Hace unos meses de la nevada del siglo y ya parece un siglo. La vi venir por la ventana. La vi limpiar de blanco lo que antes era negrísimo. Seguí a lo mío, que era un absurdo reportaje sobre las radiantes piedras mayas de las selvas asfixiantes de Guatemala, donde nunca he estado. Pensé: “nieve, ya la he visto antes” y seguí a lo mío. Al final tuve que salir a la tintorería que, claro, estaba cerrada, porque nadie más había seguido a lo suyo. Iba por el medio de una calle sin coches pisando nieve que nadie había pisado, con consistencia de mousse de limón y sonido de cereales en leche. No había desayunado. Un grupo hacía una guerra de bolas de lado a lado de la calle. Dos niñas estaban tiradas en el medio haciendo un ángel con las manos y las piernas. Yo también había visto eso en una película. Me asomé al río y aquello era una cabalgata: paseantes, escultores de muñecos, patinadores de cualquier cosa. La gente estaba tan asombrada y la felicidad era tan básica, tan gratis, tan sin hacer nada, que me empezó a subir desde las patas a mí también. Estuve dos horas visitándolo todo. Le pedí a una pareja que me hiciera una foto con un muñeco de nieve que no había hecho yo, uno que sonreía desopiladamente. Cogí un puñado de ampos e hice una bola grandecita. Fue entonces cuando me di cuenta de que no tenía a quién tirársela.
/////"Sigo virgen y furioso". Arthur Cravan, recién llegado a la ciudad, en una carta a un amigo/////
viernes, 17 de septiembre de 2021
jueves, 16 de septiembre de 2021
Transhumante
Ayer me llegó un documento de la Audiencia Nacional para que les llevará mi ordenador, porque Villarejo me había mandado unos documentos confidenciales hace unas semanas. Fue entonces cuando me acordé de que ni los había abierto. Iba a entregarles un portátil que ya no uso, pero tenía una uña astillada y me senté cerca de la ventana para limármelas todas. La décima me quedó más baja que la otras y volví a empezar. Eso es lo que hice ayer.
(Fragmento del libro que no será "Transhumante")
miércoles, 15 de septiembre de 2021
Cuando Ícaro subió
Ideas para la revista de historia:
Cuando Icaro subió y derritió la cera que unía sus plumas y
cayó, sólo estaba jugando. A dios o a pájaro. El que no se conformaba con ser
un hombre que hacía cosas de hombre era su padre, Dédalo, que, según versiones,
puso a los humanos a volar, a correr sobre las aguas, a perderse y a bailar:
inventó las alas, las velas, los laberintos y las pistas de baile. Puede que
intentara ser un dios, un dios con prisa que quería ganar todas las carreras. O
tal vez sólo quería ser un pato.
La perrita Laika, en 1957, fue la primera terrícola que
salió de la tierra y salió del cielo. La eligieron porque era capaz de hacer
cosas que los hombres no: pasaba los inviernos desnuda en las calles de Moscú y, cada año, vencía a Ded Moroz, el Abuelo Frío, el dios eslavo que lo helaba todo
con un golpe de bastón. Los herederos de Dédalo la metieron en un armazón de
metal que se calentó hasta acabar con su vuelo. Su último ladrido lo oyeron los
que la habían metido en ese lío, y decía que ella nunca había querido llegar
tan lejos.
La madre de Ralph Waldo Emerson, viuda, vivía de la caridad
y de los huéspedes. A sus hijos les consiguió una beca de estudios. A Ralph, en
la Harvard Divinity School, le obligaron a cambio al fangoso trabajo de mensajero
aprendiz, que en la práctica suponía ser el chivato de la clase. Durante toda
su vida, se fue mudando cada vez más al sur, en busca del
calor. Le mató el frío. De muy joven, cambió la teología por la
ciencia, Dios por el hombre como centro de la verdad. Fue en una visita al Jardin
des Plantes de París donde entendió la conexión de todas las cosas y quiso
aprender su lenguaje. Dejaron de invitarle a dar conferencias en su universidad el día que aseguró que Jesús no era Dios, que sólo fue un gran tipo. Creía en que el hombre
es infinito, en que tiene que obedecer la ley sagrada de su propia naturaleza para
alcanzar todo su potencial. En que el alma humana es autosuficiente, poderosa y
perfecta, el lugar en el que todas las cosas se unen y cobran sentido. Lo escribió:
“un hombre es un dios en ruinas”.
