domingo, 7 de febrero de 2021

Mal buen rollo en Formentera

Llevo sólo medio día en Formentera, me he sentado a comer unas vainas fresquísimas con jamón en el restaurante de la plaza, le he dado un trago al vino, que estaba muy seco para haber llegado por mar, y he pensado que éste era uno de esos sitios cadavezmenos en los que me podría quedar a vivir.

Y, a los cinco minutos, se me mete dentro del tórax y me sube a la cabeza un terror, uno nuevo y apabullante, y me pongo a escribirlo sobre la marcha, a escribir esto. La sensación es la de que la gente con la que me voy a ver luego y la de mañana pueden ver a través de mí y darse cuenta de que qué estoy haciendo, que estoy entrevistando a representantes de una isla que es un pueblo y no tienen nada que decir, ni yo tampoco. La variable periodista de baja estofa del síndrome del impostor, antes llamado tener criterio. Esto es nuevo, un terror que se debe a la isla, a sus 15 kilómetros de lado a lado, a no poder salir de la gente. Lo bautizaría insuloclaustrofobia, pero no quisiera pillar una hipopotomonstrosesquipedaliofobia.

Porque, por lo demás, la cosa no iba mal. Ayer entregué un reportaje sobre Delibes que me han celebrado como si fuera bueno de verdad (y como si lo hubiera entregado en fecha) y este viaje lo he empezado como se hace en estos casos, perdido como un pollito de secano en el puerto. Forzándome el sentir cosas al hacerme a la mar rollo "arranca la aventura": salida a la cubierta sin cubierta, cara al viento, mirada fija al horizonte, como de exprimidor ante una naranja azul; andares de hacer como que no temes caer al agua. 

La dueña del hostal, entre alojarme en las habitaciones que dan al Mediterráneo, misterioso de ahogados, y las que dan a la calle, misteriosas de isleños desahogados, ha elegido tirar por el callejón del medio, que es donde me ubica, con vistas a una pared y una alcantarilla. Formidable fenicia, se ha llevado un mal rato cuando le he contado que la bici me la habían alquilado en otra isla, siendo que ella las alquila (o sea, que se lleva una comisión de otro que sí que las alquila). La peor habitación de su pulgoso hotel vacío ya me la había adjudicado sólo con mirarme y echarme cuentas de la cabeza a los pies. 

Luego he ido a ver una plantación de aromáticas, que es el nombre táctico de las plantas que, además de oler bien, se pueden vender. Y una higuera senecta. La chica que me lo estaba enseñando no sabía muy bien qué decir, aparte de que era muy vieja y tenía muchas ramas y estaban muy bien sujetas con palos y daban sombra a las bestias entre las que supongo que estarán los payeses. Y a mí la higuera me parece muy vieja y muy venerable y las ramas muy retorcidas y la sombra apetecible, pero como no puedo tumbarme ni escalar ni comer higos tampoco sé muy bien qué decir. Y nos lo decimos. No sé qué más decirte. Ni yo tampoco. Casi consigo que cumplamos con lo que se espera de nosotros (¿quién?) preguntando cómo de vieja es la higuera, pero, antes de que lo haga, ella me dice que no sabe cómo de vieja es la higuera. Nos quedamos callados otra vez y nos da un poco igual, aunque lo cierto es que parece muy anciana, como sus brazos y su sombra.

Y con todo esto, en el momento feliz en que dejo la bici eléctrica con la que los caminos se están haciendo solos y meto el tenedor en el huevo pochado de las judías con jamón; en el rato beato que media entre la primera cerveza y el segundo vino; en el instante en que el aire se arremolina sobre mi aura para refrescar lo suyo es cuando el terror de haberme jibarizado, de quedarme para siempre miniatura como la isla, me pisotea un poco y me expulsa de Formentera. Me queda día y medio.

domingo, 22 de noviembre de 2020

No te hablaré de eso

Elvis Presley

No te hablaré de amor, no te hace nada.
Recuerdo cómo era con tus ex,
cuando el retrovisor de espejismos patéticos
que al menos te follabas. Pero ya no eres esa.
Te hablaré de deseo, que lo inventaste tú
y ahora es la lengua muerta.
 
En las albas que anima tu recuerdo
me vuelan pajaritos en las venas,
sucias bandadas cuánticas que alzan
el peso de tu pecho galleta y huevo frito,
la selva y humedal de pegajoso acento
con que siempre me tumba tu fantasma.
 
