martes, 20 de junio de 2023

Lunes

Al retomar el libro, decidí también volver a los ayunos. Cuando escribía el primero, descubrí que las digestiones son inversamente proporcionales a la concentración y las reduje al minimísimo: sólo por la tarde o por la noche. Anteayer y ayer escribí sendos parrafitos que al menos me garantizan que hoy empiezo en otro punto, el punto pegado al punto, pero necesito esa ilusión de movimiento que al final arriba a libro terminado, lo sé.

Había empezado a llover, así que saqué del invernadero a la terraza esas plantas que me regaló aquel botánico loco de Donosti (tomates, chiles, pimientos...) y que no sé si van a pasar de esta semana. Y escampó. Salí disparado (siempre tarde) hacia una comida de unos chavales que han conseguido una estrella Michelin en su pueblo. De camino, mi amiga Y. me contó lo de su cáncer y lo que le espera. Estas cosas te dejan con ganas de vivir o de beber.

El primer cóctel, de un trago. Luego hubo otro y otro y otro y otro. Luego fui con mi amigo A. a Lovo, una coctelería nueva y oscurecida que se parece a… nada que esté a este lado del Atlántico. Y allí, otro y otro. Resulta que. en la calle, el sol de rayos-x se había vitaminado, 32 grados de canto para forzudos. A. me llevaba a una cata de tintos en el nuevo hotel de cinco estrellas más pijo de todos y empecé a ver que no era buena idea. Se lo dije. “Yo también estoy borracho, qué más da”.

En cuanto pisé la azotea, fui directo al baño a hacer algo que yo nunca hago. Sudoroso y amarillo, me senté en una esquina de la fiesta, con vistas a las tejas rojas y negras, a las azoteas del centro, a esos mascarones de la Gran Vía que no sé lo que son. Vino A. a presentarme a la organizadora, que me dijo que estaba muy pálido “no me encuentro bien” y volví a empezar sobre el suelo de alguna madera noble que tampoco sabía cuál. Entendieron la indirecta y me volvieron a dejar solo. Miré envidioso a una familia rusa que chapoteaba en la piscina con vistas. Ojalá estar potando allí. Y seguí con lo mío y allá fueron el mero del Cantábrico, los guisantes lágrima con cocochas, el tomate cuerno de los Andes, la presa de bellota en perigord y así hasta 11 platos, todos revueltos. Lo llaman fusión. ¿Qué fueron sino verduras de las heras?

Antes de lograr escabullirme de aquel hotel tuve que pasar por dos baños más. Eficientes y silenciosos empleados con fregona seguían todos mis pasos. Apenas me tenía en pie, pero tuve el detalle de salirme del perímetro de moqueta del hotel para terminar de vaciarme entre dos coches de policía, con la esperanza de que me auxiliaran o me detuvieran. Pasaron. Luego decidí tomar el metro, donde el conductor no te insulta si lo manchas todo. Y luego, no sé cómo, conseguí caer inconsciente en mi cama, después de atravesar en zigzag, y sin que me matara nadie, este barrio nuevo mío que no hacen más que decirme que es peligrosísimo, incluso los que viven aún más allá. Y más luego, ahora, muchos mensajes de disculpa: “bajada de tensión”, “la nueva dieta”, “tú sabes que yo bebo el doble un lunes cualquiera, a veces contigo J, y nunca vomito”. 

Y a seguir la semana a tope, que sólo es martes.

domingo, 18 de junio de 2023

Las olas

Me quedo en la verbena de Villaverde después del concierto de Burning, del pequeño subidón de “son las tres de la mañana y yo sin poder dormir” que me devolvió a los pupitres del cole y a esa pija bellísima de rasgos bizantinos y pelo largo y astifino que se las daba de macarra en el bar en el que nos pirábamos las clases para hacer el mal. El mal eran un ocho de chocolate y una cocacola, la máquina de Tetris y, a veces, escupirle la bebida al de enfrente de la risa. Yo no era de ese grupo de malotes, pero, como en todo aquel curso sólo conseguí llegar a la primera hora dos veces, estaba allí más que el camarero, y acabaron admitiéndome.