(Fragmento del libro que no será "Transhumante")
lunes, 13 de septiembre de 2021
Sed
Hay un punto arriba del todo, justo donde se desbordan sus flores tatuadas, entre el tope de la espalda y el nacimiento del pelo; una cueva que huele fresca y herbácea, el oasis donde siempre encuentro un nuevo espejismo.
Los demás lugares ya los he visto.
sábado, 7 de agosto de 2021
Helado y desesperanzado; cayéndome de sueño sobre el banco de la parada de autobús de este pueblo tan árido como mi futuro. Pero no me puedo dormir en las próximas cinco horas, todas las que quedan de noche, si no quiero despertarme sin maletas y volver a la casilla de salida. Todos los perros de todas las sierras ladran a lo lejos y el ardor hociquea mi estómago y la náusea muerde y mastica. La orquesta del Titanic venía poniendo las música de fondo a este último gran buque, como para no oírla, y ya no me pregunto si, al estilo romántico, era mi estado de ánimo el que le quitaba y le ponía al paisaje de Almería la belleza desnuda y el ascetismo exuberante; los espejismos onduladores y la trompeta de chicharras: sí, lo era.
Demasiado barato estoy pagando tanto tontismo de baba, que lo estabas poniendo todoperdido de nubes y flores, a estas alturas, pedazo de iluso.
Que no se te olvide esta noche.
miércoles, 7 de julio de 2021
Lampo
Hoy nadie me ha dicho que mis ojos marrones son verdes canica
Nadie me ha ofrecido barra libre de su cuerpo
Tampoco he perdido la voz berreando un disco entero de Los Ronaldos
Ni le he llamado a nadie bruja espacial
Nadie me ha parecido noqueántemente sexi en sudadera ni abroncando a gente por teléfono
A nadie le he tapado los ojos cuando conducía a 140 para limpiarle una gota de sudor de la frente ("ay, perdón")
Nadie me ha besado con todo el cuerpo
Nadie me ha arañado un poco la espalda, como con cuidado, mientras me gritaba al oído
No he tenido que elegir entre si prefiero su desnudez de salir del agua entre las rocas o la de entrar
Hoy nadie me ha dicho que huelo bien, como dulce
Nadie ha elaborado el astuto plan maestro diario de dejarme dormido en un mueble para mudarse tiernamente de puntillas a otro
Nadie me ha dicho "no te flipes"
Nadie me ha dicho "me vuelves loca señor vyf"
Nadie me ha sonreído todas las veces que me ha mirado
Nadie me ha sacado los tanques para discutir sobre La la land
No he repasado cada milímetro de la cara de nadie mientras dormía
Tampoco me han besado por primera vez y sin venir a cuento en la arena, a la luz de la luna llena con las olas rompiendo a nuestros pies, con todos los tópicos a la vez trasmutados en lo nunca visto
Nadie me ha llevado a naufragar con ella en una cabaña perdida entre los árboles, las vacas, los campos secos y las flores pimpantes
Nadie ha preferido seguir besándome a recuperar unas gafas de sol que se han caído por un barranco
Nadie se ha estremecido con un roce
Nadie me ha dicho "no me dejes estropearlo"
Hoy no le he dicho a nadie que cuando quiera y donde quiera, que como si me cita a las 4 de la mañana en una rotonda
Nadie se ha frotado contra mí cuando pasaba cerca
Nadie ha llorado de la risa con el relato de mi cronología sexual más reciente
No he espiado a nadie en la ducha
Ni nadie se ha metido conmigo en la ducha
Nadie me ha dicho "me fascinas"
Hoy no le he encontrado un uso nuevo a una mesa de merendero
No me he reído con nadie hablando de criptofalangismos propios y memeces generacionales ajenas
Nadie me ha ronroneado en el cuello mientras le redibujaba uno por uno los tatuajes de la espalda
No me han dicho "cuando estás contento todo te sabe rico" y sólo he pensado en una cosa
No le he leído el pensamiento a nadie
Ni he cambiado todos los planes sobre la marcha para que todo saliera sobrenaturalmente bien
Nadie me ha dicho que iba a huir, que de hecho ya estaba huyendo, para más tarde despertarme a besos y luego
huir.
