/////"Sigo virgen y furioso". Arthur Cravan, recién llegado a la ciudad, en una carta a un amigo/////
jueves, 6 de febrero de 2014
Para ser tan tonta no eres tan guapa
Escribo artículos con actitud de artista: espero la inspiración, les doy vueltas durante días, entrego tarde, no se los lee casi nadie. Rechazo trabajos que me aburren. He dilapidado el amor todas las veces. No lo intento de verdad con la chica que me gusta de verdad. No me he esforzado por mantener conmigo a las que me querían. Nunca llamo a los amigos, espero a que me llamen ellos. Veo a mi familia una vez al mes como mucho y siempre estoy deseando irme enseguida. Me he gastado todo el dinero que tenía y ni siquiera sé en qué. No escribo todos los días, como si fuera a vivir para siempre. Mantengo los libros que me quiero leer en la pila de libros que me quiero leer. Cambio la poesía por películas que me hartan a la mitad. Pienso en otra cosa cuando me vienen los recuerdos incómodos. Nunca duermo mis horas. No atiendo a las conversaciones. Dejo las amistades a medias. Abandono los libros gordos cuando me quedan cincuenta páginas para terminar. Tardo meses en devolver cualquier cosa a la biblioteca. Nunca termino de ponerme en forma. Nunca termino de abandonar un vicio absurdo. Tengo dos novelas en la cabeza y un cuarto de novela en un documento de word. No tengo word. Podría ganarme la vida como tren que pasa de largo.
lunes, 3 de febrero de 2014
Mi lugar preferido del planeta (auroras boreales)
Nos alejamos del pueblo en el que se acababa el mundo para pisotear la nieve, para excavar con las cuchillas de las motos un camino perecedero hasta la montaña desde la que ya no se alcanzaba ninguna luz de la tierra. Cuando llegamos, me sacudí la piel de reno y la nieve y empecé a caminar hacia adelante hasta que me se me hundieron las rodillas, hasta el paso previo a no poder dar un paso más. Encima de mí, las luces se movían con la gravedad fantasmal de una serpiente mitológica. El cielo era un salón de baile asgardiano. Saqué el trípode, coloqué la cámara e hice una foto. Lo que apareció en la pantalla era una psicofonía de colores, un abismo inverso y tumbado y frutal. A partir de ahí no podía dejar de hacer fotos. Disparaba y me ponía delante como en un suicido diferido. Usaba el puntero láser de mi mechero de los chinos para encender la nieve. Dibujaba geometrías incandescentes con la brasa del cigarrillo a mi alrededor. Cada foto era distinta e incluía una nueva confección, rápidos cócteles de descosidos con parches de colores fugitivos. Era un cielo de jazz. Era un asomarse a las cosas del otro lado que sólo alcanzaba esa máquina dimensional, mi cámara.
Alguien vino a buscarme. Todos se habían ido metiendo en la cabaña hacía rato, estaban alrededor del fuego bebiendo vino caliente. Habían pasado dos horas y estábamos a 30 bajo cero y yo ni siquiera tenía las manos frías.
Cuando volví a Madrid era casi primavera y una chica que no sabía cómo tomarme me esperaba para mostrarme el plano de su próxima vida sin mí. Guardé las fotos en una carpeta como quien entierra un tesoro que sabe que volverá a necesitar en invierno. Muchos meses después, una mañana cualquiera, el ordenador ardió por dentro y todo se perdió. La noche boreal, los pescados voladores del Índico, el verano abrasador del Madrid oceánico al que le puse una camisa de peces. Y aquel amor intenso y doloroso e inexplicable que duró 18 meses. Guardé el disco duro inservible en el cajón donde escondo las cosas que no quiero perder. Como si pudiera ser la manija que abriera aquella Era de dos años y pico que se acababa justo ahí. Si lo miro y me concentro veo posarse frente a mí todos aquellos días como una bandada de pájaros imaginarios. Ahora ya sólo viven en mi cabeza. Hacen de ella una chistera y un campo de fractales. En noches como ésta es un sitio estupendo.
Alguien vino a buscarme. Todos se habían ido metiendo en la cabaña hacía rato, estaban alrededor del fuego bebiendo vino caliente. Habían pasado dos horas y estábamos a 30 bajo cero y yo ni siquiera tenía las manos frías.
