lunes, 24 de agosto de 2020

Cómo desabrochar un cinturón en los 90

Parece ser que, hasta que se congele el Leteo, el duermevela de amanecida me va a estar trayendo uno por uno el recuerdo de cada beso que he dado. He tenido despertares peores. Lo único, es que empiezo los días, cada día, con un bucle nostálgico que necesita una mañana entera para irse deshaciendo. Alguna vez me dura hasta la noche y más. Habría que besofacturar algunos nuevos, aunque supongo que esos me vendrían en sueños dentro de unos años, así que me iba a dar igual.

Hoy le ha tocado a la primera vez que estuve retozando en una cama con mi novia de la carrera, a los 19. Hasta entonces solo había ensayado todos esos movimientos de pulpo sabio en el montón de arena del cocedero de ladrillos de mi pueblo, en el sofá de la peña, en algún portal y en otros asientos de calambres amorosos por el estilo, sitios todos muy de afueras. Aquella vez, el campo de plumas rasposo fue la colcha vieja de la cama de mi compañera de piso. Por encima, porque meterse dentro era demasiado audaz. Y hubo mucho nonono, sisisí, esas cosas que no es que se estilaran entonces, si no unos 30 años antes, pero que a mí me pasaban. Puse la música que tenía para darle un poco de ambiente. La música que tenía para los ambientes y para todo lo demás era una cinta que proyectaba ir grabando de la radio, pero que no pasó de una canción: La cabalgata de las valkirias. Le ponía el toque épico a cada una de aquellas primeras veces. Las valkirias sorteaban con sus caballos alados manos, botones, corchetes, noes, risas aleatorias, hilos de colcha que se enredaban... Cualquier obstáculo terrenal era nada para ellas, tan celestiales. 

No son las 11 y el sol ya me está mirando de frente para decirme "ola" (de calor). Y las valkirias siguen revoloteando por mi cocorota como abejorros. Y estoy menos concentrado en el libro que tengo que terminar de escribir que en la ecuación irresoluble de cómo desabrochar un cinturón en los 90. Me tomaría un vodka.

domingo, 23 de agosto de 2020

Otra cosa

El viernes me desperté con un mensaje de Ana. Había soñado conmigo y quería ver qué tal estaba. Le conté que yo a veces también soñaba con ella y se abrió una compuerta a entonces. Al día siguiente me levanté pensando en ella y en aquella época. Los 17 años. Las primeras imágenes que me vienen siempre son la de un ensayo de una orquesta que vemos desde el gallinero de un teatro de Valladolor y la de la esquina de la pastelería de la Plaza Santa Cruz donde hablamos durante una hora. Creo que esas fueron las primeras veces que la vi como a otra cosa, no sólo como a una chica que conocía. 

Me levanté con una sonrisa, pensando que estaba todo bien, que estaba bien haber pasado un ratito allí otra vez. Luego la busqué en Facebook porque hace muchos años que no la veo y quería acordarme bien de su cara y ver cómo está ahora. Sólo había fotos de hace diez años, que es de cuando tenemos todos fotos en Facebook, de la última vez que lo usamos. Habíamos quedado en hablar el lunes y me dio por pensar que estaría bien que las cosas fueran así de fáciles siempre, que por qué no llamar a cualquiera de los que echo de menos desde hace años, quizás a M. y decirles, qué tal, estaba pensando en ti ¿hablamos? ¿quedamos? Que podría ser así de fácil. Ana lo hace parecer así de fácil. Y luminoso, claro. Hace mucho que escribí que ella es una bombilla, un foco o un faro que ilumina cualquier habitación a la que entra. Hasta a una plaza mayor en un mediodía de agosto la pone más brillante.