martes, 23 de febrero de 2021
Querida Chica Confetti:
Ya no es sólo la voltereta del estómago al leer tu inesperado nombre en el remite, es un cronovuelco completo. He vuelto a ser el de entonces mientras te leía sólo porque eras tú quien lo había escrito. El tipo excesivo que sólo perseguía los fuegos artificiales y te quería arrastrar en esa búsqueda agotadora, infinita y feliz. Luego, he querido alargar la sensación entrando a tu blog, porque sabía que ahí tenía que estar ese texto nostálgico que estaba. Si a mí ya no se me reconoce aquél ni de muy lejos, no quiero imaginar cuánto habrás cambiado tú. Yo doy unas pistas por aquí, tú das otras por allá. Entre líneas atisbo que tus peripecias de los últimos años se parecen más a las mías de lo que se parecieron nunca entonces. Despejarlas en unas pocas líneas sería trocearlas y jibarizarlas de una manera que probablemente no se merezcan. Y, además, parece inútil, parece que más que un camino nuevo has abierto los ojos para mirar al que pisabas, y que antes lo que hubo fueron más resoluciones que soluciones, más preguntas que respuestas. Siempre las hay. Puede que vuelvan o puede que no se hayan ido. Pero tú estarás un pasito más allá.
Quieres saber de mí: en ésta, mi última encarnación, toda
aquella persecución estelar se ha convertido en un recoger flores, en fila de a
pocas, pero a ser posible a diario. Esas flores son parrafitos con los que se
van formando libros, que era lo que más quería, sólo que ahora sé cómo se hace
y lo que no hay que hacer. Visto desde aquí, entonces estaba buscándome la vida
de ahora. No empecé por el tejado, si no un poco más arriba, y desde ahí estaba
chupado caerse. Vino el trastazo y vino el recoger los trozos, muy
desperdigados, y está bien volver a tenerlos casi todos y pegarlos en el orden
que surja, el que pide el cuerpo ahora. O eso nos decimos. Pero qué importan
los propósitos y las anotaciones. No se me olvida que volé. Algunas veces
contigo. Las mejores, tal vez. Y cómo era la vista desde ahí arriba.
domingo, 7 de febrero de 2021
Mal buen rollo en Formentera
Llevo sólo medio día en Formentera, me he sentado a comer unas vainas fresquísimas con jamón en el restaurante de la plaza, le he dado un trago al vino, que estaba muy seco para haber llegado por mar, y he pensado que éste era uno de esos sitios cadavezmenos en los que me podría quedar a vivir.
Y, a los cinco minutos, se me mete dentro del tórax y me sube a la cabeza un terror, uno nuevo y apabullante, y me pongo a escribirlo sobre la marcha, a escribir esto. La sensación es la de que la gente con la que me voy a ver luego y la de mañana pueden ver a través de mí y darse cuenta de que qué estoy haciendo, que estoy entrevistando a representantes de una isla que es un pueblo y no tienen nada que decir, ni yo tampoco. La variable periodista de baja estofa del síndrome del impostor, antes llamado tener criterio. Esto es nuevo, un terror que se debe a la isla, a sus 15 kilómetros de lado a lado, a no poder salir de la gente. Lo bautizaría insuloclaustrofobia, pero no quisiera pillar una hipopotomonstrosesquipedaliofobia.
Porque, por lo demás, la cosa no iba mal. Ayer entregué un reportaje sobre Delibes que me han celebrado como si fuera bueno de verdad (y como si lo hubiera entregado en fecha) y este viaje lo he empezado como se hace en estos casos, perdido como un pollito de secano en el puerto. Forzándome el sentir cosas al hacerme a la mar rollo "arranca la aventura": salida a la cubierta sin cubierta, cara al viento, mirada fija al horizonte, como de exprimidor ante una naranja azul; andares de hacer como que no temes caer al agua.
La dueña del hostal, entre alojarme en las habitaciones que dan al Mediterráneo, misterioso de ahogados, y las que dan a la calle, misteriosas de isleños desahogados, ha elegido tirar por el callejón del medio, que es donde me ubica, con vistas a una pared y una alcantarilla. Formidable fenicia, se ha llevado un mal rato cuando le he contado que la bici me la habían alquilado en otra isla, siendo que ella las alquila (o sea, que se lleva una comisión de otro que sí que las alquila). La peor habitación de su pulgoso hotel vacío ya me la había adjudicado sólo con mirarme y echarme cuentas de la cabeza a los pies.
