jueves, 27 de agosto de 2020

Sola, fané y descanganyá, por algo será

Ayer había una pareja de chicos en la piscina, brasileños parecían. Metidos en la sombra del fondo, uno meditaba en la postura del loto o la lota o lo que sea y el otro oía música y bailoteaba tumbado. Hasta en bañador, hasta en esa piscina de juguete del gimnasio, le ponían un poco de estilo a la cosa. El de la meditación llevaba un sombrero menos feo de lo que suelen quedar los sombreros en el siglo XXI y cuando vio que le miraba cogió un collar de cuentas que se llamará rosario filipino o tibetano o así para posar un poco más. 

Pensé en la de veces que a una escena pacífica en pareja conmigo dentro yo le quería poner algo más. Algo de sexo, mucho de planes, algo de poesía hablada o de aspirar el momento, exprimir el momento. Algo de estar en otra parte que no era esa que ya estaba bien. O de multiplicar el significado para que todo se elevara en intensidad, para sentir que estábamos viviendo de verdad, lo que quiera que sea que entendiera por eso. A no ser que estuviera leyendo, que entonces pasaba de todo. La santa paciencia de mis novias.

lunes, 24 de agosto de 2020

Cómo desabrochar un cinturón en los 90

Parece ser que, hasta que se congele el Leteo, el duermevela de amanecida me va a estar trayendo uno por uno el recuerdo de cada beso que he dado. He tenido despertares peores. Lo único, es que empiezo los días, cada día, con un bucle nostálgico que necesita una mañana entera para irse deshaciendo. Alguna vez me dura hasta la noche y más. Habría que besofacturar algunos nuevos, aunque supongo que esos me vendrían en sueños dentro de unos años, así que me iba a dar igual.

Hoy le ha tocado a la primera vez que estuve retozando en una cama con mi novia de la carrera, a los 19. Hasta entonces solo había ensayado todos esos movimientos de pulpo sabio en el montón de arena del cocedero de ladrillos de mi pueblo, en el sofá de la peña, en algún portal y en otros asientos de calambres amorosos por el estilo, sitios todos muy de afueras. Aquella vez, el campo de plumas rasposo fue la colcha vieja de la cama de mi compañera de piso. Por encima, porque meterse dentro era demasiado audaz. Y hubo mucho nonono, sisisí, esas cosas que no es que se estilaran entonces, si no unos 30 años antes, pero que a mí me pasaban. Puse la música que tenía para darle un poco de ambiente. La música que tenía para los ambientes y para todo lo demás era una cinta que proyectaba ir grabando de la radio, pero que no pasó de una canción: La cabalgata de las valkirias. Le ponía el toque épico a cada una de aquellas primeras veces. Las valkirias sorteaban con sus caballos alados manos, botones, corchetes, noes, risas aleatorias, hilos de colcha que se enredaban... Cualquier obstáculo terrenal era nada para ellas, tan celestiales. 

No son las 11 y el sol ya me está mirando de frente para decirme "ola" (de calor). Y las valkirias siguen revoloteando por mi cocorota como abejorros. Y estoy menos concentrado en el libro que tengo que terminar de escribir que en la ecuación irresoluble de cómo desabrochar un cinturón en los 90. Me tomaría un vodka.

domingo, 23 de agosto de 2020

Otra cosa

El viernes me desperté con un mensaje de Ana. Había soñado conmigo y quería ver qué tal estaba. Le conté que yo a veces también soñaba con ella y se abrió una compuerta a entonces. Al día siguiente me levanté pensando en ella y en aquella época. Los 17 años. Las primeras imágenes que me vienen siempre son la de un ensayo de una orquesta que vemos desde el gallinero de un teatro de Valladolor y la de la esquina de la pastelería de la Plaza Santa Cruz donde hablamos durante una hora. Creo que esas fueron las primeras veces que la vi como a otra cosa, no sólo como a una chica que conocía. 

Me levanté con una sonrisa, pensando que estaba todo bien, que estaba bien haber pasado un ratito allí otra vez. Luego la busqué en Facebook porque hace muchos años que no la veo y quería acordarme bien de su cara y ver cómo está ahora. Sólo había fotos de hace diez años, que es de cuando tenemos todos fotos en Facebook, de la última vez que lo usamos. Habíamos quedado en hablar el lunes y me dio por pensar que estaría bien que las cosas fueran así de fáciles siempre, que por qué no llamar a cualquiera de los que echo de menos desde hace años, quizás a M. y decirles, qué tal, estaba pensando en ti ¿hablamos? ¿quedamos? Que podría ser así de fácil. Ana lo hace parecer así de fácil. Y luminoso, claro. Hace mucho que escribí que ella es una bombilla, un foco o un faro que ilumina cualquier habitación a la que entra. Hasta a una plaza mayor en un mediodía de agosto la pone más brillante.

