domingo, 11 de agosto de 2013

Morfeo



En una mano un Lexatín y en la otra una raya. Supongo que el Lexatín, aunque no lo parezca, es lo que me lleva al mundo en el que soy yo de verdad, a la cama y a escribir mañana. La raya, en cambio, me sacará a las calles y a la ficción. No son tan fáciles de distinguir, a menudo soy yo al aire libre y a veces el escritor es sólo un personaje. Tengo en la cabeza la frase taladrándome: “igual no eres escritor”. Igual si no te sientas, si no tecleas, si no cambias algo por esto, si no lo quieres lo suficiente para hacerlo, no lo eres. Suena bastante lógico: si no escribes, igual no eres escritor. Tengo que elegir y me tomo el Lexatín. Y al rato, qué coño, la raya. Quiero pensar que me estoy asegurando de que llegaré a alguno de los dos mundos, pero lo cierto es que lo único que he hecho es aplazar un día más la elección.

sábado, 3 de agosto de 2013

Amores de verano



Te van a romper el corazón. Te lo van a romper a lo tonto con alguien que diga que se tiene que leer dos veces el periódico porque no lo entiende. Te lo van a romper, da igual.
Los amores de verano caducan enseguida, en lo que se estropea un melón. Las promesas en la playa suenan tan veraces porque tienen un coro de olas. Olas meciendo promesas. Olas de mierda más falsas que un amor de verano. Ni siquiera tienen sentido del ritmo porque ni siquiera son seres animados. Es la luna la que les dice: “bogad”, “empujad”, “levantad montañitas de burbujas al llegar a la arena para estar más encantadoras y simular promesas que no podéis cumplir”. Es la luna. Ni siquiera son ellas. Son unas mandadas.
Y así es el rollo con los amores de verano. Los envía la luna, los envía el calor, los envía el qué voy a hacer en casa sola todo este tiempo, qué rollo.
Bueno, pues toda esta conspiración ha venido a romper en mis orillas. Luna, olas, amor, verano, sol, Cupertone, o si no, una crema de vainilla. Esa puta alianza imbatible me vino a visitar el martes. Y venció, cómo si venció. Me dio por todos los lados, me dio pal pelo. Me dejó cautivo y desarmado y en calzoncillos tres días seguidos.
Ahora las trompetas del Séptimo de Caballería tocan mientras los indios rodean la caravana y yo salto esquivando flechas hasta que no puedo saltar más y me disparan una directa y al ojo. Pienso que debería haberla visto venir, pero que no me han dejado ninguna opción, que han disparado al ojo o al corazón, no sé, no lo recuerdo, estoy cayendo en la trinchera y ya no me valen de nada la pistola, el sombrero, la pala, los galones, los sacos de tierra, mi famoso guiño ladeado, las canciones de hoguera, las noches de guardia, los días de mimar el huerto, los tiros certeros y las cabalgatas hacia el horizonte. De nada, de nada, de nada.
Pero no te atrevas a decir que no lo sabías, que nadie te avisó, porque ésta es una de esas películas que llevan el spoiler en el título: amores d-e v-e-r-a-n-o, fugaces como un cometa que trajera una extinción.

domingo, 7 de julio de 2013

Tú que ya estás allí


Tú que ya estás allí,
dime.
Dime a dónde se llega,
dime si hay esperanza,
si sirvieron de algo
las horas de cocina,
los paseos,
los gritos y los lloros,
el amor.
Dime dónde los llevas,
para qué es esta noche,
por qué agita la vida
ante mis ojos
las promesas, las risas,
las frases ingeniosas,
la brisa de la una,
las miradas furtivas,
los cielos estrellados.
Para qué los agita.