Luego he ido a ver una plantación de aromáticas, que es el nombre táctico de las plantas que, además de oler bien, se pueden vender. Y una higuera senecta. La chica que me lo estaba enseñando no sabía muy bien qué decir, aparte de que era muy vieja y tenía muchas ramas y estaban muy bien sujetas con palos y daban sombra a las bestias entre las que supongo que estarán los payeses. Y a mí la higuera me parece muy vieja y muy venerable y las ramas muy retorcidas y la sombra apetecible, pero como no puedo tumbarme ni escalar ni comer higos tampoco sé muy bien qué decir. Y nos lo decimos. No sé qué más decirte. Ni yo tampoco. Casi consigo que cumplamos con lo que se espera de nosotros (¿quién?) preguntando cómo de vieja es la higuera, pero, antes de que lo haga, ella me dice que no sabe cómo de vieja es la higuera. Nos quedamos callados otra vez y nos da un poco igual, aunque lo cierto es que parece muy anciana, como sus brazos y su sombra.
Y con todo esto, en el momento feliz en que dejo la bici eléctrica con la que los caminos se están haciendo solos y meto el tenedor en el huevo pochado de las judías con jamón; en el rato beato que media entre la primera cerveza y el segundo vino; en el instante en que el aire se arremolina sobre mi aura para refrescar lo suyo es cuando el terror de haberme jibarizado, de quedarme para siempre miniatura como la isla, me pisotea un poco y me expulsa de Formentera. Me queda día y medio.
domingo, 22 de noviembre de 2020
No te hablaré de eso
Recuerdo cómo era con tus ex,
cuando el retrovisor de espejismos patéticos
que al menos te follabas. Pero ya no eres esa.
Te hablaré de deseo, que lo inventaste tú
y ahora es la lengua muerta.
me vuelan pajaritos en las venas,
sucias bandadas cuánticas que alzan
el peso de tu pecho galleta y huevo frito,
la selva y humedal de pegajoso acento
con que siempre me tumba tu fantasma.
a veces tres por día o cuatro o cinco,
las que pida la coca, el redbull, la resaca.
La contabilidad del holocausto
es tan agotadora como un cielo estrellado,
la arena de la playa y las gotas del mar
y el Eclesiastés de los cojones.
La cuenta es de diez años
por doscientos cincuenta
millones de individuos
por trescientos sesenta
y cinco días.
Sale casi un billón,
con b de absurdo,
de espermatozoides despeñados
desde que no hemos vuelto a hablar de eso.
jueves, 5 de noviembre de 2020
Mofeta en su tierra
Pues ya ha pasado, ya me he alcanzado. No tengo más material diario semidiario que publicar aquí.
El experimento ha sido un fracaso enorme precisamente porque
ha sido un fracaso mínimo, irrelevante, a unos átomos de nada de la inexistencia. He
fracasado con todo. Fracasé en lectores, 50 diarios de media durante estos
meses, la mayoría desde Estados Unidos. Casi nunca he llegado a los 20 por
post, ni aunque lo enlazara en las redes. Fracasé cuando puse un mensaje durante días pidiendo comentarios y recibí cero comentarios. Fracasé cuando
puse un formulario durante semanas prometiendo una newsletter a quien se
apuntara, pero sólo recibí un correo que decía hola k ase y era mío, para ver si es que esto
funcionaba o qué. Fracasó mi idea de sentirme menos solo mientras escribía e
incluso la que no me reconocía de sentirme menos solo porque alguien real
aparecería por aquí o por el bar de abajo. Fracasó la intención de tunear formas y contenidos al corregirlo un mes después, porque no
tenía mucho sentido editar una polaroid, y le
peinaba las comas y a publicar.
El algoritmo de Google no me ha dejado de odiar ni un milímetro. Ningún puchero le ha enternecido. A ratos he sido bastante turras y debería haber salido más a menudo de mi cabeza para recolectar los temas con los que he terminado de hundir este blof (blog+bluff). Tendría que haber contado más a menudo lo que ha pasado, porque cosas han
pasado, como todo eso de la pandemia. No hablar demasiado de eso debe de haber sido lo mejor del blog. Porque opiniones he tenido, como esa sobre el fatalismo con que se aceptan las
medidas aleatorias que se contagian como modas entre gobiernos, esa sobre el adictivo y rico vicio de prohibir cosas a bulto o su hermano aún más feo, el volver cosas obligatorias a voleo. El mundo necesitaba escuchar mi "oigo patria tu aflicción", pero ya para otra pandemia.