Tengo hambre, y con un pincho moruno en la mano aprovecho para fijarme en cómo sigue el mundo por los barrios. Primero en la ropa. Como siempre, no llego a ninguna conclusión. La gente se viste como le da la gana. Ellos, de camiseta y pantalón corto, se relajan más que ellas, que se suelen poner lo que sea que les siente bien, también mucho pantalón corto y mucha camiseta, pero más estratégicos. Aquí hay de todo, vestidos negros, minifaldas al reventón, un top verde manzana que deja la espalda al aire y lo de delante, casi. Mucho logo con el caballito de Polo, tendencia en el mercadillo.

A mi alrededor, en la caseta del PP, una familia china con los hijos ya creciditos mordisquea sus pinchos de carne en silencio; una pandilla de rasgos americanos que se acaba de despedir de la adolescencia juega a que son mayores y coge una mesa en la terraza, el tono lo marcan ellas: sonrisas, no risotadas; un grupo de niños habla muy serio de sus cosas, debaten a qué jugar después, sólo uno está con el móvil; una niña de ocho años le da un beso en la boca a su madre, y luego le pide otro y otro y otro.

En las verbenas de barrio hay muchas más casetas de tiro que atracciones. En la de los dardos y los globos, un grupo de chavales vitorea al amigo cada vez que falla el tiro, que son todas las veces; la de las escopetas de corchos está tan trucada, con la mirilla tan desviada, que el encargado lleva cara compungida de serie, porque los corchos dan en el techo y allí nadie le acierta a nada; un chaval de 10 años aprieta la frente y se concentra como si fuera la ronda de penaltis de la final del Mundial, pero no hay quien le meta un gol al muñeco del portero que gira a toda velocidad y tapa toda la portería. “Siempre gana” pone en una de las casetas, y es lo contrario.

En lo que en mis tiempos de feriante se llamaba el ET, el disco que gira rápido y te centrifuga, una delicada adolescente con los ojos grandes y la piel porcelanosa, con un pelo largo que se diría peinado cabello a cabello, se levanta al centro y enseña los dientes y el dedo corazón a todo el mundo. La más malota de toda la feria. Tan tierna. Así que el mundo sigue ahí, siempre el mismo y siempre renovado. Si acaso, el que a menudo no esté sea yo. Con lo fácil que es coger una silla y un pincho moruno.

sábado, 17 de junio de 2023

Un sótano más negro que mi reputación

No, si ya sé, si yo lo entiendo todo. Fíjate que, recorriendo tu libro en diagonal, por buscarme, lo primero que me ha invadido, inesperado, es el recuerdo de muchas chispeantes charlas con vino, de algunas noches divertidas, de los buenos ratos de lectura mutua que nos llevaron a tomar la decisión que tomamos. Cosas en las que había pensado poco desde entonces. Y fíjate que leyéndolo con un pie en el que fui, en los que fuimos, me alegro sinceramente cuando describes lo feliz que te hace esa vida de aplausos que al final te conseguiste. Y me estremezco de pena cuando detallas tus síntomas, el dolor presente y el futuro. Y sé que perdonar es terapéutico y olvidar ni te cuento, y que a estas alturas qué más da. Pero mira, cuando te me has aparecido aquí o allá, en las escaleras de la Sala Sol o en algún enlace en redes, posando de Madre Teresa, no he podido evitar la náusea pensando en lo miserables que fuisteis con una niña que no le hacía mal a nadie, la que jugaba conmigo a que estábamos enamorados, la que tenía una única herida sobre la que os ocupasteis de echar paletadas de sal. Por envidia, porque podíais, por lo que sea, que nunca he querido excavar en ese pozo. Yo sigo sin tele, pero ella te habrá visto más a menudo, y puedo imaginarme lo que siente. La espléndida madre pija que es ahora, la que espero que sea tan feliz como sale en su doradito Instagram, la que parece que sigue viviendo ajena a todas esas sordideces que a lo mejor tú y yo sí que conocemos, tendrá que volver a entonces. A toda esa pegajosa sensación de que no valía para nada, ni entonces ni nunca, con lo que ella brillaba; al chapapote que te encargabas de depositar en su orilla cada día. Porque eso que le pasaba entonces te acompaña para siempre. Y aunque quiera recordarme que yo también me he equivocado mucho -quizás no de una forma tan abyecta-, como todos, que yo también he cambiado, como todos, no se me va de la cabeza lo que sentirá ella cada vez que apareces en su pantalla. Y leo tu siguiente parrafito, ese que puede que me dediques a mí o a cualquier cosa, quién sabe, y sé que en el fondo sigues siendo ese mismo, poses de lo que poses, y que sus lágrimas no te han provocado, desde entonces, ni un segundo de remordimiento.

miércoles, 14 de junio de 2023

Carmen y Fausto

Esto es un descarte del nuevo libro.

