miércoles, 11 de noviembre de 2015

Límites

"Porque lo que nos hiere no son las personas, sino ver destrozados nuestros ideales, y eso nos hace añicos"
Blitz. David Trueba.

Podría empezar esto hablando de loquemepasó. La píscina de la que no sales porque estás nadando hacia el fondo o porque ni quieres ni quieres querer, la sensación de que todo ha seguido rodando y tú te has quedado ahí, agostado, y ya no entiendes cómo se hacen las cosas, la duda razonable de si te habrás vuelto loco, la certeza falsa de que te vas a quedar así para siempre, blablablá; ya está contado. Y si nadie ha entendido loquemepasó, yo el que menos, no me voy a poner ahora a explicarlo, a hacer como que sí. Todo lo más, puedo buscar la cita de Erich Fromm sobre la necesidad de pertenecer a algo para no acabar majara. Somos raritos, de los raritos que ni siquiera tienen muy claro cuándo lo están siendo. Hacemos cosas tontas para encontrar un sitio, vosotros las vuestras, yo, por ejemplo, procurarme una tertulia literaria, querer jugar al cadáver exquisito, subirse a la mesa a recitar, hacer el poliamor cuando no existía. Hemos tenido nuestros ratos de aparentemente encontrarlo, El Primero de carrera con estrippókers en los coches y revolcones compartidos en la hierba, hasta que el suelo volcó; el del blog inicial en el que parecía que no estabas solo y podías escribir tanto como te diera la mano; el de aquella chica con la que te fuiste a vivir, la que sólo usaba tangas y se inventaba diminutivos. Pero al final te hacías a la idea de que ahí tampoco. 
Y, de repente, cuando ya casi ni lo buscas, lo encuentras, hay un huequecillo aburbujado lleno de gente tan rara como tú a la que adoras instintivamente y donde puedes hacer lo que siempre has querido hacer y todas las cosas nuevas que no sabías que podías hacer. 
Y, de repente, lo pierdes todo otra vez, no hay ningún sitio para ti ni entre esa gente tan rara como tú porque no sabes hacer lo que tendrías que estar haciendo.
Erich Fromm, puto profeta: “A menos que pertenezca a algo, a menos que su vida posea algún significado y dirección, se sentirá como una partícula de polvo y se verá aplastado por la insignificancia de su individualidad. No será capaz de relacionarse con algún sistema que proporcione significado y dirección a su vida, estará henchido de duda, y ésta, con el tiempo, llegará a paralizar su capacidad de obrar, es decir, su vida”. 
Y ahí está una explicación tan ficticia como otra cualquiera: por eso ya no quieres salir de tu pocito, por muy idiota que te sientas con todo al alcance de la mano, por mucho que veas cómo te abandonas hasta dejar de funcionar, blablablá.
Así que, olvidémonos de este tema, archivémoslo para siempre en esta introducción de post tan larga, porque ya está contado. El momento es ahora, cuando aparezco ya convertido en un vagabundo que, sólo este mes, ha dormido en tres camas y un sofá. El sofá se abría y me dejaba el culo en volandas a mitad de la noche. Las camas de invitados ya no son tan de muelles. De las mantas ya no se me salen tanto los pies. Desde ninguna de ellas se veían las estrellas. Dos daban a patios interiores, otra, a una terraza llena de trastos, el sofá estaba muy lejos de una ventana con árboles. Cuando salgo a la calle en una de esas casas, lo que hay es un barrio pijo con porteros que preguntan a dónde vas y con señoras lacadas que compran comida preparada al peso; en la puerta de la otra hay un parque y una cuesta muy larga por calles que me dicen ya poco, sólo que conducen al sitio al que parece que quiero llegar; alrededor de la otra hay un montón de palacios y piedras y japoneses haciendo fotos; y la última está a la orilla de un río por el que casi nunca paseo. Casi nunca paseo por ninguna parte. Y ése es el panorama, ahora que ya no me sirve de nada tener criterio ni puntuar las vistas, ahora que como mucho arroz y mucha pasta y algunos bocadillos. Sé que sigo distinguiendo un steak tartare bueno de uno malo y sé que sé a qué huele cada vino y sé que eso nunca fue importante, pero ahora aún menos.
Y tampoco os quería hablar de esto, era más bien de lo de las pastillas. He estado viendo Sin límites, la serie y la película de un tipo que toma unas pirulas que le hacen superlisto. Me he identificado con cada palabra del principio. El médico me dijo que como no me podía recetar cocaína, me recetaba ESO. Y ESO aumenta mi concentración cuando menos me lo espero. Me seca la boca y me hace levantarme e ir de un lado para otro, como si MDMA. Así que me hago la cama y leo cosas difíciles y pongo la lavadora y me da por escribir. No me hace lo que me dijeron que me iba a hacer porque no tengo esa cosa en la cabeza que me dijeron que tenía. Parece ser que sólo soy un poco raro o que sólo me mueven cosas diferentes que a la otra gente. Pero aún así, ESO me seca la boca y me afila los dedos y no sé hacia dónde me lleva, pero me lleva. Están la adicción y los otros efectos colaterales, pero no voy a pensarlo todavía, voy a volver a hacer como que fuera a vivir para siempre, voy a dejarme llevar. De ESO hace sólo dos semanas e igual es otro espejismo y nunca se van a ir del todo la piscina en la que ya no hay que pensar en nada y el nadar hacia abajo y blablablá. Pero, si no lo es, quiere decir
que mi barba de vagabundo y yo sólo estábamos dando un rodeo y que estamos de vuelta. 
que si sigo aquí después de todo es porque, aunque no sepa manejarlo, este planeta sigue siendo mi preferido.