Cuando volví a Madrid era casi primavera y una chica que no sabía cómo tomarme me esperaba para mostrarme el plano de su próxima vida sin mí. Guardé las fotos en una carpeta como quien entierra un tesoro que sabe que volverá a necesitar en invierno. Muchos meses después, una mañana cualquiera, el ordenador ardió por dentro y todo se perdió. La noche boreal, los pescados voladores del Índico, el verano abrasador del Madrid oceánico al que le puse una camisa de peces. Y aquel amor intenso y doloroso e inexplicable que duró 18 meses. Guardé el disco duro inservible en el cajón donde escondo las cosas que no quiero perder. Como si pudiera ser la manija que abriera aquella Era de dos años y pico que se acababa justo ahí. Si lo miro y me concentro veo posarse frente a mí todos aquellos días como una bandada de pájaros imaginarios. Ahora ya sólo viven en mi cabeza. Hacen de ella una chistera y un campo de fractales. En noches como ésta es un sitio estupendo.
jueves, 23 de enero de 2014
Minas
Cada vez que te escribo me suben las visitas
210 al blog, la tuya en el portal
tú crees que no lo sé, que no me sé las tretas arrastradas
con que lleno de pelos esta almohada
los valses con que sé qué hacer no piso a nadie
qué abrazos se evaporan en el taxi
lo que me cuesta un beso tuyo que cuesta cinco metros
cinco metros más lejos pero es un beso tuyo
di que no me conoces
que de un camaleón tú sólo sabes
de qué color es hoy la pared en que posa
dime todas las cosas que no quiero
y consigue que piense dios que es sólo ella
nadie me mira así tú sigue hablando
de morderte los labios sigue hablando
sigue diciéndome tú y yo no somos nada
no te entiendo la odias o es tu amiga
di los amigos son que no se hacen
tú y yo no somos nada y yo no te conozco
cada noche distinto si tan sólo escribieras
si no existes no existes no existieras
podría amarte tanto si no te conociera
porque no te conozco si no te conociera
cada vez que me das las diez razones
para que no te guste y cierto cierto cierto
me gustas porque sabes por qué yo no te gusto
y el domingo no entiendes que tengo que estudiarte
dime las cosas claras o doy un puñetazo
a esta pared tus dientes la tibieza
y las frases a medias
pero puede que sí que sí te vea
me amarías si no me conocieras
210 al blog, la tuya en el portal
tú crees que no lo sé, que no me sé las tretas arrastradas
con que lleno de pelos esta almohada
los valses con que sé qué hacer no piso a nadie
qué abrazos se evaporan en el taxi
lo que me cuesta un beso tuyo que cuesta cinco metros
cinco metros más lejos pero es un beso tuyo
di que no me conoces
que de un camaleón tú sólo sabes
de qué color es hoy la pared en que posa
dime todas las cosas que no quiero
y consigue que piense dios que es sólo ella
nadie me mira así tú sigue hablando
de morderte los labios sigue hablando
sigue diciéndome tú y yo no somos nada
no te entiendo la odias o es tu amiga
di los amigos son que no se hacen
tú y yo no somos nada y yo no te conozco
cada noche distinto si tan sólo escribieras
si no existes no existes no existieras
podría amarte tanto si no te conociera
porque no te conozco si no te conociera
cada vez que me das las diez razones
para que no te guste y cierto cierto cierto
me gustas porque sabes por qué yo no te gusto
y el domingo no entiendes que tengo que estudiarte
dime las cosas claras o doy un puñetazo
a esta pared tus dientes la tibieza
y las frases a medias
pero puede que sí que sí te vea
me amarías si no me conocieras
jueves, 2 de enero de 2014
Hoy casi lo consigo
Hoy casi lo consigo.
Empecé no pensando en lo que mira,
me acordé de otras pieles
menos resbaladizas,
de las cosas que no saben a ella,
de las formas de hablar
que no bombean.
Para el almuerzo ya su espalda era
otra arcadia cualquiera.
A un olor de su pelo que he inventado
me he escorado a la hora de la siesta
y casi he estado a esto de decirme
que no huele mejor
que un césped o una era.