Fausto había nacido en el pueblo con un destino marcado de salinero, como el de su padre y el de sus hermanos, todos de ojos achinados para defenderse del acoso del sol por arriba y por abajo, en forma de bola o de reflejo, azul sobre las aguas estancadas, blanco como la nada desde la propia sal. Para huir de toda esa luz quiso buscar los trabajos más sombreados posibles, y encontró uno en el cine Macario y otro en el Cementerio Municipal, de enterrador. El acomodador de vivos y muertos, le decían. De aquellos acomodos y de aquellos hoyos le vendría muchos años después la vocación de hortelano. 

El punto en el que su vida hizo click, que en su caso fue catacrock, ese momento en el que se decide lo que será, ése que sólo ves de viejo cuando lo miras de lejos, ya con la historia completa, fue un viaje con su jefe a Madrid, a visitar las casas de películas por unos asuntos nunca aclarados. Fausto ya tenía veintitodos y un capitalillo en el banco con el que empezar a pensar en pagar la entrada de una casa en la que formar una familia. Lo que no había tenido nunca era novia. A bordo del Seat 131 Supermirafiori rojo del jefe, con las ventanillas bajadas para combatir casi nada el calor de un agosto que ponía borroso el paisaje y llenaba el asfalto de espejuelos, hicieron todos y cada uno de los 800 kilómetros a la capital sin parar ni para sacudirse un poco el fuego. Cuando pusieron el pie en la Gran Vía, ya con un brazo más negro que el otro para todo el verano, se había formado una de esas noches prodigiosas del estío de los rodríguez madrileños: pocos coches, mucha luna, algo de brisa, nada de prisa. Así que, cuando el jefe dejó adivinar los verdaderos objetivos del viaje dirigiéndose directamente del parking al Pasapoga, Fausto se dijo por qué no.

Desde la puerta, mientras cumplimentaban al portero, que les cobró una pasta, le llegó una risa que iba del arpeggio al jojojo sin transición. Venía de un grupo de amigas que se despidían en el ropero de sus finas chaquetas decorativas y sus bolsos de casi piel auténtica. Carmen no era la más bella del grupo, quizás la que menos, pero había algo en su mirada que a Fausto no le dejó ver ya más. Ni la orquesta en la que las versiones de Machín las cantaba el propio Machín, ni las parejas que se unían y separaban en las cuatro pistas al ritmo de los nonono caballero, ni los mármoles neocubistas de colores, ni las butacas en curva de los reservados, aún con la marca de las posaderas de Jorge Negrete y Ava Gardner, deidades del acomodador que, acodadas en la barra, esa noche le dieron un poco igual. Los espejos versallescos y las lámparas diamantinas se pasaron toda la noche multiplicando hasta el techo, tostada por los oros del artesonado, la imagen de aquella chica flacucha, liviana y nerviosa, fanática de lo que le llamara la atención, que lo hacía todo con todo el cuerpo: reír, hablar, los morritos.

Sería el acento, sería la planta garycooperiana, pero Carmen no dijo que no cuando Fausto la sacó a bailar. Y tampoco cuando la invitó a un martini (“¡hasta arriba de aceitunas!”) ni cuando le ofreció acompañarla a casa paseando. El resultado fue que, cuando, días después, su jefe anunció que se volvía, Fausto declaró que se quedaba. Se instaló en un hostal de la calle Mayor; cambiaba sus dos sombríos empleos por el incierto firme de unos días radiantes de los que sólo sabía que le habían deslumbrado hasta no ver más. En razzias nocturnas por la Gran Vía y paseos de mediodía por las Vistillas, en incursiones al Segoviano y cócteles en Chicote, gastó los tres mejores meses de su vida, unos en los que se levantaba con una sensación irrompible de que todo estaba bien, hablara con quien hablara, viera lo que viera; un drama en el cine, un posadero mal encarado, una resaca que le volvía el estómago del reves, de todo se reían. Una fascinación tan gratis, tan garantizada un día y otro, que pensó que el mundo ya era así para siempre. También gastó todos sus ahorros sin preguntarse ni una sola vez qué pasaría después. Y una tarde, mientras Carmen se abandonaba en sus brazos al abrigo de una pérgola del Retiro, le comunicó que sólo le quedaban unas pesetas, que tendría que empezar a pensar en cómo seguir financiando toda esa felicidad, que era el momento de hablar de compromisos y futuros. La risa estrepitosa de Carmen desapareció esa misma noche; todo su cuerpo se convirtió en un aparatoso, fanático y apasionado no.