domingo, 8 de noviembre de 2015

Bastante idiota

Corren malos tiempos para las buenas intenciones. No tengo ni idea de cómo lo he hecho, pero he conseguido llegar hasta aquí con las ganas intactas, con una fe previa en los humanos que no sé si veo en los demás. Siempre ha habido un precio a pagar, siempre lo he pagado cumplidamente. Desengaños, amor vuelto odio, chicas maquinadoras de dramas imaginarios, rondas gratis varias. Nada que no compense el salir a la calle un día de esos en los que notas al sol lavándote la cara y peinándote la barba y llegas a alguna parte donde te está esperando alguien con quien sabes que es una suerte pasar un rato y reírse o no reírse, y beber y escuchar y contar. La clave es fácil: te quieren (a veces) porque tú quieres (siempre) sin esperar que te quieran. Te quieren porque te entregas y confías. No porque sigas unas pasos o unas leyes o un programa.
Hablaba con Lía el otro día sobre esa sensación de que todo se ha acabado, de que ésta era mi última oportunidad, de que nunca nunca nunca he querido de esa manera. De que nunca volveré a sentirme así ni a encontrar a nadie como C, nadie con quien quiera tener tan abiertos los ojos, con quien estuviera tan seguro de que cada minuto eran los buenos tiempos y lo eran para siempre.
Y en lo que hago el inventario de lo que nunca tuve y, aún así, he perdido, C escribe sobre mí con la indisimulada intención de hacerme daño y habla de mi “maldad”, de mi “veneno” y de mi “sucio egoísmo”. Y de mi “torpeza”, y ahí sí que tengo que estar de acuerdo: soy bastante idiota cuando se trata de relaciones humanas, lo demuestro una y otra y otra vez, lo demuestro demasiado como para no saberlo. Porque lo hago a propósito o porque no sé hacer otra cosa.
Uno podría meterse en una cadena infinita de reproches, preguntarse qué es lo que legitima toda esa superioridad moral, cuántas veces ella se preocupó por mí en los días en que nos alegrábamos de vernos, qué gestos, qué caricias, con qué cuidados expresó esa limpia generosidad que parece oponer a mi “sucio egoísmo”. O también podría ser coherente con lo que defiendo siempre y hacerme a la idea de que un texto literario es un estado de ánimo fugaz y no se puede leer de la manera en que lees un reglamento municipal. Un texto-estado de ánimo, uno en el que donde pone “sucio egoísta” hay que leer un collage de palabras con la rabia del autor. O del lector, depende. Cuesta creerlo ¿verdad?
Si yo fuera tan egoísta, tal vez el constatar que ella lo está pasando mal no sería lo que me doliera lo primero de todo. Y tal vez no me entristecería más que ninguna otra cosa el que ésa sea la imagen de mí con la que va a quedarse para siempre, la de un mal recuerdo.
Dice Lía que esto pasa todo el rato, que uno cree que nunca va a volver a encontrar nada como eso, pero que luego pasa el tiempo y se te olvida ese sentimiento de subsuelo y lo encuentras. Me lo dice mientras nos llueve en la azotea del Círculo y alguien nos ofrece un paraguas y busco una respuesta que no está, claro, entre las gotas de la lluvia que nos asedia y nos empapa la espalda y vacía todas las camas balinesas menos la nuestra. La lluvia, dos de hidrógeno, una de oxígeno y lo que tú le pongas, Ahora todo lo que me dice mi estado de ánimo es que cada vez le pides un poquito menos a las cosas, que desciendes hasta el nivel al que te venga la vida.