El lunes hablamos durante una hora y ella dijo lo que los dos pensábamos, que era como si nos hubiéramos visto ayer. La compuerta se quedó abierta y entraron más cosas. Ponernos al día fue plantarme frente a un espejo para contarme cómo son mis días y comparármelos con los de entonces. Hoy no he dormido tan bien, puede que sea el calor que tiene el aire suspendido en espirales de fuego por toda la casa. Pero también puede que tenga que ver con lo que soñaba en el duermevela, Entre esas brumas, Ana, la conversación y el ensayo que vimos desde el gallinero ya no eran los recuerdos de los materiales de los que estoy hecho, si no una sensación de fin de algo, una despedida desde lejos que se me viene haciendo crónica. Al despertar, yo era Tom Sawyer asistiendo a su entierro desde el coro.

sábado, 22 de agosto de 2020

Madurar es de frutas

Vienen otros diarios, unos casi diarios. Al contrario que en otras veces en que (me) anuncio cosas, esta vez sé que va en serio porque los estoy escribiendo y ya llevo un par de decenas de textos. Los dejaré reposar un poco, un mes, y luego los corregiré y los publicaré. Por eso, en el blog a veces me estaré asando mientras en la calle me pongo una chaqueta. Solo quiero atender a esos textos dos veces: el día que los escriba y el día que los publique. Así que, no estoy muy seguro, pero creo recordar que los que tengo almacenados tienen más de confesión que de peripecia; menos de intento literario con autobiografía, de cuento, ensayo o artículo, que de trocito de vida al pasar. También puede que hablen de los engranajes de alguien más maduro, pero de eso sí que no sé nada.

jueves, 28 de mayo de 2020

Mi beef imaginario con Trapiello

Este año me he metido con los diarios de Andrés Trapiello. El primero que encontré fue el tercero y ahora estoy a la mitad del inicial, El gato encerrado. Leo de una manera caótica que se parece al garabato del diseño: abriendo y cerrando libros, volviendo a empezarlos mucho después o dejándolos en cualquier momento, como me pasó con Madame Bovary, abandonada la pobre a 50 páginas de decidirse. Porque mi déficit de atención estaba ahí antes de que estuvieran Twitter y Whatsapp. Esto se agrava ahora que estoy escribiendo un libro y leo a saltos y dejo a medias todo cuando termino de documentarme, de saquear o de destruir.
El Salón de los pasos perdidos de Trapiello lo he simultaneado con los Diarios de Jules Renard. Hay en ambos, como en los mejores diarios, una intención de contarse sin salvarse, de consignar las mezquindades, que tienen forma de desahogo cuando se redactan y de honestidad, puede que narcisista, cuando se dan a imprenta. La diferencia es que Renard se juzga y se condena a la vez, en las mismas líneas en las que relata sus siempre pequeñas inmoralidades, arbitrariedades y egoísmos. Sabe lo que está haciendo con el colega con el que es hipócrita, con la frase destructiva e injusta con la que queda como un tipo brillante, con la envidia rabiosa por los escritores a los que les va bien, a los que fulminaría aunque sean sus amigos.
Trapiello sí se salva un poco más o al menos le deja al lector la sentencia. Que a menudo no se resuelve a su favor a pesar de que la leamos desde su punto de vista, que es el de una víctima de algo que no puede evitar. Como cuando cuenta cómo se siente dando una absurda conferencia, explica que lo hace por dinero y luego lo publica. Y eso último es lo que le da sentido a todo el proceso y lo vuelve honesto.
Disfruto a menudo con las opalescencias y los paisajismos de Trapiello y se me pone media sonrisa cuando posa. Le leo en mi balcón al atardecer o a media mañana y lo turno con un par de álbumes de Tintin: unos me llevan lejos y el otro, cerca, pero me sacan de aquí. Y luego están las entradas de Sálvame literario y las mezquindades cotidianas del oficio de escritor, que con esas me lo paso pipa siempre. Hasta el punto de buscar en internet el contexto, la gente que identifica por las iniciales o ni eso. Buscar lo que se dijo de la muerte de Benet o los detestados aforismos de Ferlosio en El País o un artículo de Vázquez Montalbán que le parecía hipócrita o lo que se publicó sobre un viaje de escritores progres a Cuba en el que participó sin mucha fe, un fragmento que está en un tomo que aún no he leído, pero que encontré por internet. Es una de esas lecturas que, claramente, engendra lecturitas, algo que pasa mucho más con su Las armas y las letras. Ese ensayo sí que es un constante podio de nombres y vidas desde el que tirar del hilo.


