viernes, 9 de noviembre de 2012

Nueve atardeceres de Ibiza. SIETE.

Nueve atardeceres de Ibiza. SIETE.

El mundo que yo veo se va acercando a mí al terminar el día. La esquina del mar me está esperando para que me dé el segundo baño, el último hasta mañana. Las nubes, en esta época del año, se vuelven más posesivas y me rodean, me abrazan, me intentan engullir en cuanto pueden. Son majas, pero pegajosas, y yo prefiero que no me quieran tanto para poder miraros tranquilo. Os habéis adueñado de todo. De la tierra, claro, y la recorréis despacio las menos de las veces, fijándoos en mí por fin a estas horas, mucho más a la orilla del mar y de dos en dos. Y el mar. Paseáis por encima del Mediterráneo, paseáis como nadie lo hace, manteniéndoos secos mientras pisáis la superficie, uno de esos milagros vuestros. Mientras que los océanos, las nubes, los montes, la arena o los árboles, casi todo, son seres de un solo truco, vosotros, como yo, sois tipos ingeniosos como una navaja suiza. Uno de mis birlibirloques preferidos viene justo ahora, cuando os enseño de qué estoy hecho y pongo un poco de mí en cada una de las cosas a las que miro. Entonces, aun con la prisa de siempre, os obligo a fijaros en que estoy aquí, aunque sea un momentito. Sí, estoy, y doy colores y calor y, en fin, aunque no os quito el mérito de las energías portátiles que os habéis inventado, la energía soy yo. Cuando quiero pasar el rato con vosotros hasta os cambio la personalidad y os olvidáis de todas las normas sociales que os empeñáis en renovar cada generación. Y os hago sonreír y os desnudo y os saco a la calle y os vuelvo más sociables y folláis más. Y sois más animales. No os voy a dar la tabarra con la fotosíntesis y todo lo demás, pero sí, lo hago todo yo. Ignoradme si queréis, aun cuando me atenúo para que me podáis mirar a la cara al menos este ratito. Pero sabed que el rey de la fiesta soy yo.
Ahora me tengo que ir.  
31 de octubre de 2012

domingo, 4 de noviembre de 2012

Nueve atardeceres de Ibiza. SEIS.


Nueve atardeceres de Ibiza. SEIS.
La única nube que cubre todo el cielo me hace pensar en un atardecer del invierno castellano. Luego me doy cuenta de que no, que no es por el cielo cubierto, que lo puedes encontrar en cualquier parte, hasta en un desierto, según creo. Lo que me recuerda a mi pueblo son los tintineos de metal de los barcos del puerto, que chocan entre el viento y las olas, y se convierten en cencerros de un rebaño de ovejas cruzando el páramo a la hora de la recogida. Y, ahora lo recuerdo, hace nada también he oído el mugido de una sirena. Es en el atardecer cuando se ven a las claras las diferencias entre esto y aquello, entre una isla y una inabarcable superficie de tierra, entre la vida renovándose cada minuto entre las olas y la sucesión de un infinito tras otro, inmóviles sobre los terrones. Todo debería ser al revés. “La isla atrapa”, he oído hoy en una tienda. La isla es finita y se acaba enseguida, mientras que para cruzar la tierra firme nuestros antepasados tuvieron que usar varias vidas, todas sus vidas hasta completar su parte de la historia, la que ni siquiera sabemos y casi nunca nos paramos a imaginar. Así que, bueno, no hay rastro del sol, pero la luz se va atenuando. Las ovejas y las vacas no cruzan más que un recodo de mi subconsciente. Los barcos no se mueven. El viento parece soplar siempre en el mismo sitio y las olas rompen tan idénticas que parecen todo el rato la misma. En lo que llega una noche que ya recién nacida se parece mucho al resto del día, la isla me confirma sin hacer nada que todo ese movimiento que yo le suponía era poco más que la fantasía de una mente de secano.
30 de octubre de 2012

martes, 30 de octubre de 2012

Nueve atardeceres de Ibiza. CINCO.


Nueve atardeceres de Ibiza. CINCO.

Me llega que por allí os faltan mantas, que os calentáis con gatos, que el invierno ha caído, despiadado, sobre vuestras cabezas, siempre desprevenidas. Esta isla también se ha enfriado de golpe, al parecer. Pero durante todo el día, mientras tenemos luz, queremos ser incapaces de notarlo. Y quizás porque hoy sí que vamos a echar de menos al sol cuando se haya terminado de ir, parece que hemos salido todos a despedirlo. Tres barcos de pesca de buen tamaño que vuelven a puerto, un yate que se va, grupos arriba y abajo por el espigón, los de las bicis, los que corren, más de dos docenas de coches que tratan de aparcar, alguna moto y alguna furgoneta. Una patinadora comiendo un helado. Un avión que parece ascender desde el punto de fuga del ocaso y que deja una estela casi vertical que pisa las nubes. Y las propias nubes claro. Hoy no tienen ese aire informe de algodones de azúcar malignos, hoy son claramente cirros y cirrostratos, cada uno con su personalidad, pero todos apuntando al Oeste, como el sol, como los islotes, como el avión, como el yate. ¿Qué habrá en el Oeste?
Como era previsible, en mi quinto día aquí buscando algo que no está en ninguna parte, lo que quiero es irme un poco más lejos, a ver si lo encuentro.
29 de octubre de 2012

lunes, 29 de octubre de 2012


Nueve atardeceres de Ibiza. CUATRO.