Malos tiempos para los optimistas. Pero uno no puede ser otra cosa que lo que es y justo cuando está pagando lo que cuesta todo esto, que es una pasta, con la cabeza baja y todas las ganas de tirar, pisar, quemar la toalla para que quede claro, atisba algo entre las luces de la ciudad -máquina tragaperras, tele sin volumen, brillo de fluorescente-. Y escribe despacito en su móvil: “la mayoría de los chispazos se apagan en la arena, pero hay uno que incendia el bosque”. Terminará en espejismo, claro. Qué amor no lo es, en cuál la materia no será de espejismos y de espejos.

Las versiones y los hechos

En los últimos tiempos he tenido que oír más de lo que me gustaría lo de, “bueno, es que hay otra versión”. Yo estoy muy a favor de las versiones, las versiones son la literatura: Shapeskeare o Goethe son pura versión, la del tipo en el que el amor es homicida o suicida o la del que se transforma en el Hulk de los ojos verdes cuando se imagina cosas. Nabokov glosa bien clarito qué es lo que hace que un señor mayor pierda la cabeza por una preadolescente. Baudelaire deconstruye la receta del vino de los asesinos. Capote etcétera.
Leyendo somos más capaces de distinguir las versiones de los hechos, de evitar convertir las explicaciones en justificaciones y de poner distancia entre Ofelia o Humbert Humbert y nosotros, por muy concienzuda o certeramente explicados que estén. Pero cuando la versión novelescamente elaborada nos la dan en la vida real, moqueándonos a los ojos, es mucho más difícil sustraerse a la complicidad que nos están suplicando por el procedimiento de dónde está la bolita.
En general somos buena gente o al menos estamos programados para creer que el sicópata que siempre saludaba en el ascensor es buena gente porque siempre saludaba en el ascensor. Pero una versión es siempre una mentira. En el mejor de los casos, una que encierra una verdad poética. Ni Walter White mató a una persona menos de las que mató porque le acabáramos cogiendo cariño ni a Ruiz Mateos se le puede descontar un euro del botín de sus ingenierías financieras por lo gracioso que hablaba.