Y uno y otro mes y un año, un lustro,
a veces tres por día o cuatro o cinco,
las que pida la coca, el redbull, la resaca. 
La contabilidad del holocausto
es tan agotadora como un cielo estrellado,
la arena de la playa y las gotas del mar
y el Eclesiastés de los cojones.
La cuenta es de diez años
por doscientos cincuenta
millones de individuos 
por trescientos sesenta 
y cinco días.
Sale casi un billón,
con b de absurdo,
de espermatozoides despeñados
desde que no hemos vuelto a hablar de eso.

jueves, 5 de noviembre de 2020

Mofeta en su tierra

Pues ya ha pasado, ya me he alcanzado. No tengo más material diario semidiario que publicar aquí.

El experimento ha sido un fracaso enorme precisamente porque ha sido un fracaso mínimo, irrelevante, a unos átomos de nada de la inexistencia. He fracasado con todo. Fracasé en lectores, 50 diarios de media durante estos meses, la mayoría desde Estados Unidos. Casi nunca he llegado a los 20 por post, ni aunque lo enlazara en las redes. Fracasé cuando puse un mensaje durante días pidiendo comentarios y recibí cero comentarios. Fracasé cuando puse un formulario durante semanas prometiendo una newsletter a quien se apuntara, pero sólo recibí un correo que decía hola k ase y era mío, para ver si es que esto funcionaba o qué. Fracasó mi idea de sentirme menos solo mientras escribía e incluso la que no me reconocía de sentirme menos solo porque alguien real aparecería por aquí o por el bar de abajo. Fracasó la intención de tunear formas y contenidos al corregirlo un mes después, porque no tenía mucho sentido editar una polaroid, y le peinaba las comas y a publicar.

El algoritmo de Google no me ha dejado de odiar ni un milímetro. Ningún puchero le ha enternecido. A ratos he sido bastante turras y debería haber salido más a menudo de mi cabeza para recolectar los temas con los que he terminado de hundir este blof (blog+bluff). Tendría que haber contado más a menudo lo que ha pasado, porque cosas han pasado, como todo eso de la pandemia. No hablar demasiado de eso debe de haber sido lo mejor del blog. Porque opiniones he tenido, como esa sobre el fatalismo con que se aceptan las medidas aleatorias que se contagian como modas entre gobiernos, esa sobre el adictivo y rico vicio de prohibir cosas a bulto o su hermano aún más feo, el volver cosas obligatorias a voleo. El mundo necesitaba escuchar mi "oigo patria tu aflicción", pero ya para otra pandemia.

Podría haber metido alguna movida, la fuga de Ariel del piso porque va a ser padre, y la búsqueda de un nuevo compañero en día y medio, porque al día siguiente huíamos los tres como ratas del Madrid debate de La Sexta. Y allí estará, él solo, ese mejicano tan discreto que vivía con sus padres y nunca había salido de su país. Estará o no estará, qué sé yo, no he vuelto a saber nada de él. 

O mi viaje a Ibiza en avión, pendiente como un crío de la llegada para ver la isla desde arriba para sentirme un poco astronauta, y cómo me dormí contra la ventanilla unos segundos antes de que apareciera. 

O la excursión en bici a Cala Bassa, entre pinos, caminos de cabras y carreteras en las que los de los coches no distinguían si mi pachorra veranoazulesca era un efecto óptico o es que iba marcha atrás. 

También podría haber traído a artistas invitados, a Lucía y Yoyo en la última vez que les vi en Madrid. Podría haber sido graciosa la escena en la que llegamos tan borrachos al sótano de Yoyo que ella bajo las escaleras por donde no estaban y se hizo no se qué de unos líquidos fuera de sitio en el brazo y se tumbó en el sofá quejándose del dolor y me empecé a poner las rayas en su escote y llamamos a un amigo médico a las tantas y nos dijo que si lo podía mover dejáramos lo de urgencias para cuando se nos entendiera mejor y cómo Andrea me pasó su porro y acabé abrazado a la taza y si me movía un centímetro el mundo se volvía remolino (de váter) y Lucía gemía al otro lado de la puerta, sólo la mitad de dolor. Y cómo se cogió el virus al día siguiente en urgencias y cómo sabemos que se lo cogió al día siguiente porque nos besuqueamos mucho y yo no lo tengo.

