No voy a pedirte nada.
Que no haya tanta prisa
por terminarse el beso.
Que me tengas a un click
de un filtro de tus ojos.
Que me tumbes a veces
en la hierba,
o a, o ante, o cabe
o etcétera en la hierba.
Que midas en narices
la altura de mi pecho.
Que te descalces siempre
que entres en mí.
Que me robes helado
en las costillas.
Que des cinco minutos más
cada cinco minutos.
Que coloques tus pies sobre la mesa
y que hoy comamos eso.
Que me hagas una fiesta sorpresa
cada vez que encontremos una esquina.
Que decidas los saltos de cama
con espíritu olímpico.
Que si me encuentras zombie
me comas el cerebro.
Que cada ascensor sea
la máquina del tiempo.
Que tirando de un hilo de tus bragas
encuentre la salida al laberinto.
Que no me escuches mucho
porque estés ocupándome la boca.
Que elijas de las cosas de tu armario
el quedarte desnuda.
Que me grites
que más.
Que me llores
de menos.
Que salgas de la cama con la cara
de final de naufragio,
famélica, cegada y tropical.
Que me hagas muchas cobras
de abrazos de titanio.
Que si hay un terremoto
elijas mi epicentro.
Que cuando me hago el fuerte
seas asedio.
Que hagas con mis normas y tus normas
un código inflamable.
Y que lo inflames.
/////"Sigo virgen y furioso". Arthur Cravan, recién llegado a la ciudad, en una carta a un amigo/////
viernes, 20 de septiembre de 2013
miércoles, 4 de septiembre de 2013
Los pequeños detalles
Merteuil quería que tuviéramos una hucha y guardáramos dinero periódicamente para hacer algo con él al cabo de un año. Nunca lo consiguió. Ahora, su novio y ella ahorran cien euros por cabeza al mes y se van a algún país asiático cada verano.
S no podía ver que tirara una colilla al suelo sin pisarla. Yo me empecé a sentir culpable si no la apagaba del todo, pero nunca dejé de hacerlo. Apostaría a que su novio no fuma.
M quería que fuera puntual y que estuviera ya vestido cuando venía a recogerme. Pensaba que era una señal de respeto. Sigo siendo tan impuntual como siempre y si alguien viene a casa me pilla, invariablemente, saliendo de la ducha. Estoy seguro de que a ella no le ha costado encontrar a alguien capaz de llegar a la hora.
S no podía ver que tirara una colilla al suelo sin pisarla. Yo me empecé a sentir culpable si no la apagaba del todo, pero nunca dejé de hacerlo. Apostaría a que su novio no fuma.
M quería que fuera puntual y que estuviera ya vestido cuando venía a recogerme. Pensaba que era una señal de respeto. Sigo siendo tan impuntual como siempre y si alguien viene a casa me pilla, invariablemente, saliendo de la ducha. Estoy seguro de que a ella no le ha costado encontrar a alguien capaz de llegar a la hora.
lunes, 12 de agosto de 2013
Continuará
Cojo una camiseta arrugada del suelo, me la pongo y salgo a
por tabaco. Barriguitas, el portero de los fines de semana y las vacaciones, me
habla del huerto de mi terraza. Entre Barriguitas, Jacek -el otro portero-, María -la
señora de la limpieza- y yo hemos conseguido un huerto de tomateras que no da
tomates. Hemos sembrado, regado, trasplantado y podado. Sobre todo he podado
yo. He podado de más y ahora todos dicen que tengo la culpa de que los tomates
no salgan porque no tienen suficientes hojas.
La mitad de las tiendas y los bares están cerrados. La china
del Lor-Ana me grita desde la cocina que no hay Marlboro. Le digo adiós con los
dos brazos. Me dice adiós con la escoba. Brilla un sol muy amarillo en los
pisos altos. Miro para arriba y descubro una terraza desbordada de plantas que
nunca había visto. En La casa de la cerveza un tipo gordo y beodo me sonríe
cuando le abro la puerta. La camarera deja lo que está haciendo para encenderme
la máquina con otra sonrisa. Canturreo aires de fiesta. Una chica en shorts y
con el culo alzado cruza el paso de peatones. “Camina como Marilyn”, pienso.
Pero luego me doy cuenta de que cojea de verdad. Entro en la tienda y busco algo
dulce. Mejor una sandía. Golpeo con la palma todas las sandías , una a una, mientras acerco la
oreja. La dependienta se pregunta que qué carajo estoy haciendo. Le explico que,
de pequeño, Masi, el melonero del pueblo, me llevaba en su furgoneta y me
enseñó a distinguir las buenas sandías por el sonido a agua. Se la acerco a la
oreja. Sólo oye toc toc.
Me fijo en cómo da el sol en las hojas altas de los árboles.
Las quema. Las convierte a ratos en gemas que no pintan nada aquí y a ratos en bombillitas de túnel de
lavado dominicano. Se acercan unas nubes, pero aún no. Aún están los pájaros
cantando. http://www.poesi.as/jrj36091.htm
domingo, 11 de agosto de 2013
Morfeo
En una mano un Lexatín y en la otra una raya. Supongo que el
Lexatín, aunque no lo parezca, es lo que me lleva al mundo en el que soy yo de verdad, a la cama y a escribir mañana. La raya, en cambio, me sacará a las calles
y a la ficción. No son tan fáciles de distinguir, a menudo soy yo al aire libre y a veces el escritor es sólo un personaje. Tengo en la cabeza la
frase taladrándome: “igual no eres escritor”. Igual si no te sientas, si no
tecleas, si no cambias algo por esto, si no lo quieres lo suficiente para
hacerlo, no lo eres. Suena bastante lógico: si no escribes, igual no eres
escritor. Tengo que elegir y me tomo el Lexatín. Y al rato, qué coño, la raya. Quiero pensar que me estoy asegurando de que llegaré a alguno de los dos mundos, pero lo cierto es que lo único que he hecho es aplazar un día más la elección.
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