Fuera de la literatura, en la vida real, una versión es un cuento o una estafa (depende de si te la crees o no) que no debería tener ni media bofetada frente a un hecho.

viernes, 2 de octubre de 2015

Escribo para entender las cosas y por eso hace tiempo que no entiendo casi nada. La idea de que lo único que tenía sentido escribir era lo que escribiera para conseguir cosas, preferiblemente dinero, me fue inculcada en la cocorota con éxito hace no demasiado. Las ideas que me sacan de la zona de desconfort habitual y las borracheras de licor café se me quedan enseguida. Como escribir no era eso para mí, dejé de escribir por no escribir en vano. Pero escribir es más facilito, escribir es esto: una letra, otra, una palabra, un espacio. Mira, estoy escribiendo. Quiero volver a entender las cosas como cuando era más listo. Mira, estoy entendiendo.

jueves, 16 de julio de 2015

"Colegas queridísimos, estetas defensores 
del pájaro y la rosa y el mundo está bien hecho"
Ángela Figuera Aymerich



El universo es 
un accidente múltiple
salpicado de sangre a cada rato,
un murmullo de cosas que se van,
que las mareas borran 
y no importa.
Amanecer es sangre.
El movimiento es sangre,
sólo un pisotear que no mira a los lados.

miércoles, 15 de julio de 2015

Un tío normal

He pasado la tarde con mi sobrina Vega. Nos hemos tirado a bomba, hemos jugado al fútbol, hemos encontrado seis de las siete diferencias, hemos pintado bigotes y parches y colmillos y cuernos y capas a todas las chicas del periódico, nos hemos comido un helado y se ha tumbado de espaldas en mi tripa para ver los árboles del revés.

miércoles, 7 de enero de 2015

El futuro

En 2014 gané la Resaca a toda una carrera y para 2015 tenía pensado quedarme con el Disfruta de lo que sí que tienes, pero parece que me está creciendo un Acuérdate de quién eres. Muy signo de los tiempos todo.

domingo, 6 de julio de 2014

Laberinto

La luz roja de teja
se cierra con estrépito
de pájaro en mi pueblo.
Los huesos de las tres que más amé
bucean tierra abajo.
En La boca del cielo
alguien asa unos peces
y se come la playa la marea
mía olvidada de mí.
La chica del Dos de mayo
muerde el labio.
La piscina se rompe
de un cachete panzudo.
El hombre y su navaja,
sentado en la cuneta del Camino.
Un folio hecho de blancos
espera las palabras que limita.
La hora mejor del día
se gasta en un minuto.
Un tiburón ballena
despliega su ala delta submarina
justo enfrente de Holbox.
Los amigos se ríen de sí mismos.
Un suspiro
se deshace en el suelo.
Y, mientras tanto, yo
no encuentro la salida de esta cama.