El lunes hablamos durante una hora y ella dijo lo que los dos pensábamos, que era como si nos hubiéramos visto ayer. La compuerta se quedó abierta y entraron más cosas. Ponernos al día fue plantarme frente a un espejo para contarme cómo son mis días y comparármelos con los de entonces. Hoy no he dormido tan bien, puede que sea el calor que tiene el aire suspendido en espirales de fuego por toda la casa. Pero también puede que tenga que ver con lo que soñaba en el duermevela, Entre esas brumas, Ana, la conversación y el ensayo que vimos desde el gallinero ya no eran los recuerdos de los materiales de los que estoy hecho, si no una sensación de fin de algo, una despedida desde lejos que se me viene haciendo crónica. Al despertar, yo era Tom Sawyer asistiendo a su entierro desde el coro.

sábado, 22 de agosto de 2020

Madurar es de frutas

Vienen otros diarios, unos casi diarios. Al contrario que en otras veces en que (me) anuncio cosas, esta vez sé que va en serio porque los estoy escribiendo y ya llevo un par de decenas de textos. Los dejaré reposar un poco, un mes, y luego los corregiré y los publicaré. Por eso, en el blog a veces me estaré asando mientras en la calle me pongo una chaqueta. Solo quiero atender a esos textos dos veces: el día que los escriba y el día que los publique. Así que, no estoy muy seguro, pero creo recordar que los que tengo almacenados tienen más de confesión que de peripecia; menos de intento literario con autobiografía, de cuento, ensayo o artículo, que de trocito de vida al pasar. También puede que hablen de los engranajes de alguien más maduro, pero de eso sí que no sé nada.

jueves, 28 de mayo de 2020

Mi beef imaginario con Trapiello

Este año me he metido con los diarios de Andrés Trapiello. El primero que encontré fue el tercero y ahora estoy a la mitad del inicial, El gato encerrado. Leo de una manera caótica que se parece al garabato del diseño: abriendo y cerrando libros, volviendo a empezarlos mucho después o dejándolos en cualquier momento, como me pasó con Madame Bovary, abandonada la pobre a 50 páginas de decidirse. Porque mi déficit de atención estaba ahí antes de que estuvieran Twitter y Whatsapp. Esto se agrava ahora que estoy escribiendo un libro y leo a saltos y dejo a medias todo cuando termino de documentarme, de saquear o de destruir.
El Salón de los pasos perdidos de Trapiello lo he simultaneado con los Diarios de Jules Renard. Hay en ambos, como en los mejores diarios, una intención de contarse sin salvarse, de consignar las mezquindades, que tienen forma de desahogo cuando se redactan y de honestidad, puede que narcisista, cuando se dan a imprenta. La diferencia es que Renard se juzga y se condena a la vez, en las mismas líneas en las que relata sus siempre pequeñas inmoralidades, arbitrariedades y egoísmos. Sabe lo que está haciendo con el colega con el que es hipócrita, con la frase destructiva e injusta con la que queda como un tipo brillante, con la envidia rabiosa por los escritores a los que les va bien, a los que fulminaría aunque sean sus amigos.
Trapiello sí se salva un poco más o al menos le deja al lector la sentencia. Que a menudo no se resuelve a su favor a pesar de que la leamos desde su punto de vista, que es el de una víctima de algo que no puede evitar. Como cuando cuenta cómo se siente dando una absurda conferencia, explica que lo hace por dinero y luego lo publica. Y eso último es lo que le da sentido a todo el proceso y lo vuelve honesto.
Disfruto a menudo con las opalescencias y los paisajismos de Trapiello y se me pone media sonrisa cuando posa. Le leo en mi balcón al atardecer o a media mañana y lo turno con un par de álbumes de Tintin: unos me llevan lejos y el otro, cerca, pero me sacan de aquí. Y luego están las entradas de Sálvame literario y las mezquindades cotidianas del oficio de escritor, que con esas me lo paso pipa siempre. Hasta el punto de buscar en internet el contexto, la gente que identifica por las iniciales o ni eso. Buscar lo que se dijo de la muerte de Benet o los detestados aforismos de Ferlosio en El País o un artículo de Vázquez Montalbán que le parecía hipócrita o lo que se publicó sobre un viaje de escritores progres a Cuba en el que participó sin mucha fe, un fragmento que está en un tomo que aún no he leído, pero que encontré por internet. Es una de esas lecturas que, claramente, engendra lecturitas, algo que pasa mucho más con su Las armas y las letras. Ese ensayo sí que es un constante podio de nombres y vidas desde el que tirar del hilo.


