domingo, 22 de noviembre de 2020

No te hablaré de eso

Elvis Presley

No te hablaré de amor, no te hace nada.
Recuerdo cómo era con tus ex,
cuando el retrovisor de espejismos patéticos
que al menos te follabas. Pero ya no eres esa.
Te hablaré de deseo, que lo inventaste tú
y ahora es la lengua muerta.
 
En las albas que anima tu recuerdo
me vuelan pajaritos en las venas,
sucias bandadas cuánticas que alzan
el peso de tu pecho galleta y huevo frito,
la selva y humedal de pegajoso acento
con que siempre me tumba tu fantasma.
 
Y uno y otro mes y un año, un lustro,
a veces tres por día o cuatro o cinco,
las que pida la coca, el redbull, la resaca. 
La contabilidad del holocausto
es tan agotadora como un cielo estrellado,
la arena de la playa y las gotas del mar
y el Eclesiastés de los cojones.
La cuenta es de diez años
por doscientos cincuenta
millones de individuos 
por trescientos sesenta 
y cinco días.
Sale casi un billón,
con b de absurdo,
de espermatozoides despeñados
desde que no hemos vuelto a hablar de eso.

jueves, 5 de noviembre de 2020

Mofeta en su tierra

Pues ya ha pasado, ya me he alcanzado. No tengo más material diario semidiario que publicar aquí.

El experimento ha sido un fracaso enorme precisamente porque ha sido un fracaso mínimo, irrelevante, a unos átomos de nada de la inexistencia. He fracasado con todo. Fracasé en lectores, 50 diarios de media durante estos meses, la mayoría desde Estados Unidos. Casi nunca he llegado a los 20 por post, ni aunque lo enlazara en las redes. Fracasé cuando puse un mensaje durante días pidiendo comentarios y recibí cero comentarios. Fracasé cuando puse un formulario durante semanas prometiendo una newsletter a quien se apuntara, pero sólo recibí un correo que decía hola k ase y era mío, para ver si es que esto funcionaba o qué. Fracasó mi idea de sentirme menos solo mientras escribía e incluso la que no me reconocía de sentirme menos solo porque alguien real aparecería por aquí o por el bar de abajo. Fracasó la intención de tunear formas y contenidos al corregirlo un mes después, porque no tenía mucho sentido editar una polaroid, y le peinaba las comas y a publicar.

El algoritmo de Google no me ha dejado de odiar ni un milímetro. Ningún puchero le ha enternecido. A ratos he sido bastante turras y debería haber salido más a menudo de mi cabeza para recolectar los temas con los que he terminado de hundir este blof (blog+bluff). Tendría que haber contado más a menudo lo que ha pasado, porque cosas han pasado, como todo eso de la pandemia. No hablar demasiado de eso debe de haber sido lo mejor del blog. Porque opiniones he tenido, como esa sobre el fatalismo con que se aceptan las medidas aleatorias que se contagian como modas entre gobiernos, esa sobre el adictivo y rico vicio de prohibir cosas a bulto o su hermano aún más feo, el volver cosas obligatorias a voleo. El mundo necesitaba escuchar mi "oigo patria tu aflicción", pero ya para otra pandemia.

Podría haber metido alguna movida, la fuga de Ariel del piso porque va a ser padre, y la búsqueda de un nuevo compañero en día y medio, porque al día siguiente huíamos los tres como ratas del Madrid debate de La Sexta. Y allí estará, él solo, ese mejicano tan discreto que vivía con sus padres y nunca había salido de su país. Estará o no estará, qué sé yo, no he vuelto a saber nada de él. 

O mi viaje a Ibiza en avión, pendiente como un crío de la llegada para ver la isla desde arriba para sentirme un poco astronauta, y cómo me dormí contra la ventanilla unos segundos antes de que apareciera. 

O la excursión en bici a Cala Bassa, entre pinos, caminos de cabras y carreteras en las que los de los coches no distinguían si mi pachorra veranoazulesca era un efecto óptico o es que iba marcha atrás. 

También podría haber traído a artistas invitados, a Lucía y Yoyo en la última vez que les vi en Madrid. Podría haber sido graciosa la escena en la que llegamos tan borrachos al sótano de Yoyo que ella bajo las escaleras por donde no estaban y se hizo no se qué de unos líquidos fuera de sitio en el brazo y se tumbó en el sofá quejándose del dolor y me empecé a poner las rayas en su escote y llamamos a un amigo médico a las tantas y nos dijo que si lo podía mover dejáramos lo de urgencias para cuando se nos entendiera mejor y cómo Andrea me pasó su porro y acabé abrazado a la taza y si me movía un centímetro el mundo se volvía remolino (de váter) y Lucía gemía al otro lado de la puerta, sólo la mitad de dolor. Y cómo se cogió el virus al día siguiente en urgencias y cómo sabemos que se lo cogió al día siguiente porque nos besuqueamos mucho y yo no lo tengo.

Podría haberle puesto épica a la noche en que salvé la vida a un inglés canoso y borracho que se cayó al agua con su bici al salir de su barco y solo dijo help help help help hasta que le saqué y entonces lo cambió por fuck fuck fuck. O contar cosas más sencillas, como los largos paseos por la costa en bici o a pie o los baños extemporáneos en el Mediterráneo con los que a veces me acuesto y a veces me levanto. O cosas menos sencillas, como el recuento de las botellas de vino y de vodka que me he terminado aquí en esta terraza con vistas al mar y a las fotos de las chicas de las redes sociales de ligar con citas de Paulo Coelho de las que copian hasta las faltas de ortografía y que no quieren quedar conmigo aunque yo lo único que quería a esas alturas (que son éstas) era no beber solo.

