jueves, 8 de octubre de 2020

Sísifo ya no pide un deseo cuando ve un cometa

He tenido en casa a mi primo Toti durante una semana, justo la semana antes de que cumpliera 16. Para el segundo día tenía reservadas unas entradas al Prado, que ya suponía que no iba a ser su plan favorito. Pero la cosa era peor: en la cola del museo me contó que le sonaban, pero que no sabía muy bien quiénes eran Velázquez y Goya. Por Rubens, Tiziano o el Greco ni pregunté. Rubens le habría parecido un buen nombre de youtuber, Tiziano una marca de tizas y el Greco un bar viejuno. Ni nadie le había hablado de eso en clase ni nadie le iba a hablar de aquí a que termine el cole, me dijo, porque no entra en los temarios de la rama que ha escogido. La rama se llama Humanidades.

Con un espíritu de vago desaliento dirigido contra esas Humanidades y hasta contra la humanidad, le hice un recorrido que empezó cronológico y acabó de cualquier manera. Para que viera lo que tenía que ver y nos zafáramos a tiempo de esa agonía final de los museos, cuando, a eso de la hora y media, se te mezclan brochazos y colores, inmaculadas y reyes a caballo, y lo único que quieres es que te dé la luz. Le expliqué cosas genéricas: que los austrias eran aún más feos que los borbones; que, mira, eso que se ve alrededor de los personajes de Velázquez es el aire, que también lo pintó; que las figuras deformadas de El Greco que tiran de ti parriba son el equivalente en pintura a una catedral gótica; que eso no es un escarabajo pelotero, es Sísifo, un listillo que se pensó que podía engañar a los dioses una y otra vez, y ahí lo tienes, que se le está haciendo todo bola. A quién me recuerda.

Entre lo que más le gustó estaban Las meninas, que al final sí que le sonaban, y el Perro semihundido de Goya, que ya lo había visto en una diapositiva de un bendito profe de Dibujo que les preguntó que qué veían ahí. Porque al final, si nadie te dice dónde mirar, si nadie te pone delante unos cuadros o unos versos, ¿cómo vas a llegar a ellos? Y, al final final, es el fetichismo lo que salva a los museos. Se habla mucho de la estulticia de convertirlos en una etapa turística más de la guía (hay que ver la Catedral, el café de los veladores de mármol, el puente Nosequé y El Museo), pero hasta ese día no me di cuenta de que, además, hay una generación entera que lo va a mirar con la misma indiferencia que al resto de piedras prestigiosas, porque no saben lo que están viendo. Y, eso, los de Humanidades, que los de Ciencias, ni te cuento. Luego, mi primo habló con Natalia, a la que ni siquiera le sonaban Las meninas. Natalia es su sobrina, que tiene dos años más que él. Detrás de estas disfunciones de edad siempre hay una historia familiar entretenida, y no me importaría contribuir algún día a uno de esos líos, rollo tener un hijo a los 90.

El otro cuadro que le gustó, el único que descubrió de nuevas, fue “el de la calle”. El cuadro era El paso de la laguna Estigia y en el centro estaba Caronte, que es como se llamaba la calle por la que habíamos pasado la noche anterior, cuando yo, para romper un silencio que se estaba poniendo brumoso de más, le expliqué la historia del barquero. Veníamos de comer un bocadillo en la zona más oscura del parque de San Isidro para ver las perseidas. Yo vi dos y él sólo una, porque estaba con el móvil. Al volver, le pregunté si había pedido un deseo y él no y yo tampoco y nos quedamos en silencio rumiando los motivos que teníamos cada uno para no tener deseos que pedir, quizás los mismos, pero seguramente los opuestos.

lunes, 5 de octubre de 2020

La mascarilla de Proust

Salí de casa con prisa y cogí una mascarilla cualquiera. Al ponérmela, olía a carbonilla de sardina. Recordé el chiringuito del faro, el hombre que tocaba Como el agua mientras yo leía una historia sobre un invierno castellano y bebía un tinto de verano, y Lucía, en la arena, escondía la cabeza entre los brazos para dormir la siesta. Recordé la alegría de su culo caribeño entrando en el agua con una cojera premeditada a lo Marilyn.