Para cuando Fausto volvió al pueblo, en un crujiente vagón de quinta, ya le habían sustituido en ambos trabajos, y lo único que le quedaba era una habitación angosta en la opaca casa de su madre y un bocado de tierra cerrado de malezas que había sido el huerto del abuelo.

domingo, 2 de abril de 2023

En forma


En un ataque de nostalgia suicida emergido oportunamente del infierno, invité a todas mis ex al cumpleaños. M. no contestó; L. dijo: "eres un Dorian Gray"; G sólo "gracias" y no dijo más; C, que estaba de 7 meses; y J aprovechó para bloquearme, que se le había pasado.

sábado, 1 de abril de 2023

Un cuento lleno de ruido y furia

Ahora entiendo eso de que es un suspiro. Una única respiración que va desde que te abren los pulmones a azotes hasta el cierre, cuando encienden las luces y suena Lily Marlene y el portero te saca a empujones. Y ves a lo lejos las exhalaciones redondas, cuando el sol calentaba hasta el fondo, cuando los abrazos traspasaban y oías cada nota de las canciones. 

viernes, 3 de marzo de 2023

Prefiero tener suerte a tener buen corazón

A mí ya me iba mal de antes

Me dicen que si la llamo no lo va a coger. No he llamado ni una vez desde que nos metió aquel gol en propia puerta, pero es bonito saber que fantasea con que la llame para no cogerme. También que lo que pasa es que ella no quería un novio, culpa mía por no notar las señales. La de no despegarse de mí o la de retenerme por las buenas cuando decidía irme o la del dramón aquella vez que le retrasé el vernos. También que está muy enfadada conmigo. Normal, es indignante todo ese amor, el cuidadito y el sexo pródigo cuando estás esperando que te traten como siempre.

Y es por eso que ya está, que ya estuvo. Que no me vuelven a pillar en una de esas.

Qué tontería todo y qué desperdicio. Qué enorme estupidez pequeñísima. Como si nuestra felicidad dependiera de otra cosa que de nosotros mismos, como si le importara a alguien más.


domingo, 26 de febrero de 2023

Lo que pasó después no sé si te sorprenderá

Me había instalado en el ático de Mario para cuidarle los gatos y regarle las plantas. Me habían robado el móvil en esa playa de Cádiz que es mi preferida. Lo es por ese atardecer gratinado sobre el faro, pero también porque a pesar de ser sólo una playa (arena, cantos, olas nuevas iguales) siempre me escribe párrafos a la biografía. Por contar las más recientes, hace tres veranos aquella chica de ojos de fuego negro me hizo piececitos bajo la arena y yo no lo supe interpretar porque hace falta un doctorado para interpretar que te hagan piececitos en la arena. Luego, por vestirme de jipi (bolsillos anchos), en el segundo viaje del año, perdí las llaves del chalet y mi primo tuvo que saltar la valla porque yo no sabía ni dónde poner el pie. Hace dos, esa otra chica me besó en la orilla y se perdió conmigo entre las dunas y allí empezó toda aquella historia de amor eterno que duró en lo que le entretuve el verano. Este año, remontando un viaje que estaba saliendo a la virulé, llegábamos por fin a esa playa y a las estrellas y a las olas y a mi espíritu elevándose, cuando mi amigo se enfurruñó a la vez que yo perdía las llaves y las tarjetas y el dinero y todo se fue al suelo.

Para la historia es importante lo de que perdí el móvil, porque tuve que hacerme con un número nuevo y se me ocurrió que con él podría esquivar la condena de Tinder, que me tiene vetado para toda la eternidad porque, precisamente en esa playa, Lucía y yo tuvimos la idea de ponernos juntos en una foto para hacer amigüitas y alguien me denunció y cojito pa to la vida. Tinder ha cambiado y hay muchas más mujeres con barba y otras maravillas, pero yo sigo siendo un proscrito.