Ante tanto juicio sucesivo, lo que podría haber aprendido es que a Trapiello no le gusta que le lleven la contraria. Que queda claro, pero no lo tuve en cuenta cuando, el otro día, entré en su blog y encontré un artículo que hablaba del 15M con unas asunciones tan decepcionantemente vulgares y cortas de miras que me decidí a contarle lo que me parecían, porque al parecer yo también tengo resortes en buen estado para saltar con los que me parece mal y muelles oxidados para lo contrario. El comentario que redacté ni se ha publicado ni se publicará en su casa, claro, por eso lo voy a copiar aquí, en la mía. (O igual sí, igual se publica estos días y entonces me la envainaré con una reverencia). Es divertido imaginarse a Trapiello leyendo mi comentario en diagonal, indignándose (entre mínimamente y nada, eso sí) por que un tipo de internet con un nombre estrafalario le lleve la contraria, y tirándolo a la basura.

Su artículo está en este enlace que copio. Y, ya de paso, podéis daros un paseo por su blog, Hemeroflexia, que está muy bien y demuestra que sigue habiendo una internet subterránea desinteresada que hace que valga la pena pagar la conexión. Solo que, como siempre, está fuera de los radares; casi fuera del alcance de los periódicos y de las redes vigoréxicas en las que todos picamos:

      
Y mi comentario fue éste:

Diría que cometes un error de base aquí. El 15M como movimiento espontáneo no es, nunca ha sido Podemos. Por más que se lo traten de apropiar con apariencias como los Círculos y las asambleas iniciales, cosméticas, como se vio enseguida, e incluso con placas en la Puerta del Sol. No fue una movilización de izquierdas, al menos tal y como se entiende la izquierda mezquinita de partido en España; tampoco fue la mamarrachada en la que derivó al final y, desde luego, no tiene nada que ver con el Podemos de hoy. Nada de nada. Nace de una protesta contra un sistema en el que se turnan dos partidos cuyo objetivo no parecía ser otro que tener éxito en perpetuarse (PPSOE en muchas pancartas) y contra una democracia deficitaria en la que no hay posibilidad de participar más que, como se sigue viendo con los partidos populistas, apuntalando un sistema que tiende a la corrupción incluso al hacer como que lo combates ("Lo llaman democracia y no lo es"). Se protestó a través de la forma más básica de democracia: preocupándose y hablando. No eran 20.000, éramos unos cientos, simplemente se hablaba con el de al lado, mostrabas tu punto de vista y oías los del resto. Se oían cosas sensatas, por ejemplo, recuerdo algunas sobre medio ambiente de unas recién licenciadas o las mismas reuniones de periodismo donde participé yo, en las que se cortaba a los del "qué hay de lo mío" y se escuchaba a los que llegaban un poco más lejos, hasta la responsabilidad del periodismo en lo que pasaba y su papel futuro. No había soluciones, había propuestas de caminos a recorrer.
Es normal creer que aquello fue otra cosa si se siguió por los telediarios o si se compra la apropiación publicitaria de todo aquello que hace el partido que ahora es socio de aquel contra el que se protestaba. Pero en realidad fue la última gran oportunidad cívica de tomar las riendas, una chispa minúscula que podría haberse extendido solo con que se hubiera escuchado a los ciudadanos al estilo del Detroit Future City, que puso espacios para que se hiciera eso, charlar sobre el modelo de futuro como paso inicial para todo lo demás. Es una pena que no estuviéramos preparados, como nunca (históricamente) lo estamos para dar un saltito de progreso de manera civilizada, estoy seguro de que no estaríamos como estamos.
Y es una pena que la visión de tu artículo es lo que haya quedado de una iniciativa en la que algunos madrileños salimos a la calle a hablarnos y reconocernos, y no, no éramos de Podemos (que no existía, claro). Pero es lo que hay.