Podría haber metido alguna movida, la fuga de Ariel del piso porque va a ser padre, y la búsqueda de un nuevo compañero en día y medio, porque al día siguiente huíamos los tres como ratas del Madrid debate de La Sexta. Y allí estará, él solo, ese mejicano tan discreto que vivía con sus padres y nunca había salido de su país. Estará o no estará, qué sé yo, no he vuelto a saber nada de él.
O mi viaje a Ibiza en avión, pendiente como un crío de la llegada para ver la isla desde arriba para sentirme un poco astronauta, y cómo me dormí contra la ventanilla unos segundos antes de que apareciera.
O
la excursión en bici a Cala Bassa, entre pinos, caminos de cabras y carreteras en las que los de los coches no distinguían si mi pachorra veranoazulesca era un efecto óptico o es que iba marcha atrás.
También podría haber traído a artistas invitados, a
Lucía y Yoyo en la última vez que les vi en Madrid. Podría haber sido graciosa la escena en
la que llegamos tan borrachos al sótano de Yoyo que ella bajo las escaleras por
donde no estaban y se hizo no se qué de unos líquidos fuera de sitio en el brazo y se tumbó en el sofá
quejándose del dolor y me empecé a poner las rayas en su escote y llamamos a un
amigo médico a las tantas y nos dijo que si lo podía mover dejáramos lo de urgencias
para cuando se nos entendiera mejor y cómo Andrea me pasó su porro y acabé abrazado a la taza y si me movía un centímetro el mundo se volvía remolino (de váter) y Lucía gemía al otro lado de la puerta, sólo la mitad de
dolor. Y cómo se cogió el virus al día siguiente en urgencias y cómo sabemos
que se lo cogió al día siguiente porque nos besuqueamos mucho y yo no lo
tengo.
Podría haberle puesto épica a la noche en que salvé la vida a
un inglés canoso y borracho que se cayó al agua con su bici al salir de su
barco y solo dijo help help help help hasta que le saqué y entonces lo cambió por fuck fuck fuck. O contar cosas más
sencillas, como los largos paseos por la costa en bici o a pie o los baños
extemporáneos en el Mediterráneo con los que a veces me acuesto y a veces me
levanto. O cosas menos sencillas, como el recuento de las botellas de vino y de vodka que me he
terminado aquí en esta terraza con vistas al mar y a las fotos de las chicas
de las redes sociales de ligar con citas de Paulo Coelho de las que copian hasta las faltas de ortografía y que no quieren quedar conmigo aunque yo lo único que quería a esas alturas (que son éstas) era no beber solo.
Cualquier mandanga hubiera funcionado mejor que las espirales paranoicas a las que les he puesto letra mala y música dudosa.
Pero aquí estoy, 18 años, 7 meses y 17 días después de
empezar este diario porque me sentía un poco solo en Madrid; escribiendo
desnudo y solo en Ibiza después de bañarme desnudo y solo en el Mediterráneo, con una copa de un vino que, condescendientemente, se llama ¡EA! y con vistas a una bahía en la que el mar es de piscina
de plástico y ya no me dice nada después de mes y mucho mirándolo a diario; con el sol dándome en la cara y la palabra fracaso tan en los dedos, tan de la casa, que la he querido escribir muchas veces pensando en los fracasos que vienen y -yo tampoco lo entiendo- con ganas de los fracasos que
vienen. A por el siguiente.
sábado, 31 de octubre de 2020
La noche en que conocí a Laura
La noche en que conocí a Laura en el Tupper me contó que tenía dos trabajos, niñera y stripper. “Como en Ana y los siete”, nos reímos. Tenía un tatuaje que le ocupaba todo el pecho. En el centro estaba la cabeza de una niña (que era ella) de la que salían ramas de manzano (que eran sus enredados futuros). Tampoco sé si era un manzano, recuerdo las manzanas que igual no estaban, pero pienso ahora que sí. Acabamos la noche colándonos en la parte de arriba y escondiéndonos detrás de la barra recién clausurada para siempre, para beber, desde el suelo y a morro, las botellas que quedaban por allí, mientras ella me convencía no sé cómo de que en el bar les iba a parecer bien nuestro pillaje de salteadores etílicos.