En Tinder he puesto de todo, fotos por el mundo, textos en los que explicaba que era un viajero en el tiempo que buscaba a la chica que iba a salvar el futuro… Pero esta vez sólo encontré una subasta de carne (hiperinflaccionada) que daba perecita. Al principio puse unas fotos mías aparentes y un mensaje: “En este mercado de la carne que es Tinder, me siento una acelga”. Con el éxito habitual (ninguno). Pero luego se me ocurrió una idea, al principio, un chiste. Busqué un par de imágenes de cadenas y látigos en Google, las primeras que salieron, y escribí una sola frase “¿Has pensado alguna vez en ser obediente?”. Lo que pasó después, no sé si te sorprenderá. (pero en vez de contarlo voy a responder a preguntas en los comentarios).

miércoles, 22 de febrero de 2023

Universos sueltos

Diréis que soy un veleta, pero ahora quiero montar una empresa. Tengo una idea millonaria en algo que sé hacer y sólo falta que quien tiene que poner la estructura también lo vea. Será un todo al revés, será menos tiempo para escribir, pero puede que entonces escriba más, que me conozco. Y, sobre todo, será un cambio de esos míos de cada cinco años, lo que duran los contratos de alquiler; de esos que necesito y en los que despierto al ave fénix que hay en mí. También podría ser salir de la cochambre y volver al modo ático en el barrio Salamanca, que no lo necesito, pero sería gracioso. En los prolegómenos me estoy viendo venir el infarto, ya van varias noches de taquicardia. A dos amigos, gente que me pide textos, les he oído este mes: es muy bueno, pero es vago. Perfeccionista les dije, vete a saber. Aquí se trata todo de delegar: estoy aprendiendo. Me voy mañana a México y teledirigiré con un mezcal en la mano por primera vez. Si no funciona, seguiremos con el plan anterior, me sentaré a escribir, terminaré los cinco libros en cola, volveré a coger sitio en el lado salvaje.

También está divertido este escribir en segunda persona, como si hubiera alguien leyendo, cuando desde aquí se oye muy bien el eco.

miércoles, 28 de septiembre de 2022

Un verso suelto

De lejos me han parecido dos rumanos, por las pintas modestas fuera de tiempo. Pero no, son un cura y una monja, él, de negro entero, con alzacuellos sobre la camisa de manga corta: ella, con un vestido azul que no parecería un hábito si no estuviera rematado por un cordón blanco a la cintura. Debajo, una camiseta de una tonalidad de azul conjuntada que prueba que se viste mejor que yo. No lleva toca, sino una coleta que dice, a cara descubierta, que es guapa, y más que lo habrá sido, porque está en sus treinta. Ambos llevan el mismo modelo de sandalias, unas chanclas gruesas con mucho correaje. Sólo habla ella; él baja la cabeza, absorto en su oficio de escuchar. Lo de ella será más callar, así que no piensa dejar escapar esta oportunidad y este interlocutor. Por cómo gesticula, parece una mujer de acción, habla con determinación, aunque no le entiendo nada las tres veces que pasan junto a mí. A él, en su voz baja y salmodiosa le entiendo “abrazamos el caos que completa” en la única vez que mete baza, en la cuarta vuelta al parque.

¿De qué iglesia o congregación vendrán si no hay ninguna por aquí? Antes, todo esto era campo, y los edficios feos arraigaron con mucha más vitalidad que las iglesias feas de los 70, que cuando quisieron espabilar ya no tenían hueco por este lado de Carabanchel. Hay un cementerio antiguo muy de afueras con tapias que dan a mi casa y a este parque; ahí habrá una iglesia.

Yo lo llamo parque, pero son unas instalaciones deportivas con bancos y árboles. Sólo que casi nadie le da al deporte. A veces, unos mazaos derraman sobre la cancha los sobrantes de testosterona en unos partidos de futbito singularmente agresivos y ruidosos. Los niños endurecen sus calaveras en el parque infantil. Y una chica, siempre la misma, solía hacer eses sobre la pista de patinaje, hoy no. Lo demás somos jubilados, paseantes de perros, paseantes de ancianos, algún raro vagabundo y algún más raro lector, o sea yo.