jueves, 26 de junio de 2014

La Generación Subterfuge en el Día de la Música

“Te equivocas con nosotras, somos gente normal”. El último intento del último minuto del último ratito del Día de la Música, acababa estrellándose contra eso. Gente normal. Gente llegada de todos los barrios de Madrid, gente inusual en festivales, gente que trae a los amigos de casa y se infraproduce: camiseta y vaqueros. Gente variada entre la que destacan los que fueron modernos en los 90 o los 2000, los poperos de prints frutales o camisas cerradas que se han reconvertido en vagamente hippies (ellas) o en discretos barbudos (ellos). Con más pinta de latineros que de malasañeros, precisamente ellos, que peinaron Malasaña. Fueron los protomodernos, que luego se mudaron al extrarradio a criar cachorritos indies. Lo dijo L-Kan al revés: “estas canciones van de una época en la que había una cosa que se llamaba modernos y que ahora no existe. Ahora hay que llevar barba y pasear un vegetal”. Algo así. Y lo soltaron vestidos de merlines o payasos, con barbas postizas y una coliflor con una correa.
Modernos de los de ahora también había en el 25 aniversario de Subterfuge en Matadero, pero eran sólo una gota de barba en el tupido y variadito océano de madrileños -madrileño es cualquiera- botantes. La mitad del festival me la paso preguntándome a quién habrían venido a ver, porque una discográfica como Subterfuge tiene cosas muy variaditas (el primer Dover no deja de ser heavy, el primer heavy que sonó en las radios comerciales, las presentan así, mientras que Cola Jet Set son -rebauticemos- cuquipop). Hasta que me lo resolvieron Los Fresones Rebeldes cuando atacaron Al amanecer y el festival entero empezó a darle a la vez: saltos, pogos, karaoke a gritos. Fue como un descorche de la nostalgia hasta para los de 20, que no se sabían más canción que ésa. La gente había venido a darse un garbeo por su propia juventud (o niñez) como profeticé aquí. Debería haberlo sospechado cuando me topé con seis personas vestidas de fresas y con gente aquí y allá con rayas marineras. A lo Fresones. Entonces siempre había que llevar algo a rayas.
Hubo otros momentazos estratostereosféricos y casi todos tuvieron que ver con la canción de otro verano (Serenade de las Dover, Confusion!!! de Cycle...). Luego estaban Annie B. Sweet, con esa manera suya de crear atmósferas como de arroyuelo rumoroso o Carlos Jean, que hizo trotar en el sitio como bakaladeros a los que se quedaron hasta el final del primer día. Y lo mismo para Najwa, hipnótica de ver. Y los Pantones, que me flipan, pero no llegué a tiempo. En RTVE hay un enlace a un resumen del concierto donde salen casi todos los demás.
No queda del todo mal esta generación en los conciertos, ni los de arriba (el escenario) ni los de abajo. Tenemos bastante pelo y casi nos podríamos llamar la Generación Subterfuge y empezar a mandar. Sería la generación que traza un hilo sutil entre los que entonces tuvieron que hacerse ellos mismos un hueco fuera de la música bendecida por la cultura de la transición (y la llamaron “independiente”) y los que, por ejemplo, ahora, votan a partidos poco oficiales.
Alba -que sale en otra crónica mía de otro festival- vio a Ellos por primera vez conmigo, le gustaron más que ningún otro de los grupos que no conocía (casi todos) y se fijó en el detalle de que sus canciones, sobre todo la más energética (Lo dejas o lo tomas), hablan de cambio (o del miedo al cambio o de la afirmación propia en un mundo mareantemente volátil), reflexionan, introspeccionan. Nada que ver con las letras de amor atolondrado de los grupos más poperos, que, a mí, que soy tan fan, me costaba cantarlas en voz alta a plena luz del día. A lo mejor no es mala ocasión para echar un vistazo a qué pasó ahí y a cuál es el motivo de que ésta siga siendo una especie de generación perdida. ¿Fueron los estribillos ñoños? Felipe Fresón saludó: “Han pasado 15 años, pero no hemos aprendido nada. Somos Los Fresones”. Puede que no, que no aprendiéramos nada, pero a lo mejor hemos enseñado algo. Un festival en el que personas con décadas de diferencia entienden el mismo lenguaje tanto como para botarlo todo juntas puede ayudar a entender cuánto somos los mismos.


martes, 3 de junio de 2014

Revers vu

esto ya lo he vivido
era en esa película
pasaban muchas cosas
todas malas
el chico suspendía
y no tenía amigos
y le echaban de casa
y le mordía un perro
pero al final
(quién iba a imaginarse eso)
escribía algo muy bueno
y lo leía por megafonía
y la chica que era como nadie
que era guapa de otra manera que todas
lista de rayos láser en los ojos
le quería
y todos aplaudían
al final
y se acababa

eso ya lo he vivido
pero justo al revés

jueves, 15 de mayo de 2014

Viaje a Albacete

Ayer pasé por la plaza de al lado de tu bar. Sabía que no estarías en el bar ni en la plaza, pero ése es el lugar en el que da vueltas tu sombra en mi cabeza. Sombra de farola que a veces se sienta en el banco, que se pide una lata en un sitio de mi memoria nada profundo y nada enterrado. Ni siquiera me di cuenta de que estaba haciendo una psicofonía de ti hasta la tercera vuelta. Anoche volvimos a estar juntos y te viniste conmigo a casa y me abracé un poco a ti al dormir y me apartaste de un codazo y esperé a que te durmieras para mirarte un rato. Y me he despertado pensando que es demasiado cansado todo este no quererse y que me gustaría tomarme unas vacaciones de eso, un día de tour en el tiempo en el que todo esté bien como nunca lo estuvo, como en uno de esos viajes de un día a Albacete para que te vendan cuchillos, 24 horas de mirarnos a los ojos como si fuéramos felices.