Nostalgia tipo bua de cosas que pasaron hace una semana. Ese es mi chico.

viernes, 2 de octubre de 2020

Será mejor

Mis dos películas favoritas, de las que he bebido con obsesión hasta rebañar cada detalle, me entusiasmaron no hace tanto: La la land y La gran belleza, las de la alegre melancolía, la emoción -ahora lo sé- superior a todas. También algunos de los amigos a los que más quiero, de entre los más leales que he tenido nunca, eran desconocidos la década pasada.

lunes, 28 de septiembre de 2020

Don Juan en los infiernos

“He comprendido que le era imposible a nadie amarme, a no ser que le faltase del todo el sentido estético; y, entonces, yo le despreciaría por ello”, escribe el Soares de Pessoa. Si pienso en que a nadie le está siendo posible amarme lo que me viene a la cabeza es cómo cambiar eso, porque solo me sale esa cosas mezquina y utilitaria, ese buscar una solución a un problema; como de anglosajón o de ingeniero. Me pregunto si fui yo quien quiso convertirse en este leño, este árbol apenas sensitivo que mira la estela y no se digna a ver nada, o si estoy purgando ya todos esos pecados de los que no consigo arrepentirme.

sábado, 26 de septiembre de 2020

De qué estábamos hechos

Dos tardes seguidas que empiezan bien, reencuentros, recuerdos, sensación de estar en casa. Dos noches seguidas que se alargan hasta que ya no me caben más excesos y luego un poco más. Así han sido casi todos los reencuentros post primera cuarentena. Y el balance podría ser hasta positivo si no fuera porque la resaca acumulada lo arrasa todo, te desborda de culpa y te recuerda todo lo que habías prometido hacer y que sigue acumulándose, como en otras épocas, como en todas las épocas. Escribir, digo. Este diario, el libro, los pocos únicos reportajes que me han encargado este año. 

Uno de esos reencuentros fue con Alba. En un rato, me devolvió un montón de noches, una época entera, en la que era muy feliz embriagándome porque no solo era de los bebedizos habituales, también había risa y belleza; baile y sorpresa; abrazos y amor instantáneo e inconsciente. Y al día siguiente, entusiasmadas ganas de más, tuviera como tuviera la cabeza. Y tengo que recordármelo para poder ponerle un poco de lírica y épica a las noches de hoy, porque tengo que saber juzgarme el presente como me juzgaba entonces. Si no, esto no va a funcionar. No puedo ser otra cosa que lo que soy. Hay que reaprender a sonreír al recordar lo de anoche.


martes, 22 de septiembre de 2020

Umbral y yo

Como siempre, 5 ó 6 libros abiertos a la vez, alguno terminaré. Sumo a la fiesta Los ángeles custodios de Umbral, un diario de sus noches de 1981. En cosa de un mes, el Umbral de casi 50 cena en el palacio de Liria, oye un discurso del Felipe González del 81, cena y se emborracha con escritores y periodistas y marquesas, atiende a dos amantes veinteañeras, una de ellas una actriz famosa, recibe el premio González Ruano y, a lo que iba, escribe. Escribe sus artículos de prensa y ese diario y un pregón lírico y obrerizante de las fiestas de Fuencarral y la presentación quevedesca de un libro de desnudos masculinos en El Sol. Y casi todo se lee hoy con provecho. Y, cuando no, es porque se le va la mano con la lírica o porque arriesga y eso también está bien.

Y mientras tanto, yo, lloriqueando porque me dura la resaca de anteayer, que me emborraché y acabé a las 5 de la mañana oyendo a un guitarrista que cantaba cosas de la trova y bosanovas y así. Y, ayer, eché el día a los perros porque me pesaba un poco la cabecita y hoy me preocupa no entregar a tiempo tres reportajes que no pueden ser más fáciles y deberían estar ya. Y no me atrevo a añadir todas las cosas que habría que añadir al libro que he escrito a un ritmo de dos parrafitos al día porque ¿y si sale mal? ¿no sería mejor dejarlo así? Umbral y yo, el meme del perrete.

sábado, 19 de septiembre de 2020

Un día de piedra

Oteo en el horizonte ese día que viene en el que todo será el mismo día, un día de piedra. Está cerca o lejos, no sé, porque lo que sí que ya sé es que las distancias de tiempo no pueden ser más relativas. Ojalá sea un día feliz, uno amable que querer repetir una y otra vez con paz y sonrisa. Pero nunca he sabido de raíces y tampoco he plantado nada. Se lo he dejado todo al azar por culpa de mi suerte, que ha habido más buena que mala. Y sería una carambola muy rara que, de aquí a entonces, me creciera el jardín que haría falta.