Me estoy comiendo un pastel y leo El libro doce de Carmen Jodra hasta que me echan de allí la simultáneas conversaciones al móvil de la rubia rebotona del perrazo dorado y de un tipo de camiseta negra heavy que, para no dejar de liarse el porro, ha puesto en altavoz su discusión educada con la centroamericana que le quiere hacer una encuesta sobre tabacos. Pero antes, me había dado tiempo a juguetear con la idea de leer versos sueltos, extirpados del poema, a ver qué tesoros me encontraba. Y, en lo que me levanto, ya tengo rematada la idea: crear una cuenta de Twitter (@1versosuelto) para ponerlos en fila a ver si entre todos hacen un poema nuevo.

sábado, 23 de abril de 2022

No es fácil de contar.

No ha tenido ningún sentido. Sé, porque me lo tengo muy mirado, que las cosas no se hacen así. Terminé el libro en noviembre de 2020. En enero lo mandé a un agente, que tres meses después me dijo que no lo veía, y que, en estos tiempos, si no lo ven claro, nanay. Porque no es un libro para agentes, que buscan otras cosas, cosas de dinerito. Luego, de vez en cuando, lo mandaba a los concursos de los pueblos. Pero no es un libro para concursos, donde buscan otras cosas, cosas que no les compliquen mucho la vida. Que, dependiendo del concejal, son o bien que tengan aire de experimento o bien que avancen mascaditos y  lineales (planteamiento, nudo, desenlace) para que se entiendan bien, para que nadie les pueda decir "pero qué carajo habéis premiado" antes de tirarles el pilón.

Así que, ahora ya sí que sí, vamos al turrón. Lo voy a mandar a editoriales que no me lo han pedido, porque en cada editorial buscan una cosa y quién sabe. Y cuando eso falle, me lo autoeditaré. He hecho un texto de presentación para las editoriales que ya sé que es demasiado largo, pero que espero que sintonice con alguien, con una sola persona me valdría. Aquí va:

 

No es fácil de contar. Sale un jípster de pueblo, pero no es ese hípster ni es esa España vacía; hay una verbena, pero no es Feria; aparece un tipo en burro, pero no es Panza de burro. Todo empieza con una historia de amistad y descubrimiento que rompe la superficie de espejo de una piscina helada, con agua de pozo, en la estepa pinariega castellana.

Hay cinco historias en las que, sin salir de ese pueblo, se viven los fogonazos de una primera amistad adolescente y un primer amor; una ruptura y la locura de su depresión vistas desde dentro; la nada de los modernos malasañeros vista desde fuera; un caso detectivesco sobrenatural (o no) en el que el bien y el mal se tocan tanto que se confunden; y una pelea entre la cocina tradicional y la tecnoemocional en la que todos salimos perdiendo. Y luego está el capítulo final, en el que todo y todos confluyen para darle un nuevo sentido a lo que hasta entonces eran trocitos de vida pueblerina deslavazados a lo largo del camino. Y, después de eso, nada (y cuando digo nada es NADA) volverá a ser como lo conocemos. En este libro, lleno de referencias y juegos, todos los finales son abruptos y le dan un nuevo sentido a lo que acabamos de leer.

Y hay 7 protagonistas: cinco son masculinos y uno es femenino, Diana. Al principio, ella es un personaje de la vida de los demás, que la cuentan a su modo. Pero en el último capítulo se explica y su punto de vista lo vuelve a cambiar todo. Digamos que se apropia de la polisemia de su nombre, Diana, para pasar de ser el objetivo de los amores y humores de los demás al toque de corneta que despertará a todos, incluída ella misma. Así que también se puede leer como un historial de relaciones fallidas o como la evolución del amor entre la adolescencia y la madurez o como un relato de las distancias entre las miradas de los otros y la del yo o como…

¿Y el séptimo personaje? ese es el pueblo. Uno concreto, que sale por todas partes y se cuenta más a fondo en un prólogo que lo retrata y en los pequeños textos que dividen los capítulos (los ambigús) a través de momentos de su historia detenidos en el tiempo. Un pueblo, y eso es una novedad, que se cuenta de una manera que no es condescendiente ni exotizante, pero que sí que está llena de vida, una vida hecha de pasados y futuros resintonizados en el presente, como todas las vidas.

viernes, 22 de abril de 2022

Tú estarás muy buena, pero yo he leído a Faulkner

Todo es el punto de vista.