Podría haberle puesto épica a la noche en que salvé la vida a un inglés canoso y borracho que se cayó al agua con su bici al salir de su barco y solo dijo help help help help hasta que le saqué y entonces lo cambió por fuck fuck fuck. O contar cosas más sencillas, como los largos paseos por la costa en bici o a pie o los baños extemporáneos en el Mediterráneo con los que a veces me acuesto y a veces me levanto. O cosas menos sencillas, como el recuento de las botellas de vino y de vodka que me he terminado aquí en esta terraza con vistas al mar y a las fotos de las chicas de las redes sociales de ligar con citas de Paulo Coelho de las que copian hasta las faltas de ortografía y que no quieren quedar conmigo aunque yo lo único que quería a esas alturas (que son éstas) era no beber solo.

Cualquier mandanga hubiera funcionado mejor que las espirales paranoicas a las que les he puesto letra mala y música dudosa.

Pero aquí estoy, 18 años, 7 meses y 17 días después de empezar este diario porque me sentía un poco solo en Madrid; escribiendo desnudo y solo en Ibiza después de bañarme desnudo y solo en el  Mediterráneo, con una copa de un vino que, condescendientemente, se llama ¡EA! y con vistas a una bahía en la que el mar es de piscina de plástico y ya no me dice nada después de mes y mucho mirándolo a diario; con el sol dándome en la cara y la palabra fracaso tan en los dedos, tan de la casa, que la he querido escribir muchas veces pensando en los fracasos que vienen y -yo tampoco lo entiendo- con ganas de los fracasos que vienen. A por el siguiente.

sábado, 31 de octubre de 2020

La noche en que conocí a Laura

La noche en que conocí a Laura en el Tupper me contó que tenía dos trabajos, niñera y stripper. “Como en Ana y los siete”, nos reímos. Tenía un tatuaje que le ocupaba todo el pecho. En el centro estaba la cabeza de una niña (que era ella) de la que salían ramas de manzano (que eran sus enredados futuros). Tampoco sé si era un manzano, recuerdo las manzanas que igual no estaban, pero pienso ahora que sí. Acabamos la noche colándonos en la parte de arriba y escondiéndonos detrás de la barra recién clausurada para siempre, para beber, desde el suelo y a morro, las botellas que quedaban por allí, mientras ella me convencía no sé cómo de que en el bar les iba a parecer bien nuestro pillaje de salteadores etílicos.

Esta noche me la reencuentro en Instagram al pinchar en una foto de un after casero ya rococó en la que nos etiquetaron a los dos hace mucho. Recuerdo esa noche, o esa mañana, que empecé desnudándome encima de una mesa y que acabé con más ketamina de la que me recomendaban y recorriendo un túnel. No un túnel con luz al final, sólo un túnel.

Las tres últimas veces que hablamos fueron un descenso trepidante hacia el adiós. La antepenúltima quedamos en su casa. Llenamos una de las paredes de su cuarto de post-it en busca de un proyecto en común cuya única coherencia era que queríamos tener un proyecto en común. De aquello salió una idea difusa de un blog de vídeos malasañeros y otra más concreta de recitar nuestros poemas en algún slam. Recuerdo los suyos, sucios y rabiosos, largos y sin tregua. Tenían algo o más bien gritaban, berreaban que ella tenía algo. Por un ventanuco enano salimos a la terraza que se había inventado sobre unas tejas que daban al aire de Malasaña. Nos prestamos dos libros. Yo, Las afueras, de Pablo García Casado, que espero que siga teniendo, pero que seguro que no, porque es un adiós a una forma extinta de escribir poesía, la mía también, que no creo que le dijera nada. Ella, el Querido diario de Lesley Arfin, con toda esa parte central emborronada de heroína que tanto nos advertía y que termina expandiéndose hasta ocupar todo el libro y todo su recuerdo. Las páginas estaban manchadas de purpurina.

La penúltima vez que hablé con ella fue en una calle de Malasaña. En el lugar donde tan bien nos habíamos entendido todo me contó algo terrible que le había pasado en París y no supe qué decirle. Pensé luego que allí, en ese proscenio donde habíamos sido felices, en un encuentro callejero casual no podía decirle nada que mitigara la metralla de esa bomba que traía y seguirá llevando, y que entonces arrojó entre nosotros. Ahora pienso que da igual, que no habría sido distinto si me lo hubiera contado en una barra, en una academia, en una cabina de sex shop, en un cementerio. ¿Qué hubiera cambiado eso? Las bombas no distinguen dónde las desentierras ni, casi, en qué las envuelves.