En serio, he estado a punto
de barrer de mis ojos
las latas de las calles de Madrid
que bebemos a medias,
las pelotas de nieve
que redondea su lengua,
ese par de llamadas en que me dijo “vente”,
el beso o dos que me dio sin pedirlo,
los fríos compartidos
que no eran casi fríos,
la colección de toses
que la elevan,
y la vez que salía de la ducha
y en la que no fue mucho primavera
Casi a punto, de veras,
de estar a punto de que me lo crea.
miércoles, 1 de enero de 2014
Nos empeñamos
Nos empeñamos todo el rato. Buscamos y buscamos. Sabemos que no,
decimos que no, pero creemos que ese amor nos va a salvar de nosequé.
En lugar de mirar las cosas que son, lo que vemos, lo que es
evidente, nos contamos un cuento futuro de algo que recordamos dulce
y algodonoso y que igual ni hemos vivido. Perseguimos a una chica
posible y existente y sólo habría que levantar la vista y mirarla,
porque eso es lo que es. Pero luego buscamos que se parezca a una ficción que ni sabemos si queremos. Hipotecamos por hipotetizar. Vivimos
el amor en el futuro y los futuros sólo son las motas que
flotan en las rendijas de luz o los charcos en el asfalto de
cuando atraviesas La Mancha un día de verano a la hora de la siesta.
Y luego, con suerte, si las cosas salen bien y todo se parece a algo que imaginaste, en medio de la euforia le entregarás esa parte de tu vida que le reservabas y luego también esa otra que era sólo tuya. Y luego se va a ir y se las va a llevar. Una y otra vez. Por eso esto es un callejón sin salida.
A lo mejor porque lo veo así, me empeño en que no puedo tener una relación como las demás con una chica como las demás. Y a lo mejor eso no es verdad y acertaba más antes cuando creía que lo importante es que a ella le importara yo y no hacía falta nada más, porque ella ya sabía que a mí me importaba ella y todo salía solo. Igual todo lo demás, el esquema, el molde, es lo de menos.
Estoy harto de escribir sobre ese amor, sé que lo volveré a hacer, pero no quisiera siquiera tener que pensar en ello nunca más. Como si no hubiera otras formas de amor menos sicosomáticas, menos sísmicas y más alumbradoras.
Hace tres años pasé el verano en uno de los agujeros más inmundos del planeta. Desde la casa en la que vivía, enrejada como una cárcel frágil, oía los tiroteos y veía pasar a las niñas embarazadas, a la comitiva del chaval al que mataron para robarle la moto, a los camiones cargados de policías embutidos en protecciones como armaduras, subiendo a empujones a la gente parada en las esquinas como en una novela futurista de un futuro de mierda. Todos los días me inventaba una especie de taller de periodismo para niños. Venían a clase con hambre o con ojeras y me cantaban raps de narcos o de peleas a muerte que convertíamos en noticias y crónicas. No sabía qué mierdas pintaba allí y lloraba todos los días.
Había un pequeñísimo grupo de vecinos que querían cambiar las cosas. Una noche les di una charla, les expliqué cómo cualquier periodista querría hacerse amigo de alguien que pudiera guiarle con seguridad por el barrio, como redactar una nota de prensa y cómo llamarles para crear una relación con ellos. Estaban agotados, la más mayor se quedó dormida. Llevaban todo el día preparando una jornada de limpieza para el día siguiente por las calles de un barrio hasta arriba de una basura que traía el cólera. Y aún así entendieron a la primera lo que les decía, redactaron notas de prensa decentes, me lo preguntaron todo una y otra vez. Aquella noche me fui a un colmado. Fue mi única borrachera del mes, pero me lo bebí todo, conseguí vodka y me lo metí a morro. Me desperté con una resaca tropical taladradora, de las que el calor pegajoso multiplica. Estaba en aquel cuartucho celda en el que la salida del aire acondicionado de la habitación de al lado sonaba como un motor de avión y el sudor lo impregnaba todo todo el rato. Mi amigo roncaba al lado y hasta sus ronquidos me asfixiaban. Decidí que quería limpiar. Corrí a la calle donde estaba la brigada de limpieza, pedí una escoba y me puse a barrer. Barrí sin descanso bajo el sol, iba de una calle a otra con la escoba, dando empujones a la basura, metiendo cajas y botellas en la carretilla con un ritmo enloquecido. Sudaba y barría y recogía y se me rompía la escoba, que era un palo con unos mechones de paja, y seguía barriendo como podía. Algunos vecinos tiraban más basura a mi paso, otros se reían de nosotros. Los de la brigada me dijeron que descansara un poco, pero les contesté que no iba a parar. Barría tanto y tan sin mirar que al final me metí en una calle fuera de la ruta, una de las peligrosas incluso de día, y vinieron a buscarme, alarmados, y me obligaron a parar. Tenía las manos llenas de callos, olía fatal, tenía el pelo y la ropa llena de mierda. Y lo había entendido todo. Nunca había sentido un amor tan universal y desinteresado y generador como el de aquel día, nunca había sabido tan a las claras lo que es. No sé si volveré a pasar por algo parecido, pero de alguna manera lo llevo conmigo desde entonces.