Cualquier mandanga hubiera funcionado mejor que las espirales paranoicas a las que les he puesto letra mala y música dudosa.

Pero aquí estoy, 18 años, 7 meses y 17 días después de empezar este diario porque me sentía un poco solo en Madrid; escribiendo desnudo y solo en Ibiza después de bañarme desnudo y solo en el  Mediterráneo, con una copa de un vino que, condescendientemente, se llama ¡EA! y con vistas a una bahía en la que el mar es de piscina de plástico y ya no me dice nada después de mes y mucho mirándolo a diario; con el sol dándome en la cara y la palabra fracaso tan en los dedos, tan de la casa, que la he querido escribir muchas veces pensando en los fracasos que vienen y -yo tampoco lo entiendo- con ganas de los fracasos que vienen. A por el siguiente.

sábado, 31 de octubre de 2020

La noche en que conocí a Laura

La noche en que conocí a Laura en el Tupper me contó que tenía dos trabajos, niñera y stripper. “Como en Ana y los siete”, nos reímos. Tenía un tatuaje que le ocupaba todo el pecho. En el centro estaba la cabeza de una niña (que era ella) de la que salían ramas de manzano (que eran sus enredados futuros). Tampoco sé si era un manzano, recuerdo las manzanas que igual no estaban, pero pienso ahora que sí. Acabamos la noche colándonos en la parte de arriba y escondiéndonos detrás de la barra recién clausurada para siempre, para beber, desde el suelo y a morro, las botellas que quedaban por allí, mientras ella me convencía no sé cómo de que en el bar les iba a parecer bien nuestro pillaje de salteadores etílicos.

Esta noche me la reencuentro en Instagram al pinchar en una foto de un after casero ya rococó en la que nos etiquetaron a los dos hace mucho. Recuerdo esa noche, o esa mañana, que empecé desnudándome encima de una mesa y que acabé con más ketamina de la que me recomendaban y recorriendo un túnel. No un túnel con luz al final, sólo un túnel.

Las tres últimas veces que hablamos fueron un descenso trepidante hacia el adiós. La antepenúltima quedamos en su casa. Llenamos una de las paredes de su cuarto de post-it en busca de un proyecto en común cuya única coherencia era que queríamos tener un proyecto en común. De aquello salió una idea difusa de un blog de vídeos malasañeros y otra más concreta de recitar nuestros poemas en algún slam. Recuerdo los suyos, sucios y rabiosos, largos y sin tregua. Tenían algo o más bien gritaban, berreaban que ella tenía algo. Por un ventanuco enano salimos a la terraza que se había inventado sobre unas tejas que daban al aire de Malasaña. Nos prestamos dos libros. Yo, Las afueras, de Pablo García Casado, que espero que siga teniendo, pero que seguro que no, porque es un adiós a una forma extinta de escribir poesía, la mía también, que no creo que le dijera nada. Ella, el Querido diario de Lesley Arfin, con toda esa parte central emborronada de heroína que tanto nos advertía y que termina expandiéndose hasta ocupar todo el libro y todo su recuerdo. Las páginas estaban manchadas de purpurina.

La penúltima vez que hablé con ella fue en una calle de Malasaña. En el lugar donde tan bien nos habíamos entendido todo me contó algo terrible que le había pasado en París y no supe qué decirle. Pensé luego que allí, en ese proscenio donde habíamos sido felices, en un encuentro callejero casual no podía decirle nada que mitigara la metralla de esa bomba que traía y seguirá llevando, y que entonces arrojó entre nosotros. Ahora pienso que da igual, que no habría sido distinto si me lo hubiera contado en una barra, en una academia, en una cabina de sex shop, en un cementerio. ¿Qué hubiera cambiado eso? Las bombas no distinguen dónde las desentierras ni, casi, en qué las envuelves.

La última vez que me llamó me pidió algo que no podía darle. Digámoslo, qué tontería, fue dinero. Justo en la semana en que me iba a vivir con mi hermano porque no tenía fuerzas para conseguir la mínima mierda que necesitaba para seguir, porque no quería seguir, y eso que era fácil, palabritas por moneditas. Todavía es de lo que más siento de esa época, no tener nada, no poder ayudar a nadie, no poder ayudar a Laura.

Ahora veo las fotos de sus casi treinta. Pongo una lista de tangos de Discépolo bajo sus vídeos de pole dance y se enroscan inesperadamente adecuados. Se mueve asaetada a la barra con un oleaje lírico curvado. Sólo se puede pensar que es lo suyo. Leo sus pocos textos largos que sigue pareciéndome que tienen algo, que tiene algo ella más que los textos, como me pasaba antes de la noche en que la conocí en el Tupper, cuando leía sus reseñas musicales sobre grupos que nunca había oído. A veces parece forzarse en los pies de foto la niña que desmiente su mirada de lago de fondo oscuro, como de profeta harta de sus iluminaciones. Y veo que se encontró donde yo creía que había ido a perderse. O eso parece. Quién sabe, es Instagram.