La última vez que me llamó me pidió algo que no podía darle. Digámoslo, qué tontería, fue dinero. Justo en la semana en que me iba a vivir con mi hermano porque no tenía fuerzas para conseguir la mínima mierda que necesitaba para seguir, porque no quería seguir, y eso que era fácil, palabritas por moneditas. Todavía es de lo que más siento de esa época, no tener nada, no poder ayudar a nadie, no poder ayudar a Laura.

Ahora veo las fotos de sus casi treinta. Pongo una lista de tangos de Discépolo bajo sus vídeos de pole dance y se enroscan inesperadamente adecuados. Se mueve asaetada a la barra con un oleaje lírico curvado. Sólo se puede pensar que es lo suyo. Leo sus pocos textos largos que sigue pareciéndome que tienen algo, que tiene algo ella más que los textos, como me pasaba antes de la noche en que la conocí en el Tupper, cuando leía sus reseñas musicales sobre grupos que nunca había oído. A veces parece forzarse en los pies de foto la niña que desmiente su mirada de lago de fondo oscuro, como de profeta harta de sus iluminaciones. Y veo que se encontró donde yo creía que había ido a perderse. O eso parece. Quién sabe, es Instagram.

jueves, 22 de octubre de 2020

He vendido mi diablo al alma

Sobre el mar no sé escribir, me sale que canta como una pianola, con teclas de ola que siguen un rollo sin fin. Sé escribir sobre la tierra, la que se riega de lágrimas rojas de consistencia y consecuencias de terrón sobre las espigas en gancho de todas las gargantas. No se puede ser poeta de todas las cosas: el alma del niño pelea, pero cada puño es un rebuzno y se le va poniendo la cara de máscara y desde la máscara no se ve el camino de vuelta a lo que fue. Y eso es lo que aprendí hoy.

lunes, 19 de octubre de 2020

No me he despertado aquí

No sé qué estaba mirando en Instagram cuando me ha aparecido una foto de María comiendo pipas en la plaza del Dos de mayo en 2013. Le he hecho una captura para mandársela mañana y he bajado un poco y he visto una foto de la fuente de mi pueblo con un pie que contaba que “sale mucho en mi novela”. Sí, la misma novela que todavía no he terminado, aunque por aquel entonces iba de otra cosa. He seguido bajando y subiendo para encontrarme más cosas que me dieran vergüenza, pero, en lugar de eso, hay decenas de fotos que me explican una época entera, los alrededores de 2013, que estaba entendiendo mal.

A veces pienso en el post Dandolotodismo, pero ni siquiera me atrevo a releerlo. Sé lo que dice, sé cómo era de cierto, y sólo me pregunto cómo se pudo ir todo a la mierda tan rápido, tan poquísimo después. Analizo lo que iba bien antes y lo que fue mal después y lo analizo todo mal, porque le pongo dos o tres causas fáciles y zafias para no darle más vueltas. Pero esas fotos me cuentan otras cosas.

Empezando por la de María. Justo después había quedado con María Elena. Si María siempre me cargaba las baterías, me hacía sentir que era un buen escritor mientras me bebía sus palabras, esperando ese momento en que, clack, hace eso tan de María de mirar a las cosas con unos ojos alienígenas y decir algo tan sensato o tan raro (o tan sensato y tan raro) que me siento como un gorrino en un parque de bolas. Y si con María eso, con María Elena era un paseo constante por un paisaje marciano, ahora lo recuerdo leyendo sus comentarios. Sus preciosos e infantiles -en el mejor de los sentidos- comentarios, tan hogareños y fractales como su preciosa cabeza, como cualquier ratito con ella. Con María comí la semana pasada, pero a María Elena no la he vuelto a ver desde que me la encontré con su marido y su hijo en la calle Fuencarral, y han pasado años ya.

Cuando terminó aquella tarde, seguro que empezó una noche larga y llena de emociones y amores y ruido y colorines y música, al estilo bazar. Un día normal de entonces. Luego viene una colección de imágenes de gente resplandeciente y talentosa, de playas y montañas y festivales que ni siquiera me molestaba en identificar en los pies; de chicas de las que me enamoraba un ratito, aunque luego el ratito se me hiciera largo. Está también la serie “Me he despertado aquí”. Y "aquí" era una cabaña a la orilla del Pacífico, una cama en Laponia desde la que se veían las auroras boreales, un velero en el Mediterráneo, un bosque en los Andes. ¿Cómo no iba a ser feliz con todo eso? Luego pasó lo que pasó, no había cómo torearlo sin cornada, pero, aun así, no tienen sentido, tantos años después, la colección de posts derrotistas y llorones que he escrito este mismo verano y que esos sí que ahora ya no quiero releer nunca. Porque sé que todo aquello lo sigo teniendo al alcance de la mano. Que sé que sé qué hacer y cómo hacerlo. Porque el caso es que siempre digo que esta vida que llevo ahora se parece mucho a la que siempre había querido llevar y es hora de que me sacuda este larguísimo invierno que ya me tiene harto para que eso sea verdad.

