“He comprendido que le era imposible a nadie amarme, a no ser que le faltase del todo el sentido estético; y, entonces, yo le despreciaría por ello”, escribe el Soares de Pessoa. Si pienso en que a nadie le está siendo posible amarme lo que me viene a la cabeza es cómo cambiar eso, porque solo me sale esa cosas mezquina y utilitaria, ese buscar una solución a un problema; como de anglosajón o de ingeniero. Me pregunto si fui yo quien quiso convertirse en este leño, este árbol apenas sensitivo que mira la estela y no se digna a ver nada, o si estoy purgando ya todos esos pecados de los que no consigo arrepentirme.
/////"Sigo virgen y furioso". Arthur Cravan, recién llegado a la ciudad, en una carta a un amigo/////
lunes, 28 de septiembre de 2020
sábado, 26 de septiembre de 2020
De qué estábamos hechos
Dos tardes seguidas que empiezan bien, reencuentros, recuerdos, sensación de estar en casa. Dos noches seguidas que se alargan hasta que ya no me caben más excesos y luego un poco más. Así han sido casi todos los reencuentros post primera cuarentena. Y el balance podría ser hasta positivo si no fuera porque la resaca acumulada lo arrasa todo, te desborda de culpa y te recuerda todo lo que habías prometido hacer y que sigue acumulándose, como en otras épocas, como en todas las épocas. Escribir, digo. Este diario, el libro, los pocos únicos reportajes que me han encargado este año.
Uno de esos reencuentros fue con Alba. En un rato, me devolvió un montón de noches, una época entera, en la que era muy feliz embriagándome porque no solo era de los bebedizos habituales, también había risa y belleza; baile y sorpresa; abrazos y amor instantáneo e inconsciente. Y al día siguiente, entusiasmadas ganas de más, tuviera como tuviera la cabeza. Y tengo que recordármelo para poder ponerle un poco de lírica y épica a las noches de hoy, porque tengo que saber juzgarme el presente como me juzgaba entonces. Si no, esto no va a funcionar. No puedo ser otra cosa que lo que soy. Hay que reaprender a sonreír al recordar lo de anoche.
martes, 22 de septiembre de 2020
Umbral y yo
Como siempre, 5 ó 6 libros abiertos a la vez, alguno terminaré. Sumo a la fiesta Los ángeles custodios de Umbral, un diario de sus noches de 1981. En cosa de un mes, el Umbral de casi 50 cena en el palacio de Liria, oye un discurso del Felipe González del 81, cena y se emborracha con escritores y periodistas y marquesas, atiende a dos amantes veinteañeras, una de ellas una actriz famosa, recibe el premio González Ruano y, a lo que iba, escribe. Escribe sus artículos de prensa y ese diario y un pregón lírico y obrerizante de las fiestas de Fuencarral y la presentación quevedesca de un libro de desnudos masculinos en El Sol. Y casi todo se lee hoy con provecho. Y, cuando no, es porque se le va la mano con la lírica o porque arriesga y eso también está bien.
Y mientras tanto, yo, lloriqueando porque me dura la resaca
de anteayer, que me emborraché y acabé a las 5 de la mañana oyendo a un guitarrista que cantaba cosas de la trova y bosanovas y así. Y, ayer, eché el
día a los perros porque me pesaba un poco la cabecita y hoy me preocupa no
entregar a tiempo tres reportajes que no pueden ser más fáciles y deberían
estar ya. Y no me atrevo a añadir todas las cosas que habría que añadir al
libro que he escrito a un ritmo de dos parrafitos al día porque ¿y si sale mal?
¿no sería mejor dejarlo así? Umbral y yo, el meme del perrete.
sábado, 19 de septiembre de 2020
Un día de piedra
Oteo en el horizonte ese día que viene en el que todo será el mismo día, un día de piedra. Está cerca o lejos, no sé, porque lo que sí que ya sé es que las distancias de tiempo no pueden ser más relativas. Ojalá sea un día feliz, uno amable que querer repetir una y otra vez con paz y sonrisa. Pero nunca he sabido de raíces y tampoco he plantado nada. Se lo he dejado todo al azar por culpa de mi suerte, que ha habido más buena que mala. Y sería una carambola muy rara que, de aquí a entonces, me creciera el jardín que haría falta.