisy Jones, de Taylor Jenkins Reid. Es mejor el primero, pero el segundo me lleva, de una manera tosca, a donde quiere llevarme, que es a un sitio parecido a algunos lugares del otro, a la energía creativa juvenil que arrasa con todo, a esa manera de creer que somos inmortales para algo más que para acuchillarnos a ver qué pasa, para ese dejar los efectos de nuestra eternidad del instante presente aquí para siempre. De una manera poco sofisticada, lo de Daisy Jones me conduce a donde quiere que esté, que es emocionándome hasta la lagrimita. Claro que, para entonces, ya llevo tres vodkas y un atardecer mediterráneo sobrehumano o celestial.

Al de Egan, en cambio, no le sobra casi ninguna palabra, es elegante y de una precisión relojera. Y me alegro de saber apreciarlo, que antes no, yo, tan poco lector de novelas; menos, las actuales; aún menos, las traducidas. Me recuerda en el macramé a La mujer del viajero en el tiempo y me pregunto por qué  las novelas españolas tienen tan poco de sinfonía. Aquí la costumbre es echar a rodar el espejo stendhaliano al borde del camino y ver lo que pasa. Y lo que pasa es una liebre, un pino, un mulero, lo que pase. Valle, Baroja, Delibes, incluso Clarín. Incluso Cervantes, aunque el pobre bastante tenía con estar inventando la novela moderna como para ponerse a diseñar mecanismos que encajaran en todas sus partes. Sé que esa geometría anglosajona viene de la academia y también sé que hay una generación de escritores españoles que ya se han leído la guía de Gotham Writers y la están aplicando. Lo que no sé es por qué no es posible reunir eso con un conocimiento y una continuidad con los clásicos o semi clásicos propios (incluso desde la ruptura, que es otra forma de continuidad). Supongo que pasará. Fantaseo con que podría ser yo el que hiciera que pase, pero me falta academia, desde luego paciencia planificadora, y me sobran ganas de divertirme con lo siguiente. Que es una novela de personaje, uno con el que me apetece pasar muchas horas de juerga, no trazarle pisadas de delineante.