Hoy he estado viendo un vídeo de mi youtuber favorito que hablaba de Prometeo y Pandora, de la esperanza, el último tesoro que guardaba Pandora en su caja (que resulta que era un frasco), sin que se sepa si era un tesoro o la plaga definitiva. Fabián lo interpreta como lo segundo, como la plaga definitiva que, si la abres para ti, acaba con todo lo demás, porque no hay nada más paralizante que esa esperanza que te hace vivir en el futuro o en el pasado, nada que te impida mejor exprimir el presente, con sus grandezas y sus miserias, que también tienen zumo. Los alrededores del 2013 no incluyeron ni una gota de esperanza. Porque lo tenía todo ya. Y eso fue porque lo quería todo ya.

Pensaba en todo esto mientras paseaba el puerto sin peatones de San Antonio, entre barcos de excursión y botes pesqueros y yates faraónicos atracados hasta el año que viene, porque todo se ha parado y esta temporada se acabó mucho antes. Sólo que nada se ha acabado, que el sol y el mar y los fondos con manifestaciones de peces de colores no se han ido a ninguna parte. Y lo que le ha sobrado a este día que he empezado bañándome despeinado en la cala de enfrente de casa ha sido la esperanza de después, ese tipo de esperanza. La que me ha mantenido en casa porque luego me iba a poner a escribir o a hacer el reportaje mucho antes de la fecha de entrega o a rellenar eso de los impuestos por anticipado o a yo qué sé qué cosas que no van conmigo. El de las fotos de 2013 se parece bastante más a mí y sigue aquí, sólo que no le hago el caso que debería. Es el que el día que llegué a Ibiza se compró una bici de segunda mano para pasar los días de playa en playa mientras brille el sol. El que sabía que no hubiera pasado nada (malo) si hoy la hubiera cogido por los cuernos para ir hasta la siguiente cala. Con las cervezas y algo de picar, con el papel y el boli para, quizás, seguir escribiendo los diálogos entre dos ángeles en la fuente aquella que le tocan ahora a mi libro o para, quizás, tumbarse en la arena para despertarme ahí. Aquí. 

domingo, 18 de octubre de 2020

Un cartabón y una escuadra al borde del camino

Es una maravilla llevar toda  la tarde aprendiendo sin culpa ni complejos de El tiempo es un canalla, de Jennifer Egan y de Todos quieren a Daisy Jones, de Taylor Jenkins Reid. Es mejor el primero, pero el segundo me lleva, de una manera tosca, a donde quiere llevarme, que es a un sitio parecido a algunos lugares del otro, a la energía creativa juvenil que arrasa con todo, a esa manera de creer que somos inmortales para algo más que para acuchillarnos a ver qué pasa, para ese dejar los efectos de nuestra eternidad del instante presente aquí para siempre. De una manera poco sofisticada, lo de Daisy Jones me conduce a donde quiere que esté, que es emocionándome hasta la lagrimita. Claro que, para entonces, ya llevo tres vodkas y un atardecer mediterráneo sobrehumano o celestial.

Al de Egan, en cambio, no le sobra casi ninguna palabra, es elegante y de una precisión relojera. Y me alegro de saber apreciarlo, que antes no, yo, tan poco lector de novelas; menos, las actuales; aún menos, las traducidas. Me recuerda en el macramé a La mujer del viajero en el tiempo y me pregunto por qué  las novelas españolas tienen tan poco de sinfonía. Aquí la costumbre es echar a rodar el espejo stendhaliano al borde del camino y ver lo que pasa. Y lo que pasa es una liebre, un pino, un mulero, lo que pase. Valle, Baroja, Delibes, incluso Clarín. Incluso Cervantes, aunque el pobre bastante tenía con estar inventando la novela moderna como para ponerse a diseñar mecanismos que encajaran en todas sus partes. Sé que esa geometría anglosajona viene de la academia y también sé que hay una generación de escritores españoles que ya se han leído la guía de Gotham Writers y la están aplicando. Lo que no sé es por qué no es posible reunir eso con un conocimiento y una continuidad con los clásicos o semi clásicos propios (incluso desde la ruptura, que es otra forma de continuidad). Supongo que pasará. Fantaseo con que podría ser yo el que hiciera que pase, pero me falta academia, desde luego paciencia planificadora, y me sobran ganas de divertirme con lo siguiente. Que es una novela de personaje, uno con el que me apetece pasar muchas horas de juerga, no trazarle pisadas de delineante.

sábado, 17 de octubre de 2020

Sección de pasatiempos

En la página 35 del quinto tomo del Salón de pasos perdidos de Trapiello, mil y pico páginas y cuatro años de diarios después, al autor por fin le pasa algo (liga por la calle) y se ve que se alegra, y el lector también.