viernes, 15 de mayo de 2020

Te va a explotar el corazón

Mi abuela decía que el día más feliz de su vida fue aquel en el que las tropas de Franco entraron en Barcelona. Con ellas venían sus hermanos, que fueron directamente a buscarla con un coche lleno de comida (estaban en intendencia).
Estos días estoy pensando que para muchos la pandemia estará siendo parecida a lo que vivió ella; que esta lotería dependía entonces y depende hoy de tu casilla de salida, de dónde te pillara el asunto y de lo que hubieras hecho antes, de cómo de larga y movida hubiera sido tu vida.
Mi abuela se llamaba Lola. Se había casado un 18 de julio de 1936, a los 21 años, en una iglesia que quemaron al día siguiente. Ahora sí que la puedo entender cuando la imagino en la calle tragándose el miedo a un final rápido o a uno doloroso. O encerrada pensando en si le traerían la muerte a domicilio, como al vecino al que vinieron a buscar los milicianos, que se escondió bien. Pero el portero les dijo que sí, que sí que estaba, que buscaran mejor. Y le encontraron.
Ella sabría que se jugaba la vida a cada paso que la alejaba de casa y que también se la jugaba a cada hora que pasaba en casa. Y luego resulta que también se estaba decidiendo mi existencia.
Lola pasearía por calles transfiguradas que ya no eran las de junio. Leería alborozo insensato, pero esperanzador, en las risas de unos; y se reconocería en las miradas de inquietud y hambre futuro de otros. Entraría en el mercado para comprobar, unos días, que las lechugas seguían siendo del verde del jade y, otros, que al cartel de la pescadilla se le había caído la ce.
Un día tras otro, mientras cumplía los 22, los 23, los 24 con una tarta que cada vez llevaba menos azúcar, tuvo que turnarse entre la felicidad de una vida recién inaugurada y el dolor de todo lo demás, de lo que se vivía y de lo que se esperaba. Y me imagino hacia dónde caía su balanza contra todo lo predecible, porque la recuerdo cantando como una niña canciones de los dos bandos a los noventa y pico años, con ese brillo en los ojos de cuando cantaba y de cuando me veía. A pesar de todo lo que había perdido ya, de todos los que había perdido entonces, dos hijos y casi todos los demás. Y sé que el pozo del que sacaba su alegría tenía que ser muy profundo. 
Y puede que esto concluya para la mayoría de nosotros de una manera similar a como terminó para ella: como un tapón que se abre y desatasca las angustias y lo renueva todo. Quizás lo que entre no tenga la forma perfecta de un coche conducido por los que más echas de menos y lleno hasta los topes de lo que llevas años necesitando. Pero un poco de esa sensación se coló en mi cocorota el primer día que pude pasear una hora casi en libertad por la orilla del Atlántico, mirando feliz y alucinado las olas que chocaban contra las rocas y las murallitas de Cádiz, las que tocaban la punta de mi zapato en la arena, contenidas, pero libres, como me veía yo ese día.
Viene una explosión de alegría, claro que viene.



Por supuesto, este texto, que habla de personas y de ninguna otra cosa más, no es para quienes creen que las guerras recientes solo se pueden contar como un cuento de buenos y malos y se olvidan de que, la mayoría de nosotros, en tiempos de paz, por la mañana delatamos a un compañero de trabajo y por la tarde le cedemos el asiento a una embarazada. Y que, en tiempos extremos, seremos un día héroes y otro, canallas. Incluso el mismo día.