Dice Iñaki que mientras un amigo diga “estoy jodido” y otro conteste “Estoy cerca ¿un par de latas?”, hay esperanza. Claro que hay esperanza, pero nos empeñamos en buscarla donde no es.
Y luego, con suerte, si las cosas salen bien y todo se parece a algo que imaginaste, en medio de la euforia le entregarás esa parte de tu vida que le reservabas y luego también esa otra que era sólo tuya. Y luego se va a ir y se las va a llevar. Una y otra vez. Por eso esto es un callejón sin salida.
A lo mejor porque lo veo así, me empeño en que no puedo tener una relación como las demás con una chica como las demás. Y a lo mejor eso no es verdad y acertaba más antes cuando creía que lo importante es que a ella le importara yo y no hacía falta nada más, porque ella ya sabía que a mí me importaba ella y todo salía solo. Igual todo lo demás, el esquema, el molde, es lo de menos.
Estoy harto de escribir sobre ese amor, sé que lo volveré a hacer, pero no quisiera siquiera tener que pensar en ello nunca más. Como si no hubiera otras formas de amor menos sicosomáticas, menos sísmicas y más alumbradoras.
Hace tres años pasé el verano en uno de los agujeros más inmundos del planeta. Desde la casa en la que vivía, enrejada como una cárcel frágil, oía los tiroteos y veía pasar a las niñas embarazadas, a la comitiva del chaval al que mataron para robarle la moto, a los camiones cargados de policías embutidos en protecciones como armaduras, subiendo a empujones a la gente parada en las esquinas como en una novela futurista de un futuro de mierda. Todos los días me inventaba una especie de taller de periodismo para niños. Venían a clase con hambre o con ojeras y me cantaban raps de narcos o de peleas a muerte que convertíamos en noticias y crónicas. No sabía qué mierdas pintaba allí y lloraba todos los días.
Había un pequeñísimo grupo de vecinos que querían cambiar las cosas. Una noche les di una charla, les expliqué cómo cualquier periodista querría hacerse amigo de alguien que pudiera guiarle con seguridad por el barrio, como redactar una nota de prensa y cómo llamarles para crear una relación con ellos. Estaban agotados, la más mayor se quedó dormida. Llevaban todo el día preparando una jornada de limpieza para el día siguiente por las calles de un barrio hasta arriba de una basura que traía el cólera. Y aún así entendieron a la primera lo que les decía, redactaron notas de prensa decentes, me lo preguntaron todo una y otra vez. Aquella noche me fui a un colmado. Fue mi única borrachera del mes, pero me lo bebí todo, conseguí vodka y me lo metí a morro. Me desperté con una resaca tropical taladradora, de las que el calor pegajoso multiplica. Estaba en aquel cuartucho celda en el que la salida del aire acondicionado de la habitación de al lado sonaba como un motor de avión y el sudor lo impregnaba todo todo el rato. Mi amigo roncaba al lado y hasta sus ronquidos me asfixiaban. Decidí que quería limpiar. Corrí a la calle donde estaba la brigada de limpieza, pedí una escoba y me puse a barrer. Barrí sin descanso bajo el sol, iba de una calle a otra con la escoba, dando empujones a la basura, metiendo cajas y botellas en la carretilla con un ritmo enloquecido. Sudaba y barría y recogía y se me rompía la escoba, que era un palo con unos mechones de paja, y seguía barriendo como podía. Algunos vecinos tiraban más basura a mi paso, otros se reían de nosotros. Los de la brigada me dijeron que descansara un poco, pero les contesté que no iba a parar. Barría tanto y tan sin mirar que al final me metí en una calle fuera de la ruta, una de las peligrosas incluso de día, y vinieron a buscarme, alarmados, y me obligaron a parar. Tenía las manos llenas de callos, olía fatal, tenía el pelo y la ropa llena de mierda. Y lo había entendido todo. Nunca había sentido un amor tan universal y desinteresado y generador como el de aquel día, nunca había sabido tan a las claras lo que es. No sé si volveré a pasar por algo parecido, pero de alguna manera lo llevo conmigo desde entonces.