martes, 13 de mayo de 2014

Eras más divertido

Dime qué es lo que haces
que yo ya no te entiendo
viviendo ahora la vida
que a los veinte
te dejaron a medias


qué pinta esa melena
esas dos putas botas
el beber en la calle
el forzarle el asombro
a las cosas normales
qué otra agenda imposible
estás siguiendo
en qué rincón
de tu averiada alma
es que escondes los planos


ya no sé lo que quieres
antes eras más fácil
-hacías lo que decían-
te has puesto tú a los mandos
ascendiste
a un idiota completo


caminas por las calles
en las que ni siquiera
arruinaste tu vida para siempre
(lo traías de casa)
y te has vuelto un coñazo
con quien no bebe nadie
yo mismo te odio mucho
y lo peor de todo es la manera
en que te compadeces
de lo poco que queda
¿lo estás viendo?
hasta en este poema


ya sólo sobrevives
y lo haces como el culo
eras más divertido
cuando estabas borracho todo el rato


de todo lo que alguna vez soñaste
tan sólo has conseguido
no madrugar mañana
es un descanso
no sorprender a nadie
tienes lo que parece que querías
y sigues excavando
hazte un pozo a medida
yo me rindo
ya no puedo contigo
al fondo hay sitio.


lunes, 31 de marzo de 2014

Un poeta de 18 años

La ciudad parecía sucia o vieja o triste o las tres cosas. Todo era del gris del cielo: la ría, el Arriaga, el casco viejo. Mira que yo llegaba con ganas de todo. Preguntaba cosas y le contaba lo que me estaba pareciendo todo a cualquiera, aunque nadie me lo hubiera preguntado. A los compañeros de autobús, a los txikiteros de los bares, a los dependientes de las tiendas, a los desconocidos. Ni siquiera entendía por qué me miraban raro o me contestaban con desconfianza. Acababa de llegar a Bilbao para preinscribirme en Periodismo y tenía 18 años.
Enseguida me enamoré de una chica. Se llamaba Anne y, no sé por qué, yo la llamaba Rosa. A mi amigo Tito le gustaba también y yo ya tenía una novia peluquera, así que nunca se lo dije.
Vivía en un piso con cuatro chicas de Ondarroa. Había puesto carteles por la universidad y por las calles: "trabajaría a cambio de una habitación y comida". Porque estaba empeñado en que nadie me pagara la carrera y porque pensaba que el mundo funcionaba así.
Creo que nunca llegué a usar el enorme armario de mi cuarto. A un lado de la cama tiraba la ropa sucia, que se amontonaba allí hasta que me iba a Valladolor a que me pusieran una lavadora. Al otro lado iba arrojando los periódicos. Cada día compraba uno diferente. Con chinchetas, ponía por las paredes la página que más me había gustado ese día. También unas láminas que regalaba un diario: una de Klee, el París por mi ventana de Chagall, el cuarto de Van Gogh, la Muchacha en la ventana de Dali y una guitarra cubista de Picasso. Cuando las paredes estuvieron forradas compré un spray de pintura verde y escribí encima de las hojas una frase que no recuerdo. Me quedé sin pintura a la mitad. Era el cuarto de un sicópata. Algunas noches salía a patearme la ciudad, sin rumbo, entraba en algún bar y hablaba con cualquiera, pero otras muchas me quedaba en esa habitación, despierto hasta el amanecer, leyendo y escribiendo.
Supongo que cuando terminó el curso recogí la ropa del lado izquierdo de la cama y me fui para siempre de aquella casa de la calle Labairu, detrás de la plaza de toros. Si me recuerdo bien, seguro que me despedí con algún tonto rito sentimental, un recitado, un mensaje escrito en alguna parte, un mirar las cosas despacio para que no se me borraran.
Hoy estoy con otra mudanza, una mucho más complicada. No me caben los recuerdos, así que los estoy abandonando para irme a vivir a una vida más simple en la que sólo entran una cama, un armario pequeño y un balcón. Y por esos prodigios de las mudanzas, ha aparecido una libreta con algunos poemas que escribí aquel año de mi primero de Periodismo. Hay más en alguna parte, nada que la Humanidad vaya a echar de menos. Pero es bonito releerse después de tanto tiempo, se parece a encontrarse con alguien que conociste mucho, que sabes quién y cómo es sólo con tenerle otra vez enfrente, pero del que sólo recuerdas algunas historias sueltas.
Ese tipo escribía esforzados versos medidos, combinaciones desconjuntadas de nefastos alejandrinos y endecasílabos asilvestrados hasta arriba de tópicos líricos. Contaba las sílabas golpeando los dedos en la cama, sólo para asegurarse de que el ritmo de su cabeza no estaba escacharrado. Copiaba sobre todo a Baudelaire, Darío y Lorca, pero también a los poetas del 50, a Quevedo o a cualquiera que hubiese leído en un suplemento de periódico.