viernes, 24 de abril de 2020

No se podía saber o que me prohíban éste

Al principio, un periodista cree que escribirá para los lectores. Enseguida descubre que los lectores están, pero no están, como la contaminación, pero que tiene un jefe que sí que está. Los jefes de hace unos años tenían sus propias lecturas, opiniones, manías y había que escribir para ellas. Yo recuerdo que uno de los primeros que gocé metió en el cajón un artículo mío en el que hablaba de cómo, con la restauración del Teatro Calderón de Valladolor, se había abrillantado la placa que conmemoraba la unión de Falange Española y las JONS para volverla a colocar en su sitio. En mi afán por colaborar, proponía otras cosas a las que sacarle brillo: los coches de caballos, el Atlético de Aviación, el agua va por los balcones, la calavera de Franco, qué sé yo. Profeta que era uno. Mi jefe de entonces me argumentó el cajonazo: “hay algunos periodistas hijos de puta -no lo digo por ti, virgen- que cuando no saben de qué escribir se meten con Franco”. Incluso entonces me pareció tierno. Ese hombre tenía sus aficiones y eso había que respetarlo. Porque era el jefe. 
Luego descubrimos que el jefe tenía otro jefe. Y que quería que escribieras para él aunque ni le llegaras a conocer. Ese jefe de tu jefe tenía a su vez unos jefes que se llamaban anunciantes. Para él, eran como unas parejas poliamorosas tóxicas de las que te exigen que adivines qué es lo que les va a molestar. Un estrés. El jefe de tu jefe quería que tu jefe se ocupara de que tú escribieras cualquier cosa que no fuera a molestar a sus jefes, a los que les molestaban cosas que no se sabían hasta que lo vieran. Por si acaso, que no bailaras mucho. Luego, con ese pequeño porcentaje de lo que sobraba, podías ya escribir para tu ego (acababa mal) o incluso para los lectores.
Parece complicado, pero enseguida se te interioriza en la cocorota y hasta en los dedos. Es el ciclo de la vida y no hace falta que te lo digan cantando: la primera vez que ves a un león comerse a una gacela ya lo pillas. La prueba es que ningún texto mío ha vuelto a acabar en un cajón. Si acaso, sale como saldría uno de un accidente en un barranco: sin patas, sin brazos o sin ojos. Pero sale. Los periodistas teníamos un motivo para pasar de buen grado por el aro de jefes y jefes de jefes. La pasta. No el gran dinero, entiéndaseme, solo la calderilla para ir tirando, para financiar, por ejemplo, los modestos michelines que ahora estoy tratando de quitarme de encima. 
Justo cuando lo ibas entendiendo, detonaron las redes y con ellas lo que al principio se llamó periodismo ciudadano, que supongo que incluía la opinión ciudadana, y que ya nadie se ha atrevido a volver a llamar así. Lo de estos ex periodistas ciudadanos siempre ha sido más altruista, lo hacen por nada, por vanidad, que ya ves tú, es tan poca cosa que la derrota un espejo tarde o temprano. A ellos les faltó durante un tiempo lo fundamental de todo esto: los jefes, los jefes de los jefes y los patrocinadores de los jefes de los jefes. Ahora, por fin, parece que se los van a poner. Si no se los ponen estos, otros se los pondrán. Están en ello. Con la amorosa y entusiasta asistencia de toda una generación que no cree que la libertad de expresión sea un derecho tuyo que nadie pueda tocar, si no un medio como otro cualquiera, como un abucheo o una porra, para combatir al MAL. A base de poner un poco de aquí y (sobre todo) quitar un poco de allá. Así que la cosa está en decidir quien decidirá lo que es EL MAL Sean los que sean los que lo consigan no son los tuyos. De verdad que no. Pertenecen a un club en el que no estás y (créeme) no quieres estar. No sabes las cosas que hay que hacer para llegar hasta ahí.
Total, que como resulta que lo que haces ya es gratis, no se te puede motivar con despidos ni con (si eres freelance) bajarte tu asignación para espaguetis de Barilla a Hacendado. ¿Qué está peor pagado que escribir gratis? Que pagues por ello. Se llaman multas. O en su variante vacacional, chirona. Se probó con los raperos coprógrafos, un poco con los cómicos que moqueaban banderas, y hasta se hizo una cata a ciegas con titiriteros y tuiteros sueltos que hacían chistes sobre el Alka Seltzer, Carrero Blanco y así. Se confirmó para todos siempre que esos todos rechistaran a una autoridad sagrada, pongamos un concejal de tu pueblo o un guardia municipal. Por mal nombre se le puso Mordaza, que era una pista. Como fue un exitazo (un exitazo hoy es que una salvajada no saque a casi nadie de la siesta), ahora ya está democráticamente al alcance de cualquiera que pasee por la calle y mire torcido. Pronto habrá más, porque queremos más.
