martes, 22 de septiembre de 2020

Umbral y yo

Como siempre, 5 ó 6 libros abiertos a la vez, alguno terminaré. Sumo a la fiesta Los ángeles custodios de Umbral, un diario de sus noches de 1981. En cosa de un mes, el Umbral de casi 50 cena en el palacio de Liria, oye un discurso del Felipe González del 81, cena y se emborracha con escritores y periodistas y marquesas, atiende a dos amantes veinteañeras, una de ellas una actriz famosa, recibe el premio González Ruano y, a lo que iba, escribe. Escribe sus artículos de prensa y ese diario y un pregón lírico y obrerizante de las fiestas de Fuencarral y la presentación quevedesca de un libro de desnudos masculinos en El Sol. Y casi todo se lee hoy con provecho. Y, cuando no, es porque se le va la mano con la lírica o porque arriesga y eso también está bien.

Y mientras tanto, yo, lloriqueando porque me dura la resaca de anteayer, que me emborraché y acabé a las 5 de la mañana oyendo a un guitarrista que cantaba cosas de la trova y bosanovas y así. Y, ayer, eché el día a los perros porque me pesaba un poco la cabecita y hoy me preocupa no entregar a tiempo tres reportajes que no pueden ser más fáciles y deberían estar ya. Y no me atrevo a añadir todas las cosas que habría que añadir al libro que he escrito a un ritmo de dos parrafitos al día porque ¿y si sale mal? ¿no sería mejor dejarlo así? Umbral y yo, el meme del perrete.

sábado, 19 de septiembre de 2020

Un día de piedra

Oteo en el horizonte ese día que viene en el que todo será el mismo día, un día de piedra. Está cerca o lejos, no sé, porque lo que sí que ya sé es que las distancias de tiempo no pueden ser más relativas. Ojalá sea un día feliz, uno amable que querer repetir una y otra vez con paz y sonrisa. Pero nunca he sabido de raíces y tampoco he plantado nada. Se lo he dejado todo al azar por culpa de mi suerte, que ha habido más buena que mala. Y sería una carambola muy rara que, de aquí a entonces, me creciera el jardín que haría falta.

viernes, 18 de septiembre de 2020

Selección artificial

Hoy he cambiado mi horario habitual de chapoteo en la piscina con césped artificial del gimnasio, las 10 de a diario, la hora de los amos de casa, los prejubilados, cuando no jubiladísimos, y los sostenedores de profesiones inciertas. En el turno de la 1, los pies se abrasan más en el césped de plástico y sostienen más músculo; las pieles que se churruscan envuelven más costilla que chicha; y la concurrencia que se sienta al borde de la piscina viene de hacer pesas y no de la cama. Parece injusto que, currándoselo todos como se lo curran, las dos chicas que más llamaban la atención fueran las más operadas. Pero buscarle las injusticias a todas las cosas es un residuo de la infancia y, al fin y al cabo, en algún recoveco de la teoría de la evolución y su selección natural hay un hueco a medida en el que caben los bisturís y los implantes, como todo lo demás.

jueves, 17 de septiembre de 2020

Acordarse de borrar esto

¿He hablado aquí alguna vez de la muerte? Creo que de la mía, no. La gente hace esas cosas en los diarios o en los poemas, imaginan epitafios o despedidas. Pero, si no la mencionas, eso te vuelve inmortal. Yo hasta ahora me había librado. Debería borrar esto.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

No cuentes tus sueños

Cosas que sueño y que me grabo en el móvil al despertar, con voz de tiburón ballena: “la vela que se enciende cuando soplas”; “la biblioteca que echa a andar porque todos los niños mueven los pies mientras leen ciertos libros, la Odisea o así”.

Mi padre me contó que las películas de las que la gente salía más cabreada en sus cines de pueblo eran aquellas en las que al final todo había sido un sueño. Se sentían estafados, la peli misma te decía que no había pasado nada, que todo ese tiempo que habías invertido en verla era tiempo perdido. Es un peculiar efecto cognitivo, porque qué más da ¿no? es ficción igualmente. 

Con éste, dejo lo de contar los sueños.

martes, 15 de septiembre de 2020

BRAMOR

BRAMOR es el acrónimo de Bravura y Amor que escribo desde hace años en pantallas de móvil, post-its y folios de aquí y de allá. Es un recordatorio de la manera en que quiero levantarme por las mañanas, relacionarme luego con la vida y escribir. Sucede que me tengo que recordar el forzar la valentía y el amor al mirar a las cosas y a la gente, de la misma manera que a ratos me digo que tengo que impostar la voz y subir el tono para sacudirme la vulgaridad y la zzzz sosería de lo que quiera que esté escribiendo.  


lunes, 14 de septiembre de 2020

Los que se van

 

Murieron M. y C. y mi tío A. y no sentí nada. Con M pasé algunas noches divertidas, de confidencias, risas y frases astutas. Con C hice un par de viajes de descubrimiento. Crucé a América por primera vez a su lado, y me descubrió a Camarón en un viaje en coche por el Levante. Con ambos me llevé instantáneamente bien y mejoraban mi vida cada vez que me los encontraba. Sé que yo a ella y a él también. Con mi tío compartí muchos días de infancia y, a pesar de algunos desencuentros familiares y algunas torpezas por su parte, cruzaba la calle hacia él sonriendo cuando le veía. Sé que les llevo a todos en el corazón, pero no sentí nada cuando me dijeron que habían muerto. Puede que sea por mi visión de la muerte asentada hace tanto. Un fatalismo que me lleva a aceptar la vida como un ciclo que se abre y se cierra cuando tiene que hacerlo. Que me cambia el “pobre” o “qué pena” por un: “ah, mira, el punto final era hoy”. O puede que sea otra cosa.

PD: me posdateo esto tan preocupante que escribí para actualizarme y matizarme: sí, sí que sentí todo y más. Esa forma desarmante de dejarte solo que tienen los que se van; esos recuerdos desfilando uno por uno, que cambian al sepia desleído automáticamente y serán ya sólo tuyos. Pero lo sentí más tarde, porque, al parecer, el estupor es lo primero que te llega y te deja paralizado todas las veces, incluso durante meses.

viernes, 4 de septiembre de 2020

Psicoanálisis

"Es que no sé si hay diferencia entre el amor y la simulación del amor”. La frase se quedó flotando sobre el diván un miércoles cualquiera de la época en la que estaba llevando como podía esa relación tan tensa. La psicóloga podría haberme confirmado que se me daba regular discernir sentimientos para qué hablásemos de por qué. O haberme tranquilizado explicándome que eso no significaba que me hubiera convertido en un psicópata. Pero no, ella ya no estaba tampoco, ya solo emitía carraspeos o subrayaba algo en su bloc hasta que cobraba, en billetes, en mano, al final de la sesión.