Si existiese el buen Dios que a los hombres crease
y hubiese yo nacido omnipotente
(nunca es seguro si serás Juan o Pedro, 
serás pescao o carne)
entonces soplaría uno a uno tus rizos,
creando negros pelos recubriendo tu frente,
que es el estadio en que hacen carreras tus cabellos,
modelaría a besos tus labios de princesa,
más vírgenes que un tallo, más fresas que la fresa,
y cuando ya tuviese hecho el molde del cuerpo
(exacto a lo que eres, con todo tan bien puesto:
uñas que ya no muerdes, chicos que ya no amas...)
pondría fuego eterno gota a gota en tu pecho
(llamas que escalarían desbordando tus ojos,
que de bonitos son el reflejo de tu alma)
y así, tan tú, tan Rosa, tan igual a ti misma,
Venus en cada poro, eterna en ser Anita,
sería alguien exacto a ti en los dulces
tiempos de Primavera
(sólo a la Primavera crearía
en un mundo de arroyos, fuentes, claros,
quizás con manantiales de cerveza,
ríos de zumo y fiestas compartidas).
Y el mundo detenido: a tus pies y en tus manos
Yo, Dios, se haría hombre para rozar tus labios.

Ponerle un altarcito al pasado es una idiotez.

sábado, 1 de marzo de 2014

Besos cortos

No me he permitido nada, no me he permitido abandonarme a lo que siento, ni siquiera reconocérmelo, porque supe siempre que era imposible. Y ahora no debería permitirme echar de menos, pero lo hago. Nunca me concedí fantasear con cómo sería que me quisiera, como cuando piensas lo que harías si te tocara la lotería. Y por eso mi recuerdo favorito es el de aquella noche en que apoyó su cabeza en mi pecho y acaricié su espalda desnuda y me dijo que era la primera vez que hacía eso. Porque se pareció a ese espejismo que nunca me dejé tener, el de que hacíamos cosas así de simples en lugar de corretear por los laberintos habituales.
Y ahora es demasiado tarde para todo y no es que vaya a a servir de mucho que planee días futuros precisamente hoy que llueve tanto y ella está tan lejos, ni siquiera sé dónde.
Adoraba sus posturas de erizo, su mirada fluvial sobre las cosas, a veces sobre mí. Si me gustaba la manera temeraria en que encaraba el mundo era porque así es como quiero ser. Veía todos esos obstáculos incorpóreos que levantaba entre nosotros, pero me importaban una mierda en cuanto sonreía. Hacía que quisiera vivir cada minuto de otra manera, como si todos, uno a uno, contasen, porque contaban. No había días mejores que aquellos en los que veíamos una película cuidadosamente negociada, aunque me quedase dormido. Sobre todo si me quedaba dormido. Me hubiera pasado horas escuchándola. Yo siempre quería más. Me gustaban los besos largos y ella sólo los quería cortos.

lunes, 24 de febrero de 2014

Inventario del naufragio

Nunca fijo los ojos al espejo,
precisamente hoy, que no da nada bueno.