Como periodista experimentado, puedo ayudarte a que no la cagues, a que aprendas cómo se hace esto sin que te cueste mucha pasta. En tu poder tienes dos herramientas que nadie te va a querer prohibir: la crítica a lo que tus jefes quieren que critiques y la alabanza a todo lo demás. La primera es un arma complicada, porque está sometida a vaivenes. Si te pillan con el paso cambiado puedes acabar en el lado de la trinchera en el que caen las bombas. Yo le dejaría este recurso a los profesionales, que saben cuándo hay que saltar del barco y cuánto rato ponerse de perfil antes de dar todo el giro sin despeinarse. Hay que olisquear el momento justo en el que pasar de defender lo indefendible con incorruptible vehemencia a defender lo indefendible contrario con idéntica convicción. No es fácil, pero, ante la duda, haz lo que haga Risto Mejido. 
En cambio, la alabanza es una bendición. La alabanza no pide límites ¿A quién le desagrada un piropo? Bueno, en ese lío ya nos meteremos otro día. El caso es que la alabanza es propia de ángeles, el hossana, el optimismo ciego, quedarse con lo bueno de la vida, ver lo positivo para atraer lo positivo, como recomiendan 9 de cada 10 autoayudadores.
Ya quedó claro que si te nace un rap con alguna rima con la palabra ladrones hay que contenerse y canturrear a Amaral un ratito hasta que te suba el ánimo de escribir lo contento que estás de que los reyes sean menos medievales que en el medievo y crean en el progreso que, bien entendido, empieza por la propia abundancia. Añadiré que si un rey no se ocupa de matar elefantes ¿quién lo va a hacer entonces? Las calles estarían llenas de elefantes, uno se te colaría en el super, otro te quitaría el sitio de aparcar, otro te apachurraría. ¿Ves? Así se hace.
Puede que sientas la tentación de calificar de bananero que la mujer del número uno del partido sea la número dos del partido; de pensar que aunque fuera la mujer más preparada del país para el cargo debería apartarse en favor de la segunda más preparada. Incluso cínicamente podrías considerar que así, qué sé yo, los votos de quienes tienen ojos en la cara no se evaporarían. Pienses lo que pienses, nunca escribas un poema satírico con tus conclusiones: haz una oda alabando los valores familiares de quien pone el amor por encima de todo. El amor conyugal, que ese sí que es bravo.
Y si sospechas que las manifestaciones del 8M fueron el motivo por el que se retrasó la cuarentena, por favor, detén tu malpensanza, porque el CIS dice que el 97 % de los españoles está de acuerdo con que todo está bien hecho. O sea, que lo dice la ciencia. Y tus suspicacias van a ser carísimas. 
Si en tu comunidad autónoma a nadie se le ocurrió mirar en las residencias de ancianos por si había algún enfermo hasta que se paso por allí el ejercito, adhiérete al quién lo iba a imaginar, viejos enfermándose, con lo resistentes que parecían en la posguerra. En cambio, dale bola a lo que sí se está haciendo: fotos, muchas fotos. Con aviones, en Ifema, en despachos que supuran eficiencia, delante de un atril o de un espejo. Para entretener tu confinamiento se arriesgan a saltarse el suyo y cuarentenas y reales decretos y lo que haga falta. Piensa en el futuro, porque nuestros amados líderes ya están pensando en el suyo. Puede que lleguen la ruina y el hambre (no metas la pata, el término oficial va a ser “desaceleración calórica”), así que vamos a necesitar nuevas y patrióticas fuentes de ingresos. Con su ejemplo, nos podríamos convertir en una potencia mundial en selfis. Podremos exportar influencers. O comérnoslos.
Si lees que a una asesoría laboral en semiquiebra se le han dado millones de euros para comprar material sanitario o que las mascarillas encargadas a Ruining Trade (nombre real) eran de juguete y han enfermado y puede que matado a unos cuantos sanitarios de nada recuerda (y, sobre todo, escribe) que el gobierno prometió no dejar a nadie atrás. Que qué mejor manera de pelear contra la ruina que ayudar a empresas así, que es que lo estaban pidiendo. 
En fin, que si quieres llevarte las manos a la cabeza por la improvisación, porque se dijo que las mascarillas eran placebo solo porque no las había, porque a día cuarenta de la cuarentena los sanitarios sigan vestidos de bolsa de basura y con una mascarilla a la semana, recuerda que eres español. Uno de nuestros valores nacionales alabados por la prensa seria durante décadas es la capacidad de improvisación. Eso es lo que nos hace tan creativos. ¿Se imaginan a un europeo del norte improvisando? No pueden. Igual eso les está viniendo bien en tiempos de pandemia, pero, ay, en las artes. Las artes aquí son un prodigio, todo improvisado, todo sin método ni razón ni base. Es como si el arte naciera cada día. Escribe sobre eso.  
¿Y esos discursos? ¿Dónde se han visto discursos tan fervorosamente patrióticos, tan líricamente épicos? No se oía nada así desde tiempos de Churchill, de De Gaulle, de Kennedy. Por eso los hemos tenido que traer de entonces. Por si acaso no teníamos otra cosa que alabar, tenemos los discursos. Directos a (o de) los libros de historia. 
Como se ve, el truco es tan sencillo y gratificante como ponerse positivo. Por lo que sé, les va mejor a los que empiezan con ello antes de que se lo pida el jefe. Hazlo. Pero solo si estás vivo.