Por ejemplo, soy un dios, lo que pasa es que se me olvida mucho. Creo mundos cuando escribo y quien no se entusiasma al leerme es que no puede entenderlo, no sabe, no lo tiene. Sobrevuelo a toda la gente de este garito, de esta ciudad, en ocasiones, de este mundo. Veo las cosas como son, porque las veo desde arriba, desde fuera, todo es de cristal para mí. Y ni siquiera lo entienden cuando se lo explico (¿por qué lo hago?) hasta que me convenzo de que seré yo el equivocado. Pero no lo soy.

Por ejemplo, sé de siempre que las relaciones son la mentira universal, que sólo me alejan de la hoguera que soy, que sólo me castran, que me dedicaré a hacerlas felices e iré dejando ahí la incandescencia sagrada que me pertenece. Que nadie va a entender de verdad lo que quiero hacer, sólo van a isuponer que algo de mi brilli terminará espolvoreándolas, pero no imaginan la escala del fulgor, porque los sistemas con que lo miden, las materias con que lo comparan, son de otro planeta. El mío nunca lo han pisado. Cuando se trate de follar, diré que tengo un millón de euros en el banco, qué más da, esa es la métrica que quieren oír. Cuando se trate de otra cosa, me recordaré que he renunciado a todo, como un cartujo, por algo, y que no voy a regalarme ahora por las migajas sólo porque fuera esté lloviendo y buah.

El punto de vista lo es todo: recuerda desde dónde escribir.

jueves, 14 de abril de 2022

En una sola encarnación nos da tiempo a convertirnos en nuestros propios fantasmas, que recuerdan de cuando existían lo rico que sabía y olía todo; el ruido y las ganas de lo siguiente. Ectoplasmas que miran todo eso, la vida, desde el otro lado.

miércoles, 13 de abril de 2022

Disneylandia todos los días (posible título)

En el duermevela no recordaba el nombre de mi madre. Me salía Lolita, pero me sonaba raro. Loli, era Loli y me ha costado llegar a Loli. Así la llamaban sus amigas, sus hermanos, ¿su madre? Sí, seguro que su madre también. Tengo un puñado de recuerdos de ella, estuve 19 años con ella, que como fueron los primeros se supone que cuentan más, que se graban del todo. Pero también están lejos y muchos se quedaron donde no tenía lo que en el cole llamaban "uso de razón". Resulta que no sé si la conozco, pero me estaba preguntando si me conocía ella a mí. Recuerdo estar los dos en el balcón mirando los tejados de la ciudad, los montes alrededor, desde el octavo piso. ¿Estábamos en silencio mirando el atardecer? ¿Puede que por eso me gusten tanto todos los atardeceres? ¿El mejor momento de mi vida, el de más paz fue cuando me acariciaba el pelo y la nuca apoyado sobre su orejero, ese sillón que tuvo tantas ganas de tener? Puede que por eso me enganche a las chicas que me acarician la nuca o que potencialmente quizás algún día lo hagan. ¿Éramos dos desconocidos?

Me paso la vida haciendo cosas que ocupen mi cabeza para no pensar, porque para mí pensar es recordar y recordar es un dolor, porque los recuerdos están hasta arriba de quienes no están, que cada vez son más, y más importantes, porque ya no está casi nadie. Así que ahora juego al póker, pero antes bebía de más o leía compulsivamente o me enganché a series sin descanso, o a las tragaperras, con la poca épica que tiene eso. En los mejores casos, he escrito, pero supongo que eso no me desengancha de los recuerdos, porque casi nunca es el método que elijo.

David me decía que me ahorrara lo del sicólogo y que le invitara a una caña y le contara las cosas a él, que era más barato. Ahora David tiene una novia nueva y quiere que funcione. Solo le vi unos minutos, pero está claro que quiere que funcione, no quiere equivocarse ni dar un mal paso. ¿Estuve yo así este verano? Exactamente así. Supongo que lo alternaba con mi fatalista “las cosas se terminan y no hay nada que hacer, así que no lo sufras”. Pero sí, estaba viviendo en ella, en su piel, por lo que recuerdo. Y era la manera más efectiva de no recordar, estuve todo el rato mirando al frente, mirando alrededor, viendo. Fue un relámpago, con todos los componentes de un relámpago, como lo que tienen de inesperado. No sé de dónde vino ni lo sabré nunca, porque, con los relámpagos y con los chistes pasa que si les buscas la explicación te dejas fuera lo que los hace ser lo que son: la chispa. 