Dice Iñaki que mientras un amigo diga “estoy jodido” y otro conteste “Estoy cerca ¿un par de latas?”, hay esperanza. Claro que hay esperanza, pero nos empeñamos en buscarla donde no es.
lunes, 16 de diciembre de 2013
Hoy no
Hoy no te vayas
tampoco permanezcas
duerme algo más
deja el suspiro de una huella de ti
en el colchón
quédate otro ningún momento
sé que estás de camino
que te vas cada vez
que hoy también
no
descansa sólo un rato
sólo un rato
te quedas y lo escuchas
que no existen las cosas como tú
ni tú tampoco
que siempre que te fijas
hay una idea de mí
afortunada
que se queda y escucha
prueba a ver qué se siente
si permaneces
un momento
el segundo de antes
de evaporarte
déjame que te mire
hoy sólo
con estos ojos nuevos
del día que entendí
por qué no existe nadie
como eso
déjame hacerte un mapa
para perderse bien
para que siempre vuelvas
al lugar de incesante movimiento
donde estás y no eres
ahora que lo entiendo
quiero que cambies todo
que seas justo así
justo la que no puede ser la misma
quedarse
dejar pesos más graves que un suspiro
en el colchón que es tuyo a la manera
en que te pertenece el resto del planeta
tampoco permanezcas
duerme algo más
deja el suspiro de una huella de ti
en el colchón
quédate otro ningún momento
sé que estás de camino
que te vas cada vez
que hoy también
no
descansa sólo un rato
sólo un rato
te quedas y lo escuchas
que no existen las cosas como tú
ni tú tampoco
que siempre que te fijas
hay una idea de mí
afortunada
que se queda y escucha
prueba a ver qué se siente
si permaneces
un momento
el segundo de antes
de evaporarte
déjame que te mire
hoy sólo
con estos ojos nuevos
del día que entendí
por qué no existe nadie
como eso
déjame hacerte un mapa
para perderse bien
para que siempre vuelvas
al lugar de incesante movimiento
donde estás y no eres
ahora que lo entiendo
quiero que cambies todo
que seas justo así
justo la que no puede ser la misma
quedarse
dejar pesos más graves que un suspiro
en el colchón que es tuyo a la manera
en que te pertenece el resto del planeta
domingo, 1 de diciembre de 2013
Qué importa
Qué importan los propósitos y las anotaciones
al margen de tus noches y las mías,
qué importa definir torrencialmente,
qué importan las señales que sí veo
si te oigo llegar desde la barra
con la cabeza baja y los ojos hambrientos,
miras nerviosa al fondo y transformas el mundo
en un lugar de ti en el que quiero estar
y se me desordenan todas las instrucciones
y no recuerdo cuándo tenía que besarte,
cuándo no sacar nada de tus dos pozos negros,
cuándo sólo espiarte disimuladamente,
cuándo hacerte reír, cuándo hay que abrir los ojos,
cuándo quieres que quiera lo que quiero.
al margen de tus noches y las mías,
qué importa definir torrencialmente,
qué importan las señales que sí veo
si te oigo llegar desde la barra
con la cabeza baja y los ojos hambrientos,
miras nerviosa al fondo y transformas el mundo
en un lugar de ti en el que quiero estar
y se me desordenan todas las instrucciones
y no recuerdo cuándo tenía que besarte,
cuándo no sacar nada de tus dos pozos negros,
cuándo sólo espiarte disimuladamente,
cuándo hacerte reír, cuándo hay que abrir los ojos,
cuándo quieres que quiera lo que quiero.
sábado, 16 de noviembre de 2013
Un jueves cualquiera
El jueves empezó a las 6 de la mañana, cuando encontré las bragas de B. debajo de la cama. Un arco lunar de 90 grados y cuatro botellas -tintocavaronvodka- después de vernos, las dos lenguas se habían reencontrado en los mismos lugares de dos años antes. Toda la habitación olía a sexo, todo mi cuerpo olía a sexo, todo mi pelo olía a sexo y todas las calles olían a sexo cuando la dejé en el taxi. Creo que lo último que me dijo es que no escribiera sobre ella.