Tú que ya estás allí
donde no hay un allí
señálame qué cosa
se merece esta máquina,
este siempre adelante
de hámster en la rueda.
Indícame qué párrafo
no está lleno de nada,
cuál es la huella firme,
cuál la guerra ganada
para siempre.
Dime qué movimiento,
qué andanada,
qué beso y que retrato,
qué sonrisa y qué duda,
qué no va a convertirse
en química sin alma
y en espuma.

viernes, 31 de mayo de 2013

Tristeza post coitum



Resulta que soy negro. Soy un negro macizo, de esos de un color caoba, porque mi color se parece a un puto árbol. Y estoy aquí en una isla de las Maldivas que al final no era para tanto. Claro que tiene un montón de árboles distintos, que yo no sé cuál es cuál. He visto como tuercen con cuerdas las palmeras para que den sombra en la playa y se conviertan en hits instantáneos de Instagram, porque en Instagram triunfa un cocotero inclinado sobre la arena casi tanto como un par de tetas entrevistas o unos pezones Lo-fi debajo de una camiseta blanca. También he visto peces alargados y peces de colores, coño, que he visto un tiburoncito blanco, casi traslúcido, sólo con asomarme un poco al agua, que es tan transparente como me enseñaron en el cole que lo era: incolora e insipida, que a mí nunca me había parecido ni lo uno ni lo otro. Y aquí estoy, en mi habitación, con mi mujer para siempre, limpiándome la polla color caoba, con cuidadito, que mi polla ya es sagrada y lo que acabo de hacer ya está bendecido y ya le parece a todo el mundo bien y un respeto. La limpio una y dos y tres veces, me paseo, apago las luces, ella está tumbada, se duerme y yo me limpio la polla, del color de un árbol, exactamente con los mismos gestos con que lo haré durante los siguientes nosecuantos años. Me aparto las dudas, un poco a hostias, ella está en la cama y las dudas van a ser muy breves, en lo que aprieto los interruptores y vuelvo a abrazarla un poco, aunque quizá ya no me apetezca tanto como cuando quería follármela. Pero aquí estamos, casados, en una cabaña frente al mar y esto es lo que se supone que tenemos que hacer y esto es un rito que confirma que durante toda mi vida (quizá cinco, quizá diez años, quizá de verdad toda mi vida, prefiero no pensarlo) es lo que voy a hacer con ella, follármela, dejar que se duerma, limpiar los restos blancos que matizan de nieve fake mi semierección caoba. Puede que me consolara saber que a través de la ventana un blanco que no tiene la paz que da saber que ya está, que se ha acabado la búsqueda y se puede echar a dormir sin fantasmas caoba negra, me ha visto por la ventana. Me ha visto cuando venía de dormir la mona entre las palmeras forzadas sobre las que asomaban las estrellas, las estrellas sin la Vía láctea, que no dará señales de vida hasta las 3. Mientras yo convertía mi polla de un buen tamaño del que estoy orgulloso en un émbolo con el que hacer un experimento social muy visto, visto de cojones, él se ha quedado dormido pensando en el viejo adagio de que la ciudad te seguirá, de que no puedes escapar a lo que llevas contigo. Y yo, al menos tengo a esta chica que me ha pedido que me corra dentro, que ha esperado adormilada a que me limpie los restos nada caoba del deseo bien desarrollado, porque nosotros sí que sabemos darle un cauce al deseo, ella ya sabe cómo ponerse, cómo tocar donde hay que tocar. Y yo sé lo que tengo que hacer y que decir. Y ella sabe cómo sacar de mí lo que tiene que salir, justo eso. Y ya me he limpiado y en este follamotel de lujo, de lujo porque está lejos y es caro y está en una isla, manchamos poquito las sábanas y nos limpiamos las dudas con un kleenex y dormimos semiabrazados y dormiremos así durante años y cuando nada tenga sentido vendrán dos niños, o tres o cuatro y entonces ya no nos acordaremos de si esto tenía que tener algún sentido, ella ya ni siquiera querrá dormirse esperando a que me limpie la resina de la caoba, yo ni pensaré en que podría estar bien sentirla temblar debajo como un tsunami sólo para mí, porque tendremos un objetivo por encima de nosotros que nos obligará, gracias a Dios, a no pensar en nada más que en eso. En eso en eso en eso y en ninguna otra cosa hasta que sea demasiado tarde o los niños se vayan de casa de una puta vez.