Hace muchos muchos años, cuando estaba haciendo las prácticas de la carrera en Palencia, me recomendaron que leyera El buque fantasma, también de Trapiello, para que viera cómo se ponía allí a Valladolor. Este año lo abrí de una vez y lo abandoné cuando llevaba la cuarta parte. Que no es raro en mí, pero esta vez tenía mis razones. Primero porque ya había llegado a donde quería llegar, a donde cuenta lo que siente por la ciudad, que, aunque, ay, es lo mismo que yo he sentido tantas veces, es injusto de tan despiadado. Sólo al final parece que la quiere salvar ligeramente del encono hablando de un brillo que le descubre mirándola desde fuera. Pero no, y hasta lo deja claro, eso último que ve es un efecto óptico, algo que el cielo, la niebla y la luz reflejan en la ciudad, todas ellas cosas externas. No le va a conceder ni eso. Pues nada, leído, hay tantos villanos en la vida de Trapiello que hasta hay una ciudad supervillana. Me da un poco de envidia, con lo que a mí me cuesta dividir el mundo en buenos y malos. Mejor me iría. 

Los otros motivos tienen que ver con que en tiempos de rapiña, donde salto de Cervantes a Mutis, de Quevedo a Umbral,  de Sedaris a Galdós y Valle-Inclán, a ver qué les saco, la prosa de este libro no me servía para nada. Una historia lineal que se resuelve yendo de a a b, poniendo un ladrillo y luego otro y luego otro hasta que tienes, supongo, un bonito buque de ladrillos. No se surfea por los párrafos, se va mirando al suelo para que no te espachurre el pie un ladrillazo.

El caso es que el sitio justo donde había dejado El buque fantasma era una digresión sobre Valladolor a la mitad del encuentro del protagonista con su primera chati. Y la historia del diario -en el tomo Los caballeros del punto fijo- me recordó mucho a aquella otra. La revisé y sí, la historia parece ser la misma, aunque con finales distintos: una chica guapa que aborda a un protagonista un poco menesteroso después de un encuentro casual, que es rica (bolso de cocodrilo / ropa elegante) y guapa, que le propone irse a un picadero que pica alto (el hotel Palace / un piso con largas vistas al río) y con la que el protagonista vive un momento incómodo cuando, inoportunamente, se saca el tema de los condones. Pero, sobre todo, ambas chicas tienen la nariz llena de pecas ("como si alguien se las hubiera salpicado", algo así). La novela la escribió justo después o quizás a la vez que ese diario.

¿Fue así? En otro tomo de los diarios cuenta que redactó Las armas y las letras en un mes. Lo cuenta como una hazaña, no como lo normal, y lo justifica quitándole valor al género (ensayo), que considera una artesanía en la que sólo tiene que colocar en orden cosas que ya sabe. Aquí parece que hace lo mismo, contar lo que le pasó en Valladolor en aquella época, que también es un tema que se conoce de memoria, y, si acaso, coloca alguna que otra peripecia nueva, como la de la chica.

Hay muchas otras posibilidades, claro. Que lo de la chica le pasara mucho antes y que lo haya colocado en esa fecha de ese diario como si fuera de entonces. O que sea pura ficción: coge una historia inventada (y deseada) y le planta dos desarrollos distintos. No pasa nada por ficcionar en un diario, pero yo no lo leo igual sabiendo que es en parte o en todo ficción, que, cuando quiera, el autor se va a inventar situaciones y conversaciones. Entonces pensaré si ese párrafo tiene sentido, cómo encaja con todo lo demás, a dónde me quiere llevar… pensaré las cosas que se piensan leyendo ficción.

Yo apuesto por que todo sucedió como lo cuenta y me maravillo de que en los 90 se pudiera escribir ese libro tan rápìdo y con esos materiales y ganar el premio Plaza y Janés y me pregunto si se seguirá pudiendo. Espabila.