Volví a casa, bajé las persianas para obtener una cueva en la que escribir uno de los artículos de costumbres con los que debería ganarme la vida si alguna vez recordara pasar las facturas. Uno sobre las implicaciones emocionales del calimocho en vaso grande y el estado de trance en que te sume Paquito el chocolatero. Cuando terminé, todas las teclas estaban pringadas de sexo, eran las 9 y el sol ya había convertido el techo de mi ático en un grill de gratinar. Humo, sudor, fluidos y rendijas de luz de novela negra. Me dormí igual. A las 3 me encontré a Merteuil sentada en mi cama. Todavía tiene llaves y a mí se me había olvidado que habíamos quedado. Comimos con mucho vino, menos por comer y por beber que por recordarnos el uno al otro quiénes somos. Pasear Madrid con quien lo paseaste por primera vez es siempre otra primera vez.
Luego me fui a la plaza del Dos de mayo con David y unas laticas. Estaba preocupado por algo. David en julio siempre estaba preocupado por algo. Pasamos allí la tarde con el culo frito sobre una piedra de parrilla, entre balonazos, músicos espontáneos que se molan y torres de latas de Mahou vacías. Luego vinieron Pelayo y Alberto y nos fuimos al Picnic. Pelayo estaba bien, porque Pelayo siempre parece estar bien. Pero Alberto nos contó cómo estaban las cosas y se fue y yo me quedé un buen rato mirando al frente porque estaba mirando al futuro y supe todo lo que iba a pasar y me hubiera gustado cambiarlo, pero no podía hacer casi nada. David me dijo que si me ponía así por las cosas de los amigos me iba a gastar una pasta en psicólogos.
Ya era de noche cuando me encontré a Guillermo y a Ceka por la calle y nos fuimos a la puerta del Nasti a beber unas latas y a molestar a las chicas, el plan estándar del verano.
Conocí a Luna en aquella puerta. Rubia y delgada a lo yonki, vestía corto y tenía las pupilas como eso, como dos lunas llenas. Casi sin hablar, me llevó a la calle de al lado, me puso una raya entre los cubos de basura y me besó en un portal. Respondí.
-¿Pero tú no eras gay?
-Superhetero.
-Ah, como ibas con tu amigo.
-Él tampoco.
-Ah, bueno, pues es que a mí ya me han empotrado esta mañana en un baño.
-Claro, dos veces en un día te iba a sentar mal.
Entramos en el Nasti y se puso a bailar a saltos en la pista vacía. Salimos. Salió. Se alejó calle abajo gritando nosequé.
Fue como estar un ratito en los 80.
Volví a entrar y conocí a M. Tenía unos labios rojos como de haberse comido un kilo de fresones y haberlo intentado solucionar con una palada de Titanlux. Estaba muy oscuro, pero se veían, se les veía la textura de dibujo animado polaco pintado a mano y de fruta ecuatorial blanda sólo por dentro. Cuando pude mirar a otra parte, me fijé en sus tatuajes de ficha policial. También llevaba una minifalda y un moño y un mirar selvático. Bailábamos y pusieron su canción favorita, que hizo la mitad del trabajo. Nos hicimos unas fotos de nuestra silueta en la pared, con luz de foco azul a nuestras espaldas, tan típico del Nasti como sujetar la Torre de Pisa en Pisa. Y entonces hablamos de la violencia en las relaciones, creo que ella estaba a favor, y me ofreció una muestra gratuita, una prodigiosa colleja que me me enterró la nariz en el pecho y que, contra todo pronóstico, me puso cachondo. Luego se fue a la barra o al baño y yo me puse hablar con unos tipos que había por ahí sobre las fiestas de los pueblos y volvió y pensó que no le estaba haciendo el caso suficiente y se largó sin avisar. Luego nos escribimos y me dieron las seis de la mañana intentando mitigar su mala hostia de serie, embotado supongo por el rojo, los trazos carcelarios de su piel y el calor de sus cinco dedos grabados en mi cogote. Un par de días después prácticamente me instalaba en su casa durante toda la semana con unos resultados que hubieran sido fáciles de pronosticar. Pero ahora eran las seis y el sol iba a volver a calentar enseguida el techo de mi casa hasta convertirla en el merendero del infierno y yo me dormía pensando que hace demasiado calor por la mañana y que se vive mejor de noche.