miércoles, 25 de marzo de 2020

Prefacio

"Cuando relato mis trashumancias, mis caídas, mis delirios lelos y mis secretas orgías, lo hago únicamente para detener, ya casi en el aire, dos o tres gritos bestiales, desgarrados gruñidos de caverna con los que podría más eficazmente decir lo que en verdad siento y lo que soy".
La visita del Gaviero. Álvaro Mutis.

sábado, 7 de marzo de 2020

Un plomo de calaveras


La visión administrativa se ha desbordado desde el momento en que hemos visto cómo los políticos son un peligro para la vida cotidiana y hemos puesto nuestros ojos vigilantes en ellos, en todo lo que hacen, en todo lo que dicen. Entiendo que los que se dedican a tareas administrativas o legislativas no puedan evitar analizar la realidad desde esos supuestos, como mi hermana, funcionaria de la Junta y licenciada en Derecho con matrículas de honor, y a la que a veces veo con estupor analizar la realidad solo desde ese punto de vista, como si no existieran más. Pero el problema es que, al poner la cosa política en el centro (su parte más pequeñita, la de los matices normativos), estamos pintando el mundo, construyéndolo, de eso. Se ve en titulares, en tuits, en conversaciones. Nuestra tarea, la de todos, debería ser ofrecer nuestras propias visiones del mundo, del presente, del pasado y el futuro; para que su tarea fuera, contaminados sin remedio de títulos, capítulos y disposiciones adicionales, traducirlo a esa nada vaga astronomía de reglamentos nada inconcretos que llevan en las cabezas.

domingo, 9 de febrero de 2020

Tan superguay

Ayer se me iluminó la cocorota, como a un esqueleto de la era atómica. Estaba escribiendo la entrada pequeñita de un pretendido diario diario que ya naufragaba al segundo intento. Mientras, con la otra mano quedaba con una chica mexicana que parecía encantadora, lo que me devolvía un poco la extraviada fe no solo en Tinder, si no en la humanidad. Y quizá fue por eso que releí alguna vieja entrada mía y me entró una ya desusada fe en mí mismo. Luego fue todo subir y subir y venirme arriba sin cuento cuando la semillita de la idea de que no estaba tan mal lo que leía fue germinando ¿y por qué no hago una selección de textos de este blog en epub?, quizá ordenado de otra manera, un poco por temas, segando la morralla y los jeroglíficos, tal vez ¿Y si lo regalo a los lectores? ¿Y si lo vendo en Amazon a un euro? Qué digo a un euro ¡a dos! ¿Y si lo paseo antes por alguna editorial? ¿Y qué tal mandárselo a un agente literario? Y la fantasía siguió escalando y solo tuve el pudor de cortarla un par de premios nacionales antes de Nobel.
Llevo una temporada acompañando de cerca y mirando con lupa lo que han hecho mis amigos, David, Aitor y María. Y lo que han hecho son tres grandísimos libros, cada uno en lo suyo. Considerando eso de que pierdan o no la guerra han ganado los manuales de literatura, ahí están ya, con su nombre en la portada, su ISBN y su ejemplar en la Biblioteca Nacional. Mientras que lo mío es un átomo perdido que encoge a medida que internet se hace infinito y mis palabras infinitesimales. ¿Y si salto a la pista a ver qué pasa? Saltar a la pista a ver qué pasa siempre ha sido una cosa muy mía. También, bailar como un zombie que ha visto un cerebro bonito y cantar como un gato que está triste y azul, pero ahora no es el momento de recordar eso.
Hoy llegaré a lo de la mexicana, que es un vermut, con unas bonitas ojeras que no van a ayudar nada, porque estuve horas dando saltitos en la cama mientras lo planeaba. Es el momento de que si has llegado hasta aquí me dejes tu opinión. Tienes todo un infinito barrizal de anonimato en el que ponerte tan sincero como te gustaría serlo en la vida real así que ¿por qué no? Corre antes de que esto se convierta en un granito de arroz, una micra, un neutrón, un paramecio, un microchip nipón.