Paseo por la casa, que es el baño del Nasti,
los restos del naufragio del domingo:
pegotes en el suelo, sal Maldón esparcida,
vasos fosforescentes con azúcar mohoso,
cocaína en el premio de cristal
que me dieron por nada aquel verano
del que ya no me acuerdo.
Las hierbas han tomado la terraza
y la piso descalzo por ver si siento algo.
El frigo tiene adornos navideños,
esquivo bolsas, cajas, ropa sucia,
un libro de poemas con las hojas torcidas
y los versos revueltos.

La habitación en la que nos gritamos,
ahí estuvo su cuerpo rectilíneo,
tan tangente que ahora es una curva
la cama en la que nunca nos quisimos.

Y prometo no hacerlo nunca más
justo un segundo antes de acordarme
de que hay que comprar hielos y limones.

sábado, 15 de febrero de 2014



Sé que quedo fatal reconociéndolo (y si no, para eso ya está el resto del blog), pero este último año probablemente haya sido de dormir más que de follar. Acompañado, digo. No es que me parezca mal, hay finales de noche en que todo lo divertido ya ha pasado hace rato o en que no estás para horas extras o que, puestos en la balanza, te apetece más un 22 que un 69. Y a mí todo eso me pasa mucho, que soy muy nena. No es que me queje, pero ha venido pasando con una regularidad extraordinariamente anormal que casi lo está convirtiendo en LO NORMAL. He dormido sin follar más que cuando tenía novia. Me han ofrecido más cucharitas que comentarios en el blog, y eso que las tengo a todas por lectoras. Chicas que se quitan casi toda la ropa o ninguna y se duermen a tu lado. Chicas que te besan durante horas con la misma vehemencia con la que roncan luego durante muchas más horas a tu lado. Chicas que aparecen en el suelo o en el baño a la mañana siguiente. O durmiendo en una postura mal, con la cabeza en los pies y los pies en el vaso de agua de la mesilla. Chicas que te llevan a su cama, pero sólo para dormir. Chicas con una regla que siempre te toca a ti con la puntería de un francotirador amigo de Pérez Reverte. Ya sé lo que estáis pensando, que ahí hay un patrón. El patrón soy yo,

(inspirado en el post de Rebeca de Pueblo y en un puñadito de noches tróspidas)

jueves, 6 de febrero de 2014

Para ser tan tonta no eres tan guapa

Escribo artículos con actitud de artista: espero la inspiración, les doy vueltas durante días, entrego tarde, no se los lee casi nadie. Rechazo trabajos que me aburren. He dilapidado el amor todas las veces. No lo intento de verdad con la chica que me gusta de verdad. No me he esforzado por mantener conmigo a las que me querían. Nunca llamo a los amigos, espero a que me llamen ellos. Veo a mi familia una vez al mes como mucho y siempre estoy deseando irme enseguida. Me he gastado todo el dinero que tenía y ni siquiera sé en qué. No escribo todos los días, como si fuera a vivir para siempre. Mantengo los libros que me quiero leer en la pila de libros que me quiero leer. Cambio la poesía por películas que me hartan a la mitad. Pienso en otra cosa cuando me vienen los recuerdos incómodos. Nunca duermo mis horas. No atiendo a las conversaciones. Dejo las amistades a medias. Abandono los libros gordos cuando me quedan cincuenta páginas para terminar. Tardo meses en devolver cualquier cosa a la biblioteca. Nunca termino de ponerme en forma. Nunca termino de abandonar un vicio absurdo. Tengo dos novelas en la cabeza y un cuarto de novela en un documento de word. No tengo word. Podría ganarme la vida como tren que pasa de largo.