El atardecer se entiende de verdad cuando se mira al revés. Hay que darle la espalda al sol para darse cuenta de que una verja se ha llenado de metales preciosos, dos chicas con un errado tinte zanahoria brillan como un cuadro de Klimt y la bola de helado gigante, monstruosa, la bola del cartel que parece que vaya a comerte a ti, cambia los brillos industriales por unas irisaciones que la hacen apetitosa por primera vez. Las piedras falsas del muro también me las comería, naranjas ahora como un salmorejo. Y hasta mi viejo pañuelo marinero refulge como si estuviéramos llegando a Ítaca.
La luz del atardecer miente dentro de un orden. No disfraza del todo. Durante un ratito arranca al mundo el perfil que le favorece, pero sin vestirlo de nada que no llevara dentro. Eso me queda claro al pasar delante de un solar, que se convierte ahora en un paisaje lunar por el que sólo pasea un perro marciano que parece radioactivo. O al mirar el reflejo en unos bloques de pisos con vocación de extrarradio y cuyas cristaleras no pueden evitar devolver un tono amarillo huevo e incluso un verdoso que no viene a cuento cuando todo a su alrededor es puro melocotón. Al pasar frente al Café del Mar, miro las gafas de sol de la chica del bar. Trato de dilucidar si ese brillito del fondo es un reflejo o son sus ojos. Me sonríe, saluda con la mano y comparte conmigo unos segundos de lo que bien podría ser felicidad o ebriedad. Nada que no llevara dentro.
28 de octubre de 2012

domingo, 28 de octubre de 2012

Nueve atardeceres de Ibiza. TRES.

Nueve atardeceres de Ibiza. TRES.


“¡Mira, Dios!”, decía de pequeño cuando me encontraba con algo así: una dramática luz de foco sentada a lomos de una nube negra. El cielo está casi despejado y debe de ser Dios en persona quien ha puesto la nube justo en el lugar donde yo intento ver caer el sol todas las tardes. Ya empiezo a saber que hay una conspiración celeste para que el tiempo que esté aquí no me depare un atardecer de los del Café del Mar, a pesar de que mi terraza tiene las mismas hechuras cardinales que el Café del Mar. Pero no importa, en cualquier ocaso puedes volcar tu estado de ánimo en el trozo de cielo y las combinaciones atmosféricas que te toquen. Y éste es tan metafórico como el que más: nubes negras blanqueadas en las puntas por un sol apenas rojizo que parece ir a resurgir en lugar de esconderse. Un esperanzador final de día que se potencia con un mensaje que me acaba de llegar al Facebook: “escribe y déjate de hostias”.
27 de octubre de 2012

sábado, 27 de octubre de 2012

Nueve atardeceres de Ibiza. DOS.


Nueve atardeceres de Ibiza. DOS.

El ocaso me encuentra leyendo este poema:
“Es verdad tu hermosura. Es verdad. ¡Cómo entra
la luz al corazón!”.
Y como leo lento y es un poema largo,
el sol ya no se ve para cuando he llegado.
Las nubes que lo tapan se mueven muy deprisa,
pero enseguida vienen otras a relevarlas.
Hay viento, que ahí arriba debe de soplar fuerte,
con hambre de kilómetros.
En la tierra es distinto, el viento ya no es libre
y sólo encuentra obstáculos (montañas, islas, coches),
un universo de hechos contra los que tropieza.
Y luego las personas,
que pasean deprisa por el puerto,
que no juegan con él, como las nubes,
ni tampoco resultan más que un pequeño estorbo.
La china con dos niños en un carrito doble,
los de la camiseta, que vienen del gimnasio,
el anciano que huye, ha visto tantas cosas.
O puede ser que no y sólo vea la tele.

Mientras el mar protesta y levanta sus lenguas
para decirnos algo que puede que entendamos
cada uno a su modo si es que estamos mirando,
los humanos se meten en las casas.
Y el sol, al fin, termina cayendo casi solo,
ignorado a las faldas de una nube,
releyendo en voz baja
su antigua cantinela de verdugo que hojea
una condena a muerte.


Es verdad lo que dice,
mejor no lo escuchemos.
26 de octubre de 2012

viernes, 26 de octubre de 2012


Nueve atardeceres de Ibiza. UNO.
El sol tenía sólo una línea de cielo por la que asomarse. Entre tanta nube negra, nubes camorristas y con un ego monstruoso, lo que me llegaba era una luz doméstica, hogareña, como un fogón de pueblo que se colara por la rendija de la puerta de una casa apagada. Las nubes seguían con su matonismo, engullendo la luz con su panza de burro. Había dejado de creerlas, no iban a descargar, no iban a encerrarme en casa ni a dejar las calles impracticables durante tres días, ni siquiera iban a estar ahí mañana para darme un despertar tristón. Pero yo quería que el sol venciera, aunque fuera justo al final, justo en el punto en que se despediría desde la cima del monte. Hizo un último esfuerzo, quiso decir adiós con una boquita de fuego de leña, pero se lo zamparon, desafiantes, y nos dejaron sin despedida para que todo desapareciera en la oscuridad demasiado rápido.
25 de octubre de 2012