Volví a casa, bajé las persianas para obtener una cueva en la que escribir uno de los artículos de costumbres con los que debería ganarme la vida si alguna vez recordara pasar las facturas. Uno sobre las implicaciones emocionales del calimocho en vaso grande y el estado de trance en que te sume Paquito el chocolatero. Cuando terminé, todas las teclas estaban pringadas de sexo, eran las 9 y el sol ya había convertido el techo de mi ático en un grill de gratinar. Humo, sudor, fluidos y rendijas de luz de novela negra. Me dormí igual. A las 3 me encontré a Merteuil sentada en mi cama. Todavía tiene llaves y a mí se me había olvidado que habíamos quedado. Comimos con mucho vino, menos por comer y por beber que por recordarnos el uno al otro quiénes somos. Pasear Madrid con quien lo paseaste por primera vez es siempre otra primera vez.
Luego me fui a la plaza del Dos de mayo con David y unas laticas. Estaba preocupado por algo. David en julio siempre estaba preocupado por algo. Pasamos allí la tarde con el culo frito sobre una piedra de parrilla, entre balonazos, músicos espontáneos que se molan y torres de latas de Mahou vacías. Luego vinieron Pelayo y Alberto y nos fuimos al Picnic. Pelayo estaba bien, porque Pelayo siempre parece estar bien. Pero Alberto nos contó cómo estaban las cosas y se fue y yo me quedé un buen rato mirando al frente porque estaba mirando al futuro y supe todo lo que iba a pasar y me hubiera gustado cambiarlo, pero no podía hacer casi nada. David me dijo que si me ponía así por las cosas de los amigos me iba a gastar una pasta en psicólogos.
Ya era de noche cuando me encontré a Guillermo y a Ceka por la calle y nos fuimos a la puerta del Nasti a beber unas latas y a molestar a las chicas, el plan estándar del verano.
Conocí a Luna en aquella puerta. Rubia y delgada a lo yonki, vestía corto y tenía las pupilas como eso, como dos lunas llenas. Casi sin hablar, me llevó a la calle de al lado, me puso una raya entre los cubos de basura y me besó en un portal. Respondí.
-¿Pero tú no eras gay?
-Superhetero.
-Ah, como ibas con tu amigo.
-Él tampoco.
-Ah, bueno, pues es que a mí ya me han empotrado esta mañana en un baño.
-Claro, dos veces en un día te iba a sentar mal.
Entramos en el Nasti y se puso a bailar a saltos en la pista vacía. Salimos. Salió. Se alejó calle abajo gritando nosequé.
Fue como estar un ratito en los 80.
Volví a entrar y conocí a M. Tenía unos labios rojos como de haberse comido un kilo de fresones y haberlo intentado solucionar con una palada de Titanlux. Estaba muy oscuro, pero se veían, se les veía la textura de dibujo animado polaco pintado a mano y de fruta ecuatorial blanda sólo por dentro. Cuando pude mirar a otra parte, me fijé en sus tatuajes de ficha policial. También llevaba una minifalda y un moño y un mirar selvático. Bailábamos y pusieron su canción favorita, que hizo la mitad del trabajo. Nos hicimos unas fotos de nuestra silueta en la pared, con luz de foco azul a nuestras espaldas, tan típico del Nasti como sujetar la Torre de Pisa en Pisa. Y entonces hablamos de la violencia en las relaciones, creo que ella estaba a favor, y me ofreció una muestra gratuita, una prodigiosa colleja que me me enterró la nariz en el pecho y que, contra todo pronóstico, me puso cachondo. Luego se fue a la barra o al baño y yo me puse hablar con unos tipos que había por ahí sobre las fiestas de los pueblos y volvió y pensó que no le estaba haciendo el caso suficiente y se largó sin avisar. Luego nos escribimos y me dieron las seis de la mañana intentando mitigar su mala hostia de serie, embotado supongo por el rojo, los trazos carcelarios de su piel y el calor de sus cinco dedos grabados en mi cogote. Un par de días después prácticamente me instalaba en su casa durante toda la semana con unos resultados que hubieran sido fáciles de pronosticar. Pero ahora eran las seis y el sol iba a volver a calentar enseguida el techo de mi casa hasta convertirla en el merendero del infierno y yo me dormía pensando que hace demasiado calor por la mañana y que se vive mejor de noche.
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