Esta noche me la reencuentro en Instagram al pinchar en una
foto de un after casero ya rococó en la que nos etiquetaron a los dos hace mucho. Recuerdo esa
noche, o esa mañana, que empecé desnudándome encima de una mesa y que acabé con más ketamina de
la que me recomendaban y recorriendo un túnel. No un túnel con luz al final,
sólo un túnel.
Las tres últimas veces que hablamos fueron un descenso
trepidante hacia el adiós. La antepenúltima quedamos en su casa. Llenamos una
de las paredes de su cuarto de post-it en busca de un proyecto en común cuya
única coherencia era que queríamos tener un proyecto en común. De aquello salió
una idea difusa de un blog de vídeos malasañeros y otra más concreta de recitar
nuestros poemas en algún slam. Recuerdo los suyos, sucios y rabiosos, largos y
sin tregua. Tenían algo o más bien gritaban, berreaban que ella tenía algo. Por
un ventanuco enano salimos a la terraza que se había inventado sobre unas tejas
que daban al aire de Malasaña. Nos prestamos dos libros. Yo, Las
afueras, de Pablo García Casado, que espero que siga teniendo, pero que seguro
que no, porque es un adiós a una forma extinta de escribir poesía, la mía
también, que no creo que le dijera nada. Ella, el Querido diario de Lesley Arfin, con
toda esa parte central emborronada de heroína que tanto nos advertía y que termina
expandiéndose hasta ocupar todo el libro y todo su recuerdo. Las páginas estaban manchadas de purpurina.
La penúltima vez que hablé con ella fue en una calle de
Malasaña. En el lugar donde tan bien nos habíamos entendido todo me contó algo
terrible que le había pasado en París y no supe qué decirle. Pensé luego que
allí, en ese proscenio donde habíamos sido felices, en un encuentro
callejero casual no podía decirle nada que mitigara la metralla de esa bomba
que traía y seguirá llevando, y que entonces arrojó entre nosotros. Ahora pienso que da igual, que no habría sido
distinto si me lo hubiera contado en una barra, en una academia, en una cabina
de sex shop, en un cementerio. ¿Qué hubiera cambiado eso? Las bombas no
distinguen dónde las desentierras ni, casi, en qué las envuelves.
La última vez que me llamó me pidió algo que no podía darle.
Digámoslo, qué tontería, fue dinero. Justo en la semana en que me iba a vivir
con mi hermano porque no tenía fuerzas para conseguir la mínima mierda que
necesitaba para seguir, porque no quería seguir, y eso que era fácil,
palabritas por moneditas. Todavía es de lo que más siento de esa época, no
tener nada, no poder ayudar a nadie, no poder ayudar a Laura.
Ahora veo las fotos de sus casi treinta. Pongo una lista de
tangos de Discépolo bajo sus vídeos de pole dance y se enroscan inesperadamente
adecuados. Se mueve asaetada a la barra con un oleaje lírico curvado. Sólo se puede
pensar que es lo suyo. Leo sus pocos textos largos que sigue pareciéndome que tienen algo, que tiene algo ella más que los textos, como me
pasaba antes de la noche en que la conocí en el Tupper, cuando leía sus reseñas musicales sobre grupos que nunca había oído. A
veces parece forzarse en los pies de foto la niña que desmiente su mirada de
lago de fondo oscuro, como de profeta harta de sus iluminaciones. Y veo que se
encontró donde yo creía que había ido a perderse. O eso parece. Quién sabe, es
Instagram.
jueves, 22 de octubre de 2020
He vendido mi diablo al alma
Sobre el mar no sé escribir, me sale que canta como una pianola, con teclas de ola que siguen un rollo sin fin. Sé escribir sobre la tierra, la que se riega de lágrimas rojas de consistencia y consecuencias de terrón sobre las espigas en gancho de todas las gargantas. No se puede ser poeta de todas las cosas: el alma del niño pelea, pero cada puño es un rebuzno y se le va poniendo la cara de máscara y desde la máscara no se ve el camino de vuelta a lo que fue. Y eso es lo que aprendí hoy.