sábado, 8 de febrero de 2020

SEFUD: Jueves, 23 de enero

Llevo décadas diciendo que, como estoy muy mayor, las resacas se han convertido en convalecencias. Pero lo malo de verdad es cuando la resaca es una convalecencia de verdad. Me duele en sitios muy raros. El interior del muslo derecho, el hombro y el brazo derecho entero; la muñeca, mucho. Parece ser que si te morreas fieramente con el suelo arrancas una reacción en cadena solidaria que no se sabe dónde termina.
Anoche, después de aparcar el patinete, cogí un bus, me bajé en una parada que no era y, admirablemente, cogí otro patinete hasta casa. No rompí nada más.

jueves, 30 de enero de 2020

Si esto fuera un diario (SEFUD): Miércoles 22 de enero


Como con María. No le gusta la idea de que un escritor que no conoce presente su libro. La última vez, Ray Loriga supo ver un montón de cosas en su primer libro, lo que habla muy bien de Ray Loriga y nos da un poco de autoridad a los fans de María. Esta vez Ray está ilocalizable, Juanra me ha contado que tiene toda la colección de problemas: salud, dinero y, a saber, amor. A María le dicen en la editorial que proponga un nombre de autora para que presente su libro. Ella da un nombre, la editorial le dice que no está disponible y María anula la presentación en Madrid. Me fascina la cabeza de María cuando toma decisiones que los demás ni nos plantearíamos. No es que vaya contracorriente, es que va por otro río.
Si algo ha quedado claro esta temporada es que me hacen más ilusión las presentaciones de los libros de mis amigos que a ellos. Claro que para mí es una fiesta que me pone de muy buen humor, solo tengo que sonreír, dar abrazos y beber, pero tampoco entiendo que ellos se lo tomen como un examen. Le digo a María que es una pena, que quizás debería verlo como un cumpleaños al que va gente de distintas épocas de su vida (como los míos), que podría presentárselo un amigo y rodearse de otros amigos y pasarlo bien; que no va de vender libros ni de promocionarse, es solo una fiesta. Cambia de idea y me pide que se lo presente.

Yojana me escribe para contarme que Aitor está muy nervioso con lo de su libro. No tiene presentador todavía y queda una semana. Le escribo que debería tomárselo como una fiesta, que se lo presente un amigo etcétera. Escribo a David para decirle que tenemos que quedar con Aitor y calmarle un poco. Está muy liado, pero, como David es David, anula lo que tenía y quedamos por la noche en el bar de Mario para poner un poco de orden y cerveza en el asunto. Llego un poco tarde y ya lo han arreglado todo. David ha tenido una gran idea: que se lo presente un amigo. Se lo van a presentar él y Pedro. Yo reivindico la idea como mía y saco el mensaje en el que se lo decía a Yojana varias horas antes. Tengo esa cosa cansina e infantil de resaltar mis méritos más allá del decoro, más con los asuntos menores que me importan hasta el delirio, los de los amigos, que con los profesionales, que también. Es uno de esos tics que ya a estas alturas no me voy a quitar de encima nunca. Quiero pensar que no es demasiado molesto para los demás, con la excepción de cuando hago un regalo y persigo incansablemente a la víctima: "¿te ha gustado?, ¿te ha gustado?, ¿te ha gustado?" hasta que le obligo a encontrar maneras prosopopéyicas de expresar su dicha y su agradecimiento infinito y ya me quedo tranquilito. Y en la cama, ni te cuento.

Se van todos, pero yo me quedo. Mario y su bar han sido un flechazo. Dice Aitor que vamos a acabar de novios. Se niega a comprar red bull para mis copas, pero me deja traerlo de casa. Charlamos de nosequé hasta la hora de cerrar o hasta que me empiezo a poner incoherente y me saca el reloj. Con tanto red bull, para mí está amaneciendo, así que me voy a asomar a Malasaña, a ver quién hay y qué está abierto. Me cruzo con un patinete y por algún motivo me parece una idea brillante motorizar la ronda. Después de esquivar precariamente todos los bolardos, veo a lo lejos, en San Bernardo, un coche de policía. Como cuando circulas con un patinete no sabes cuántas cosas de las que estás haciendo son ilegales (probablemente todas), doy un giro en redondo optimista de más y me voy a la mierda. Se me ponen los morros, que es con lo que paro el suelo, como los de Carmen de Mairena; el cuerpo, ay, crujientito; y la mano de escribir, tonta. Aparco el patinete justo ahí, fingiendo una dignidad que ya se me podía haber ocurrido antes.