Ante tanto juicio sucesivo, lo que podría haber aprendido es que a Trapiello no le gusta que le lleven la contraria. Que queda claro, pero no lo tuve en cuenta cuando, el otro día, entré en su blog y encontré un artículo que hablaba del 15M con unas asunciones tan decepcionantemente vulgares y cortas de miras que me decidí a contarle lo que me parecían, porque al parecer yo también tengo resortes en buen estado para saltar con los que me parece mal y muelles oxidados para lo contrario. El comentario que redacté ni se ha publicado ni se publicará en su casa, claro, por eso lo voy a copiar aquí, en la mía. (O igual sí, igual se publica estos días y entonces me la envainaré con una reverencia). Es divertido imaginarse a Trapiello leyendo mi comentario en diagonal, indignándose (entre mínimamente y nada, eso sí) por que un tipo de internet con un nombre estrafalario le lleve la contraria, y tirándolo a la basura.

Su artículo está en este enlace que copio. Y, ya de paso, podéis daros un paseo por su blog, Hemeroflexia, que está muy bien y demuestra que sigue habiendo una internet subterránea desinteresada que hace que valga la pena pagar la conexión. Solo que, como siempre, está fuera de los radares; casi fuera del alcance de los periódicos y de las redes vigoréxicas en las que todos picamos:

      
Y mi comentario fue éste:

Diría que cometes un error de base aquí. El 15M como movimiento espontáneo no es, nunca ha sido Podemos. Por más que se lo traten de apropiar con apariencias como los Círculos y las asambleas iniciales, cosméticas, como se vio enseguida, e incluso con placas en la Puerta del Sol. No fue una movilización de izquierdas, al menos tal y como se entiende la izquierda mezquinita de partido en España; tampoco fue la mamarrachada en la que derivó al final y, desde luego, no tiene nada que ver con el Podemos de hoy. Nada de nada. Nace de una protesta contra un sistema en el que se turnan dos partidos cuyo objetivo no parecía ser otro que tener éxito en perpetuarse (PPSOE en muchas pancartas) y contra una democracia deficitaria en la que no hay posibilidad de participar más que, como se sigue viendo con los partidos populistas, apuntalando un sistema que tiende a la corrupción incluso al hacer como que lo combates ("Lo llaman democracia y no lo es"). Se protestó a través de la forma más básica de democracia: preocupándose y hablando. No eran 20.000, éramos unos cientos, simplemente se hablaba con el de al lado, mostrabas tu punto de vista y oías los del resto. Se oían cosas sensatas, por ejemplo, recuerdo algunas sobre medio ambiente de unas recién licenciadas o las mismas reuniones de periodismo donde participé yo, en las que se cortaba a los del "qué hay de lo mío" y se escuchaba a los que llegaban un poco más lejos, hasta la responsabilidad del periodismo en lo que pasaba y su papel futuro. No había soluciones, había propuestas de caminos a recorrer.
Es normal creer que aquello fue otra cosa si se siguió por los telediarios o si se compra la apropiación publicitaria de todo aquello que hace el partido que ahora es socio de aquel contra el que se protestaba. Pero en realidad fue la última gran oportunidad cívica de tomar las riendas, una chispa minúscula que podría haberse extendido solo con que se hubiera escuchado a los ciudadanos al estilo del Detroit Future City, que puso espacios para que se hiciera eso, charlar sobre el modelo de futuro como paso inicial para todo lo demás. Es una pena que no estuviéramos preparados, como nunca (históricamente) lo estamos para dar un saltito de progreso de manera civilizada, estoy seguro de que no estaríamos como estamos.
Y es una pena que la visión de tu artículo es lo que haya quedado de una iniciativa en la que algunos madrileños salimos a la calle a hablarnos y reconocernos, y no, no éramos de Podemos (que no existía, claro). Pero es lo que hay.