“Piensas que las relaciones son Disneylandia” fue su despedida. Pues claro, fue el recreo de mis campos de concentración habituales, abrir los ojos por fin, ver a alguien que además me veía. Disneylandia todos los días (posible título). Pero no, no es una broma, no ha tenido nada de ligero y, cuando cerraron el parque y me sacaron de allí a empujones, todas las veces en las que me han expulsado de todas las disneylandias volvieron conmigo. Y va siendo hora de dejar de decir y decirme que todo está más o menos bien, que no es como la otra vez, porque llevo ya meses viviendo en una partida de póker continua donde no hay que pensar, no se recuerda, no duele. La vida va pasando y no la quiero vivir. Hoy me he levantado con un dolor en el pecho y habrá que llamar al médico y pedir las pastillas aquellas antes de que se vaya todo al carajo definitivamente. Habrá que amortiguar el efecto de todos los recuerdos de todos los tiempos para aprender a vivir fuera de Disneylandia otra vez.

lunes, 29 de noviembre de 2021

con tus piernas ardiendo en el salpicadero 


Voy a aguantar lo que me eches,

No me iré así -le dije-

Porque vale la pena

Aunque no suene demasiado sexy.

 

No me dejes estropearlo

-eso me dijo-.

 

Yo voy a levantar un parapeto

Insuperable para tu fuego amigo

-eso no se lo dije-

 

Yo voy a pelear contra demonios míos

No les alentaré ni daré cuerpo

Ni les voy a prestar los argumentos

-eso sí que nunca me lo dijo-

 

Ahora

Pienso mucho en la muerte,

Aunque no suene demasiado sexy

viernes, 1 de octubre de 2021

A ti te ocurre algo, yo entiendo de estas cosas

Me levanté con la idea de ir directo al gimnasio. Llevaba las gafas de nadar, por si me decidía, pero al final, como siempre, me metí en la piscina de chorros. Sentado en esa especie de jacuzzi con hechuras de baño romano, a un lado tenía las pistas de pádel y al otro el ventanal del gimnasio, en el primer piso. En la pista de dobles, tres chicos que se habían puesto lo primero que habían pillado, y una chica sobreequipada, con unas gafas de sol azuladas. Era la única que estaba tensa, seguía a la pelota con cabeceos de depredador, pero nunca le llegaba. Cuando por fin le lanzaron una, ni la olió, y se puso a quejarse de algo que no entendí. 

El largo cristal que da al gimnasio es un retablo en el que la humanidad se acuclilla, se encoge o se estira para empujar plataformas y tirar de poleas. Mirarlo me relaja, pero, a veces, el esfuerzo lo hace alguna chica modelada en bronce o en plastilina que me produce el efecto contrario. 

Salgo a la calle, compro dos pasteles, esquivo a un par de perros que me ladran y me siento a comer con un libro de diarios en un banco que tiene algo de sol y algo de sombra. Una señora pasa con su perro en miniatura por el medio de una pista en la que practican unas preadolescentes con patines en línea y se lleva una reprimenda zafia, con tono alto y bronco, que versa sobre la educación de los mayores. Cuando se van, su lugar lo ocupa una entusiasta madre primeriza con un niño que ha aprendido a andar hace nada.. Se ponen a una distancia corta y ella le tira despacio una pelota de colorines que él mira pasar con un movimiento de cabeza. “¡Cógela! ¡venga, a por ella!”, le grita la madre, motivada y cantarina. Él, mira a la madre y mira alejarse la pelota. Y los vuelve a mirar y los vuelve a mirar y la madre le sigue gritando que la persiga y no se mueve del sitio. No sabe cómo le entiendo.

miércoles, 29 de septiembre de 2021

Se está haciendo de noche demasiado pronto

En un mes cumplo años y no sé cuántos cumplo. He cogido el año en que nací y me he puesto a hacer cuentas, primero con los dedos. Sigo sin tenerlo claro. Si ni siquiera recuerdo la cifra ¿Cómo iba a acordarme de todo lo que pasó? Hubo días buenos a montones y ojalá estuvieran aquí, aunque fuera solo en recuerdo. Ojalá convocarlos para que me hicieran compañía en una tarde polvorienta como ésta, en la que lo que sí que recuerdo, el día de hoy y un poco el de ayer, no significa nada, y se está haciendo de noche demasiado pronto sin que ni un solo minuto haya valido el desgaste celular de vivirlo.

(Fragmento del libro que no será "Transhumante")